¿Por qué es tan difícil controlar la obesidad?

07/09/2017 2 comentarios
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Siendo múltiples y complicados los mecanismos de control del hambre y la ingesta de comida, no debe extrañarnos que los diversos intentos para controlar el peso del cuerpo no alcancen el resultado pretendido, pues aunque a veces consigan que se adelgace, pronto se activan en el organismo mecanismos de compensación que tienden a restituir su estado natural.

"Cómo adelgazar sin dejar de comer" sería el libro ideal para determinadas personas. Ilusa pretensión, pues hoy por hoy el mejor modo de adelgazar, aunque no el único ni el definitivo, consiste en comer menos. La obesidad exagerada no nos gusta ni por razones estéticas ni por razones de salud, y es mucho lo que sufren las personas que la padecen al pasarse media vida luchando contra ella. "Pero si como muy poco", dicen algunas personas cuando no consiguen adelgazar. "Apenas como, para lo que comería si pudiera hacerlo", deberían decir mejor, pues muchas personas valoran mal la cantidad de comida que ingieren.

[TeroVesalainen/ Pixabay]

Comer poco y hacer mucho ejercicio suele ser un procedimiento duro y complicado, difícil de mantener en el tiempo con regularidad. El adelgazamiento se consigue muchas veces con motivación, voluntad y esfuerzo, pero el problema es casi siempre el mantenimiento de la reducción de peso una vez conseguida. En algún momento de la vida el cuerpo que tenemos parece anclarse en un peso, determinado por factores genéticos y ambientales, y presenta una gran tendencia a volver a él cada vez que hacemos esfuerzos para modificarlo. La investigación científica, a pesar de sus muchos esfuerzos, no consigue encontrar el modo de que las personas obesas adelgacen sin que el procedimiento para ello sea fácil y asequible y sin que tenga efectos colaterales negativos. ¿Por qué es tan difícil conseguirlo?

Una metáfora puede aportar luz al problema. Supongamos que una persona en paro laboral se dispone a irse a dormir y tiene concertada una cita muy importante a las 8 de la mañana del día siguiente. En esa cita se juega mucho, pues de ella depende el conseguir o no un buen trabajo. Antes de meterse en la cama pone en hora su despertador de la mesita de noche para que suene a la mañana siguiente dos horas antes de su cita y disponga de suficiente tiempo para acudir a ella. Pero, para estar más seguro de que se despertará a esa hora, activa también el despertador de su teléfono móvil. Aun así, como tiene miedo de dormirse, decide llamar a un amigo y le pide que haga el favor de llamarle también por la mañana. Se asegura de ese modo de que si falla algún aviso otro funcionará y no perderá su importante cita.

Ahora cambiemos de escenario e imaginemos que esa cita es la hora de comer de esa persona y que su importancia radica en la absoluta necesidad que tienen las células y órganos de su cuerpo de conseguir los nutrientes que necesitan para funcionar. Si llegada esa hora no le funcionase la alarma del hambre y se olvidase de comer, los nutrientes no llegarían a tiempo, las células y los órganos de su cuerpo dejarían de funcionar con normalidad y la persona podría enfermar e incluso morir. ¿Cómo garantizar que eso no pase nunca?

La evolución de los seres vivos y la selección natural han tenido millones de años para desarrollar una solución que haga posible esa garantía. Solución que ha consistido en establecer, en lugar de una sola, muchas alarmas, diríamos volviendo al ejemplo anterior. Pero ahora esas alarmas consisten en  mecanismos automáticos y alternativos de control y regulación de la energía que ingresamos y consumimos. Mecanismos que son los mismos que controlan el peso del cuerpo. Los hay que funcionan de manera rápida, a corto plazo, como la hormona grelina, que se fabrica en el estómago cuando llevamos tiempo sin comer y viaja por la sangre hasta el cerebro para activarlo y hacer que sintamos hambre. Algo parecido hacen las ramas terminales de un nervio, el vago, que se extienden por el interior del cuerpo para informar continuamente al cerebro de si hay comida o no en el estómago y demás partes del tracto digestivo. Otra hormona, la leptina, informa al cerebro permanentemente de la cantidad de grasas que acumula el organismo. La hormona insulina, fabricada en el páncreas, controla la disponibilidad de glucosa en sangre y su ingreso en las células de los diferentes tejidos, menos en las neuronas, que no la necesitan para captar la glucosa. Estas y otras diferentes hormonas y mecanismos neuronales convergen e interactúan en el hipotálamo, una importante región de la base del cerebro, de no más volumen que un garbanzo, desde donde se controla el hambre y la cantidad de comida que ingerimos. A todo ello hay que añadir el poderoso control que el sentido del placer ejerce también sobre la ingesta, pues ocurre con frecuencia que, aunque ya estemos saciados y sin hambre, seguimos comiendo mientras el sabor de la comida siga resultando placentero.

Siendo múltiples y complicados los mecanismos de control del hambre y la ingesta de comida, no debe extrañarnos que los intentos científicos que se han producido para controlar el peso del cuerpo mediante tratamientos conductuales, hormonales o de otro tipo, no alcancen el resultado pretendido, pues aunque a veces consigan que se adelgace, pronto se activan en el organismo mecanismos de compensación que tienden a restituir su estado natural. Algo equiparable a los despertadores mencionados, pues lo que está en juego es tan importante, que si falla una alarma, es decir, un mecanismo de regulación y control del hambre, funciona otro alternativo para evitar el peligro de la desnutrición. Recordemos además que el cerebro es uno de los órganos del cuerpo más sensibles a la falta de alimento, particularmente del azúcar glucosa, pues sólo son minutos el tiempo que las neuronas y la mente pueden seguir funcionando sin ella o algún recurso alternativo.

El cuerpo, en definitiva, ofrece una poderosa resistencia al cambio sobre lo establecido por sus propios mecanismos. Esperemos que esa resistencia pueda ser vencida por hallazgos como el que han presentado científicos del Instituto Salk de EE.UU., consistente en una píldora que funciona como una especie de comida imaginaria capaz de engañar al cerebro. Probada de momento en ratones, ha sido capaz de reducir el aumento de peso, bajar los niveles de colesterol y controlar el azúcar en sangre. Esperemos tener suerte y que funcione igualmente en personas.

Por último, no debemos olvidar que esos mismos mecanismos han sido importantes a lo largo de la evolución de los seres vivos para garantizar la supervivencia de las especies, sobre todo, en tiempos de escasez de alimentos, pues reaccionando compensativamente a la pérdida de peso el organismo busca siempre la forma de volver a la normalidad para sobrevivir. Hasta que algún nuevo descubrimiento no ofrezca alternativa, el mejor modo que tenemos de controlar el peso es limitar regularmente el consumo de alimentos grasos y energéticos combinando esa restricción con la práctica  también regular de ejercicio físico.

Para saber más: Morgado, I. "La fábrica de las ilusiones: conocernos más para ser mejores". Barcelona: Ariel 2015.