Confesión con motivo del 40 aniversario de Investigación y Ciencia

19/10/2016 0 comentarios
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La divulgación alimenta la curiosidad y motivación por entender y explorar el mundo. En mi caso, fue fundamental para emprender mis tareas de investigación. Gracias por 40 años de aventura.

Cuando era niño, fui de visita al planetario de Madrid. De esta visita no recuerdo gran cosa pero sí puedo asegurar que conseguí mi primer libro de divulgación científica. Se trataba de Historia del tiempo: del big bang a los agujeros negros, de Stephen Hawkings. Como es natural, a los once o doce años no entendí gran cosa sobre los conceptos que allí se exponían, pero me di cuenta de que en el fondo de aquellos párrafos había una canción encerrada que yo podía aprender a escuchar. Con el tiempo, fui apreciando este tipo de lecturas, y como la primera vez, siempre trataba de leer el poema o escuchar la música escondida en el libro. Ese fue un buen comienzo en mi aprendizaje, probablemente alentado por don Fernando, el maestro de EGB con el que me encontraba aquella vez en el planetario.

Más tarde, aunque aprendí conceptos científicos durante la etapa de bachillerato, casi nunca consideré esas enseñanzas como algo transcendental o la revelación de ningún secreto. Confieso que en esa época aprendía conceptos como si pertenecieran a un mundo paralelo sin muchos referentes tangibles, algo así como al que le enseñan la técnica pictórica que utilizó Velázquez para pintar La Fragua de Vulcano, y al final del día, no le muestran el cuadro que resultó de aquella actividad. Así, mi conocimiento quedó como escindido en dos compartimentos, el de la magia de los libros que yo compraba o cogía de la biblioteca, y el del conocimiento que me iban dando en clase.

He aquí la confesión: yo viví la etapa de bachiller como si la enseñanza hubiese sido un jarabe con sabor algo agresivo que uno se tenía que tomar para acceder a la universidad.

Por suerte, en algunas ocasiones se establecía un pequeño vínculo entre esos dos compartimentos y lograba entrever que todo (lo que leía y lo que me obligaban a aprender), al fin y al cabo, era lo mismo.

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En cualquier caso, el pegamento definitivo que logró el acercamiento entre mi conocimiento autodidacta y el académico, vino de la mano de las revistas de divulgación. Durante mi primer periodo universitario, solían poner una gran mesa en los pasillos de la facultad con números especiales de Investigación y Ciencia, y Mente y Cerebro. Como normalmente se trataba de números atrasados, había ofertas, y podía comprarme varios ejemplares a un precio bajo. Esta lectura, aunque divulgativa, describía con precisión experimentos y teorías que estaba estudiando en mis clases. Ello lograba darle una dimensión al conocimiento universitario que no había tenido hasta ahora. ¡Me daba cuenta de que lo que me enseñaban en clase era real! Esta revelación aparentemente trivial es la base de la motivación por aprender y descubrir en cualquier etapa. Hasta ese momento yo apenas había dialogado entre lo que era el mundo para mí (realidad) y la academia.

Por ejemplo: La lectura del especial sobre la consciencia (Temas 28 de Investigación y Ciencia) publicado en 2002 casi en paralelo con el primer número de Mente y Cerebro, explicaba teorías que algunos profesores ya habían comentado y me daba cuenta de que los protagonistas de esas investigaciones estaban vivos y desarrollaban sus teorías en ese momento. ¡E incluso en alguna de esas lecturas decían que NO estaban seguros de saber cómo funciona tal o cual mecanismo cerebral! Poco a poco, estas revistas lograban estimular mi interés por llegar al borde del conocimiento en Psicología experimental y Psicología biológica, y aún hoy las leo con afán adolescente, buscando verdades e hipótesis listas para ser probadas.

La divulgación ha hecho que siempre que alguien pronuncie la palabra "magia", automáticamente yo piense "ciencia".