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  • Mente y Cerebro
  • Enero/Febrero 2013Nº 58
Encefaloscopio

Psicología social

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Emociones a paso marcial

El movimiento sincronizado alienta el compañerismo, pero también puede fomentar la agresividad.

En el ámbito militar se sabe de antiguo que la instrucción de orden cerrado genera un fuerte compañerismo entre los miembros de pequeñas unidades. Scott Wiltermuth, de la Escuela de Negocios Marshall de la Universidad del Sur de California, proponía que esta cooperación brota de una sincronización emotiva de los individuos. Ahora señala que tal sincronía puede estimular asimismo la agresividad, según publicó en enero de 2012 en el Journal of Experimental Social Psychology.

Wiltermuth y sus colaboradores distribuyeron a los probandos en varios grupos. Entregaron a cada grupo un juego de tazas; les enseñaron a moverlas según cierta coreografía, que más tarde habrían de repetir al ritmo de una música. Con el objetivo de crear un ambiente competitivo, los investigadores les encargaron que memorizasen una lista de ciudades, de la que más tarde les examinarían. El grupo de máxima ­puntuación ganaría 50 dólares. A continuación, con los auriculares puestos, los participantes llevaron a cabo el ejercicio con las tazas al ritmo de la música que oían. En algunos grupos, los probandos acabaron moviendo las tazas en mutua sincronía; en otros, cada participante oía músicas de ritmos variables, de manera que no podía sincronizar los movimientos con los de los demás. Al terminar la actividad, se indicó a cada uno de los grupos que podían seleccionar la música que oiría otro grupo durante el ejercicio. Una de las opciones consistía en un potente y fastidioso ruido estático. Los equipos que habían llevado a cabo su ejercicio en sincronía manifestaban una mayor tendencia a elegir el ruido fastidioso que los no conjuntados. En conclusión, un equipo compenetrado es un enemigo más fiero.

En otro estudio, publicado en Social Influence, Wiltermuth señala que los miembros de un grupo sincronizado también son más destructivos. Se les entregó cochinillas vivas, las cuales debían meter en unas cajas a las que se denominó «exterminadoras» (en realidad, las cochinillas no sufrían daño alguno). Cuando se les pidió que llevaran a cabo la tarea, los probandos que pertenecían a grupos sincronizados introdujeron un 54 por ciento más de insectos en las supuestas cajas de exterminio que los sujetos de control, no sincronizados.

Según Wiltermuth, tales observaciones subrayan la importancia de analizar las propias acciones y las de los dirigentes. «Hacemos cosas que no querríamos por vinculación emotiva con nuestro equipo», afirma.

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