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  • Noviembre 2013Nº 446
Apuntes

Astronomía

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Sayonara, supergigante

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A pesar de la inmensidad del cosmos, cada cierto tiempo sucede algo emocionante en la pequeña parte que nos es dado observar a los humanos. Así ocurrió hace poco en la galaxia Remolino, una fotogénica espiral situada a unos 30 millones de años luz de distancia. A finales de 2011, la luz de una supernova allí localizada alcanzó nuestro planeta. Poco después, multitud de astrónomos aficionados de todo el mundo comenzaron a recolectar datos e imágenes del cataclismo.

Los astrónomos pudieron determinar con rapidez que la explosión estelar, bautizada como SN 2011dh, se habría producido a causa del colapso de una estrella de gran masa. Sin embargo, el tipo concreto de astro que había estallado continuó siendo un misterio. Cuando los investigadores se afanaban por averiguar más detalles sobre lo sucedido, la fama de la que hace tiempo goza la galaxia Remolino volvió a resultarles de gran utilidad. El telescopio espacial Hubble ya había estudiado con detalle dicha galaxia en 2005. Una comparación entre aquellas imágenes y las de 2011 reveló que, justo donde había explotado la supernova, hubo una vez una supergigante amarilla.

Algunos astrónomos, sin embargo, opinaban que la supernova parecía encontrarse mucho más fría de lo que cabría esperar a partir de la explosión de una estrella de semejante tamaño. Los primeros datos apuntaban a una estrella menor y más azulada. ¿Tal vez se tratase de una vecina de la supergigante amarilla? «Pensábamos que la estrella amarilla había eclipsado a la azul, pero que esta última era la que realmente había explotado», explica Schuyler van Dyk, del Instituto de Tecnología de California.

Un segundo grupo de investigadores, sin embargo, llegó a otra conclusión. Justyn Maund, ahora de la Universidad Queen's de Belfast, y sus colaboradores postularon que el progenitor de la supernova era la misma supergigante amarilla observada por el Hubble. En 2011, sin embargo, nadie se hallaba en condiciones de extraer resultados más firmes, ya que el brillante fulgor del cataclismo impedía examinar el área con más detalle.

Hacia el pasado mes de marzo la luz de la supernova ya había remitido de manera considerable, por lo que Van Dyk y su grupo recurrieron al telescopio Hubble para volver a observar la zona. Para su sorpresa, la
supergigante amarilla ya no estaba allí, lo que indicaba que era ella la causante de
la explosión. «El otro grupo se hallaba en
lo cierto», corrobora Van Dyk, autor principal del artículo en el que los investigadores explicaron sus resultados. El trabajo apareció publicado el pasado mes de julio en la revista Astrophysical Journal Letters.

Pero la saga de SN 2011dh no ha concluido aún. La supernova resultó ser un extraño espécimen del tipo IIb, causada por el colapso de una estrella masiva que habría sido despojada de la mayor parte de su capa de hidrógeno, debido quizás a la presencia de una estrella compañera. Si esa explicación es correcta, el astro superviviente aún tendría que estar allí. Dado que el brillo de la supernova sigue atenuándose, el remanente tal vez pueda ser detectado por el telescopio Hubble hacia finales de este año.

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