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  • Investigación y Ciencia
  • Septiembre 1994Nº 216

Astronomía

El legado científico del proyecto Apolo

Las piedras lunares traídas a la Tierra han servido para zanjar cuestiones relativas al origen de la Luna, a su composición e incluso a las condiciones primigenias que afectaron a la vida en nuestro planeta.

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Cuando hace veinticinco años escarbaron en la superficie de la Luna, Neil Armstrong y Edwin "Buzz" Aldrin, Jr., no sólo recogieron un polvo seco y oscuro, sino que emprendieron un viaje por el tiempo. Los 380.000 kilómetros que recorrieron en el Apolo 11 les mandaron miles de millones de años atrás. Armstrong, Aldrin y los diez astronautas que les siguieron trajeron consigo muestras en las que se guarda la fascinante historia de la Luna y de la Tierra. Esas piedras han apuntado cuál fue el violento y sorprendente origen de la Luna, y también su composición y edad. Gracias a los instrumentos colocados en la superficie del satélite, los geofísicos han podido reconstruir su estructura interna y su actividad. Sin el programa Apolo, ninguno de estos descubrimientos hubiera tenido lugar.

Al viajar a la Luna, aprendimos también cosas sobre la Tierra. El vulcanismo, los plegamientos, las fallas, la formación de montañas, la meteorización y la glaciación han borrado o modificado casi toda la historia antigua de la Tierra. Afortunadamente, la Luna no fue una máquina geológica tan enérgica. Durante los primeros mil millones de años su actividad produjo una compleja y desconcertante serie de fenómenos, pero no fue tan intensa que borrara por completo la crónica de lo ocurrido. Los modelos teóricos que intentan explicar los mecanismos de creación de cráteres, coladas de lava y residuos volcánicos de la Tierra pueden contrastarse aplicándolos a las formaciones lunares análogas.

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