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  • Investigación y Ciencia
  • Enero 2015Nº 460

Sistemas complejos

Complejidad, tecnología y sociedad

La evolución técnica y social de la humanidad ha estado marcada por la necesidad de controlar un entorno de complejidad creciente. ¿A qué se debe esa tendencia? ¿Cómo está afectando a la ciencia, la educación y las formas de gobierno?

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Nuestras sociedades se han vuelto cada vez más complejas. Globalización, conectividad, información... son palabras que oímos con frecuencia y que reflejan ese incremento de complejidad. Nuestros sistemas económicos, sociales o culturales cada vez conectan más elementos, presentan más interacciones y operan a mayor velocidad. ¿Cómo hemos podido afrontar ese aumento de complejidad con un cerebro que, en esencia, no difiere del de nuestros ancestros paleolíticos?

Esa progresión ha sido posible gracias a la tecnología. Su efecto sobre nuestras sociedades es doble: por un lado, nos permite manejar la complejidad; pero, por otro, también la genera. ¿Hacia dónde nos lleva esta tendencia?

Para entender mejor el problema, debemos primero aclarar a qué nos referimos al hablar de complejidad. Es común oír que nuestro mundo, nuestras ciudades, el lenguaje o el cerebro son complejos. Pero ¿qué es la complejidad?

El término procede del latín plexus, que significa «entretejido». Algo complejo resulta difícil de desmenuzar: no podemos separar sus partes constituyentes y estudiarlas de manera aislada porque son interdependientes.

Todo sistema complejo se caracteriza por la existencia de interacciones relevantes entre sus componentes. El comportamiento del conjunto no puede predecirse sin considerar dichas interacciones, ya que estas codeterminan el estado futuro de los componentes y, por tanto, del sistema. Más aún: esas interacciones pueden generar información nueva, que no se encuentra en las condiciones iniciales ni en las de frontera, lo cual limita de manera inherente nuestra capacidad para predecir el comportamiento de un sistema complejo.

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