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  • Investigación y Ciencia
  • Diciembre 1992Nº 195

Criptografía

Criptografía cuántica

Los matemáticos llevan milenios tratando de hallar un sistema que consienta intercambios de mensajes en secreto absoluto. La mecánica cuántica ha sumado fuerzas con la criptología para lograr grandes avances hacia tal empeño.

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Edgar Allan Poe fantasea, en El escarabajo de oro, sobre los rudimentos de la fractura de claves criptográficas y aventura, en ese relato corto de 1843, que la mente humana conseguirá descerrojar cualquier código que su ingenio pueda concebir. A lo largo del siglo y medio transcurrido, la batalla entre creadores y descifradores de claves ha sufrido vaivenes y complicaciones que hubieran hecho las delicias de Poe. En 1918 se ideó una codificación invulnerable, aunque su invulnerabilidad no fue demostrada hasta los años cuarenta. Era aquel sistema de cifrado muy poco práctico, pues exigía que destinatario y remitente conviniesen una clave de antemano, una gran ristra de números secretos generados al azar, parte de los cuales se utilizaba cada vez que se transmitía un mensaje. En los años setenta se desarrollaron sistemas más prácticos, fundados en claves breves y reutilizables; los había incluso carentes por completo de claves secretas, pero todos permanecen en el limbo matemático, sin haber sido fracturados ni haberse demostrado su invulnerabilidad.

Un giro tan reciente como inesperado ha consistido en reclamar el concurso de la mecánica cuántica para lograr proezas criptográficas inalcanzables por medios puramente matemáticos. Los dispositivos de criptografía cuántica se valen de fotones individuales y sacan provecho del principio de incertidumbre de Heisenberg, según el cual toda medida efectuada en un sistema cuántico provoca una perturbación en él, por lo que la información que proporciona sobre el estado que poseía el sistema antes de la medición es incompleta. Y así, toda escucha furtiva de un canal de comunicaciones cuántico provoca inexorablemente perturbaciones que ponen sobre aviso a los usuarios legítimos. La criptografía cuántica aprovecha tal efecto para posibilitar una comunicación secreta entre dos personas, aunque éstas no se hayan encontrado nunca ni compartan información secreta previa. Las técnicas cuánticas serían también de utilidad para conseguir objetivos criptográficos más sutiles, de gran interés en el mundo posterior a la guerra fría; por ejemplo, el de capacitar a dos partes que desconfían una de otra para alcanzar decisiones conjuntas basadas en información reservada, sin poner en peligro su confidencialidad o haciéndolo en el grado mínimo posible.

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