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  • Marzo 2013Nº 438

Comportamiento animal

Risa de rata

Humanos aparte, ¿habrá otros animales con sentido del humor? Bien pudiera ser.

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Cierta vez, en somnoliento delirio a más de 10.000 metros sobre Islandia, quise recoger, palpando a ciegas por debajo de mi asiento, una tibia manta azul que allí asomaba. Descubrí, atónito y horrorizado, que le estaba dando recios tirones al robusto dedo gordo de un pie, metido en calcetín, que trataba de escabullirse. Con temperamentos como el mío, la vida tiende a convertirse en una serie de conversaciones poco felices y, en efecto, cuando me volví, sonriendo, para disculparme al propietario del dedo, mi mirada se tropezó con un hombretón, cuyos gruñidos parecían indicar que tenía cierta dificultad para verle la gracia al incidente.

Fue desagradable, cierto, pero en el fondo, una feliz chiripa. Al descansar de nuevo la cabeza sobre la almohadilla del asiento, protegida con ese papel sanitario de las líneas aéreas, en mi mente volandera afloró un recuerdo mucho más grato, también con dedo gordo, perteneciente este otro a un animalote mucho más jovial que el ocupante de atrás. Este otro dedazo —indistinguible, al tacto, de su rollizo homólogo humano— pertenecía a King, un gorila de 220 kilos y encías calcificadas, traído de las tierras bajas occidentales. Contando yo 20 años y King 27, pasé gran parte del verano de 1996 con mi desdentado amigo, escuchando a Frank Sinatra y a los Tres Tenores, jugando a perseguirnos por su recinto del zoo, haciéndole yo cosquillas en los dedos de los pies. King se tumbaba en su jaula nocturna, asomaba un enorme pie ceniciento por entre los barrotes, que dejaba colgando, pendulón, expectante. Cada vez que yo le agarraba un dedo del pie y se lo pellizcaba delicadamente, soltaba una erupción de risa gutural que le hacía estremecerse. Un día me incliné hacia su pie como si fuera a morderle su rechoncho dedo; casi no pudo controlarse. Si nunca ha visto un ataque de risa en un gorila, le recomiendo hacerlo antes de abandonar este mundo. Es algo que suscitaría interrogantes cognitivos, hasta en el antievolucionista más empedernido.

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