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  • Agosto 2014Nº 455
Juegos matemáticos

Ciencia y arte

Ars combinatoria

Un recorrido por la combinatoria y el azar en la creación artística.

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Arthur C. Clarke escribió en 1953 un cuento de ciencia ficción titulado Los nueve mil millones de nombres de Dios. En él, unos monjes tibetanos adquieren una computadora Mark V para un proyecto en el que han estado trabajando durante tres siglos: «Una lista que contendrá todos los posibles nombres de Dios [...] con no más de nueve letras en un alfabeto que hemos ideado». Si desean saber qué se proponían con ello los religiosos, tendrán que leer el relato. Sin embargo, sí les adelantaré que uno de los aciertos del cuento es el maridaje que hace Clarke entre la tecnología de cómputo de la época y una arcana tradición mística que, a partir de procedimientos combinatorios, buscaba revelar conocimiento hermético.

El ejemplo conocido más antiguo de tales métodos lo hallamos en el I ching, o Libro de los cambios: un método de adivinación, u oráculo mecánico, basado en una mezcla de azar y sistema binario. De origen chino, data del primer milenio antes de nuestra era. El equivalente en nuestra cultura es el texto místico hebreo Séfer Ietzirá, o Libro de la Creación. Escrito hacia el siglo II, nos explica que «el Uno Infinito» creó el mundo permutando letras y números. Más tarde, la obra se convertiría en objeto de estudio por parte de los cabalistas, cuya actividad floreció en España y Francia en el siglo XIII.

Fue por aquella época cuando el cabalista sefardí Abraham Abulafia concibió su «ciencia de la combinación» en el marco de la gematría, y el excéntrico Ramon Llull, su Ars magna, descrita a menudo como precursora de la moderna lógica simbólica y los ordenadores. La influencia de Llull puede rastrearse a través de los tiempos, pasando por el Ars magna sciendi sive combinatorica, de Athanasius Kircher, la obra de Descartes o la de Leibniz, con su propia Ars combinatoria. Finalmente, el método mudó de lo místico a lo formal con George Boole y Charles Babbage, cuyos trabajos marcarían el nacimiento de los ordenadores: máquinas para el ars combinatoria.

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