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  • Octubre 2016Nº 481
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Consciencia sensorial

Del Cámbrico a nuestros días.

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THE ANCIENT ORIGINS OF CONSCIOUSNESS
HOW THE BRAIN CREATED EXPERIENCE
Todd E. Feinberg y Jon M. Mallatt
The MIT Press, 2016

Consciencia es un término polisémico. Entre sus significados distintivos está el de hallarse alerta y vígil, percatarse de cuanto nos rodea, experimentar y responder a la red sensorial que nos bombardea en cada momento, poder relacionar sensaciones presentes con experiencias del pasado, recordar lo acontecido, anticipar y planear el futuro, decidir en el curso de una acción o escoger las palabras de una frase. Todas esas sensaciones, recuerdos, planes y anticipaciones de acción acontecen dentro del mundo privado y subjetivo que antaño se resumía en la expresión yo. El yo es una mente, una subjetividad interna y unos límites permeables a un mundo externo, social y físico. Los humanos somos seres sociales y nuestra consciencia forma parte de nuestra existencia como animales sociales.

¿Cuándo apareció la consciencia sobre la Tierra? ¿Cuál fue su curso de evolución? ¿En qué consiste? De acuerdo con el registro fósil, hace entre 520 y 560 millones de años, en la gran explosión del Cámbrico de diversidad animal, se forjaron los primeros cerebros complejos, los cuales irían acompañados por comportamientos más o menos reflexivos, elementales. Si aceptamos la conclusión de los autores, todos los vertebrados son y han sido siempre conscientes: peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos. Entre los invertebrados, artrópodos y cefalópodos cumplen muchos de los requisitos para poder disponer de consciencia.

El punto de partida de la inquisición científica del origen de la consciencia, se supuso en un comienzo, eran las propiedades singulares y exclusivas del neocórtex de los mamíferos [véase «El problema de la consciencia», por Francis Crick y Christof Koch; Investigación y Ciencia, noviembre de 1992]. Parece hoy obligado abordar la consciencia desde muchas perspectivas, incluso en el ámbito restringido de la ciencia. Más difícil resulta liberarse de la carga ideológica que nos condicione. El naturalismo neurobiológico baña buena parte de esta obra, donde se actualizan diversos trabajos de los autores sobre la evolución de la consciencia, cuyos inicios ellos fechan en hace 520 años, en plena eclosión del Cámbrico. En tres postulados compendian su tesis: podemos explicar la consciencia sensorial mediante principios conocidos de la neurobiología; la consciencia sensorial, antiquísima y creada por diversas arquitecturas neurales, se halla muy expandida en el mundo animal; por fin, cuanto queda a menudo reservado para la especulación filosófica encuentra explicación en el dominio de la neurobiología evolutiva.

Todos los organismos conscientes están dotados al menos de consciencia sensorial, una propiedad regida por leyes científicas aceptadas y conocidas. Esta forma primaria de consciencia equivale a sentir como propio cualquier tipo de experiencia. Amén de sensorial, recibe también los apelativos de consciencia fenoménica y consciencia perceptiva. No tiene nada que ver con el refinamiento y elaboración de una consciencia humana, sino que basta con la presencia de pautas de experiencia subjetiva, por tenue que sea. La consciencia sensorial permite al cerebro crear un mundo interior.

La consciencia sensorial emerge del cerebro vivo; en particular, de interacciones neurales jerarquizadas. Vida y consciencia son, en la naturaleza, privativas de cada individuo, del organismo en su conjunto. Una sola célula retiniana del ojo no ve nada, como no oye nada una neurona del córtex auditivo. Tener una consciencia sensorial (una experiencia consciente) es un proceso emergente que requiere la interacción entre muchas neuronas ordenadas de una manera peculiar y que reciben información de otras fuentes no sensoriales, tales como la memoria y los sistemas reticulares de activación.

No basta la emergencia para explicar la consciencia sensorial [véase «La consciencia: ¿solo un montón de neuronas?», por Manuela Lenzen; Mente y Cerebro n.o 76, 2016]. Todos los sistemas vivos, dotados de consciencia o privados de ella, presentan numerosas propiedades emergentes. La digestión emerge del sistema digestivo, la circulación del sistema circulatorio, pero esos sistemas distintos del nervioso no son conscientes. Una colonia de hormigas que construye una colina es un sistema, o una sociedad, donde las hormigas individuales no se proponen construir una colina, pero su conducta colectiva la crea.

Al resaltar el carácter neural de la consciencia nos referimos a las cadenas y redes de neuronas que evolucionaron a partir de arcos reflejos. Los reflejos neurales no son en sí mismos conscientes, ni tampoco son conscientes de sí mismos, pero constituyen un ingrediente esencial del sustrato neural que hace posible la consciencia.

Hay múltiples razones para ello. Las neuronas, capacitadas para el procesamiento sensorial rápido de los estímulos, pueden asociarse y formar cadenas y circuitos complejos, lo que las faculta para acometer procesamientos más refinados. No obstante, si bien neuronas y reflejos pavimentan el camino de la consciencia, no son consciencia ni la crean. Solo un cerebro unificado que, en el curso de su evolución, haya adquirido jerarquías neurales elaboradas crea las interacciones entre neuronas que señalan la transición de meros reflejos a una consciencia fenoménica subjetiva [véase «Creación cerebral de la mente», por Antonio R. Damasio; Investigación y Ciencia, enero de 2000, y «La neurobiología del yo», por Carl Zimmer; Investigación y ciencia, enero de 2006].

La consciencia sensorial evidencia continuidad desde unos primeros atisbos hasta un alto nivel de consciencia. La consciencia sensorial exteroceptiva comenzó hace 520 millones de años, cuando vertebrados incipientes y artrópodos desarrollaron mejores sentidos de distancia en respuesta a la aparición de depredadores durante la explosión del Cámbrico. Sus cerebros procesaron los nuevos estímulos sensoriales que tal acontecimiento provocó. Hace 220 millones de años, la consciencia sensorial de los vertebrados progresó en los primeros mamíferos, que contaban con mejor información merced a las imágenes aprendidas y recordadas. Los artrópodos no realizaron ese segundo tránsito. Los vertebrados cumplen los tres criterios básicos de la consciencia, exigidos por Feinberg y Mallatt: exteroceptivos, afectivos e interoceptivos. Artrópodos y cefalópodos satisfacen muchas de las condiciones requeridas.

En un estadio final se produjo, en el marco de la línea primate de los mamíferos, la autoconsciencia, el lenguaje y el percatarse del estado mental de los otros. Aconteció probablemente cuando apareció el hombre moderno, hace unos 200.000 años [véase «El origen de la mente», por Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez; Investigación y Ciencia, noviembre de 2001].

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