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Actualidad científica

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  • Investigación y Ciencia
  • Marzo 2017Nº 486

Cardiología

Terapia génica para el corazón

Aprovechar la capacidad curativa de este órgano podría ayudar a prevenir infartos de miocardio y a reducir el dolor derivado del estrechamiento de las arterias coronarias.

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Cada día, el corazón humano late más de 100.000 veces y bombea casi 9000 litros de sangre oxigenada al resto del cuerpo a través de la aorta. Un 5 por ciento de este flujo se desvía a dos vasos fundamentales, las arterias coronarias, que conducen la sangre por una red de vasos más pequeños y capilares que nutren y oxigenan cada fibra del músculo cardíaco, o miocardio.

Cuando un coágulo de sangre o una placa de ateroma (cúmulo de grasa en las paredes de las arterias) interrumpen la circulación de los vasos coronarios en uno o más puntos, las células cardíacas adyacentes a la obstrucción quedan privadas de oxígeno y nutrientes. Si no se restaura pronto el flujo, estas células mueren y el paciente sufre un infarto de miocardio. Dependiendo de la extensión del daño, el corazón deja de funcionar normalmente e incluso puede pararse y provocar la muerte.

Las células miocárdicas no mueren de inmediato cuando carecen de oxígeno, por lo que la mayoría de ellas podrán salvarse si el paciente llega a tiempo al hospital para que los médicos actúen antes de que se produzcan daños irreversibles. Intentarán mantener abiertas las arterias estenosadas (estrechadas) mediante un estent o realizarán un baipás quirúrgico de la sección obstruida de la arteria. Estos procedimientos también se emplean de forma preventiva para evitar infartos de miocardio y aliviar la angina de pecho, el dolor que suele asociarse al estrechamiento de las arterias. Sin embargo, no siempre funcionan y pueden ocasionar complicaciones.

El corazón tiene su propia manera de enfrentarse a la obstrucción de las arterias coronarias. Desarrolla nuevos canales, llamados vasos colaterales, que redirigen el flujo sanguíneo desde otros puntos hacia las zonas del miocardio privadas de oxígeno. Tales vasos existen desde el nacimiento, pero normalmente no transportan sangre. Crecen e incluso pueden formarse de novo tras una obstrucción o estrechamiento graves de las arterias coronarias, si bien solo después de algunas semanas. Un sistema de vasos colaterales bien desarrollado puede llegar a suministrar suficiente sangre oxigenada como para mantener el corazón bien nutrido incluso en situaciones de estenosis completa del vaso coronario. Sin embargo, la circulación colateral natural no siempre funciona con tanta eficacia.

Durante las últimas dos décadas, un grupo de investigadores, entre los que me incluyo, hemos buscado formas para inducir la producción de nuevos vasos colaterales que tengan la capacidad de aportar sangre al corazón de aquellos pacientes cuyas fibras musculares no reciben suficiente oxígeno. El objetivo es reducir el dolor que sienten numerosas personas con ateroesclerosis avanzada, además de prevenir infartos de miocardio en aquellas que ya no pueden mejorar con un estent o un baipás. Las pruebas realizadas hasta ahora, que han consistido en inyectar en el corazón diversas proteínas, genes y células, no han dado los frutos esperados y aún no tenemos una solución aceptable para la mayoría de los enfermos críticos. Sin embargo, en los últimos años hemos refinado de forma extraordinaria nuestras técnicas. Varias de ellas ya se están poniendo a prueba en ensayos humanos que finalizarán en un futuro no muy lejano.

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