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  • Noviembre 2017Nº 494

Psicología del desarrollo

Niños transgénero

Los primeros estudios sobre menores cuya identidad de género no coincide con la que suele asociarse a su sexo están revelando aspectos fascinantes sobre su desarrollo psicológico.

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Una noche de otoño de 2008, al llegar a casa de un amigo para cenar, me uní al invitado más joven de la noche: Noé, un niño de cinco años que estaba jugando en el sofá. En ese momento difícilmente podía imaginar que aquel encuentro cambiaría el curso de mi carrera.

Como profesora de psicología del desarrollo, no es raro que acabe pasando el rato con niños. Investigo cómo piensan acerca de sí mismos y de quienes los rodean, y algunas de mis mejores ideas han nacido de situaciones como esa. Tras intercambiar unas palabras, Noé echó una mirada a la habitación. Pareció percatarse de que nadie lo miraba y rescató algo de su bolsillo: un encantador juego de muñecas de Polly Pocket.

En los siguientes años conocí bien a Noé (todos los nombres que aparecen en este artículo son ficticios) y aprendí más sobre su pasado. Fue durante los años de preescolar cuando los padres se dieron cuenta de que era distinto de su hermano. Prefería jugar con niñas y con los juguetes que suelen asociarse a ellas, pero a sus padres nunca les incomodó. Al hacerse más mayor, se dejó el pelo largo y sustituyó su vestuario de género neutro por uno en el que destacaban unos Twinkle Toes, zapatos con luces rosas que parpadean al caminar. Al contrario de lo que ocurre con muchos otros niños similares, la familia, los amigos y el colegio de Noé lo aceptaron plenamente e incluso le animaron a que conociese a otros niños que no se atenían a las normas de género habituales. Y, al igual que los demás adultos en la vida de Noé, no podía evitar preguntarme: ¿qué significaba aquel comportamiento? ¿Era gay? ¿Se trataba de un niño que, simplemente, ponía menos atención a las normas de género que la mayoría? Por entonces no tenía ni idea de que tales cuestiones acabarían reorientando mi carrera científica.

La vida de Noé comenzó a cambiar en tercer y cuarto curso de primaria. Hace poco, Noé explicaba que fue por entonces cuando empezó a darse cuenta de que, aunque la gente aceptaba sus preferencias y entablaba amistad con él, la imagen que él tenía de sí mismo —la de una chica— no coincidía con la que tenían los demás. Observó que, cuando las personas usaban su nombre y el pronombre masculino para referirse a él, pensaban en él como en un chico. Noé recuerda que eso le hizo cada vez más infeliz: un sentimiento excepcional en él apenas unos años antes. Según su madre, quien otrora fuera un niño jovial y lleno de vida se fue volviendo triste y melancólico. Fue entonces cuando su familia, tras consultar con terapeutas locales, tomó una decisión que había estado fraguándose durante años. Noé se declaró transgénero y, en consecuencia, se pidió a los amigos, la familia y la comunidad escolar que empleasen un nuevo nombre, Sara, y que se refiriesen a Sara como a una chica.

En ese momento llevaba una década estudiando la psicología del desarrollo e investigando la manera en que los niños pequeños piensan acerca de las categorías sociales que ven a su alrededor: etnia, género, clase social. En mi tiempo libre, busqué estudios sobre niños como Sara y descubrí que no había ni un solo trabajo cuantitativo sobre niños pequeños que hubiesen cambiado de género. (El término sexo se refiere a las categorías biológicas, mientras que género remite a la identificación de una persona con los atributos sociales y culturales tradicionalmente asignados a cada sexo.) Por aquella época, casi todos los adultos transgénero habían hecho la transición mucho más tarde en sus vidas y casi nadie les había apoyado en sus disconformidades de género tempranas. Me pregunté qué podríamos aprender sobre el género a partir de casos como el de Sara. ¿Cómo impacta la transición en la salud mental y en la identidad de los niños? ¿Qué significa esa decisión para su futuro?

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