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  • Julio/Agosto 2010Nº 43
Ilusiones

Percepción

Un mundo a medias

Las personas que sufren trastorno de omisión no consiguen percibir una imagen completa de la realidad.

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En fecha reciente, una joven, llamémosle Sally, sufrió un accidente cerebrovascular que causó la lesión de su lóbulo parietal derecho, sin afectar a otras partes del encéfalo. El lado izquierdo de su cuerpo —controlado por el hemisferio derecho— quedó paralizado. Por fortuna, continuó siendo la misma mujer inteligente y conversadora de antes de sufrir el ictus.

Su padre detectó, no obstante, algunos síntomas preocupantes que, curiosamente, la propia Sally parecía desconocer. Cuando trataba de moverse por la sala en su silla de ruedas, a menudo chocaba contra los objetos situados a su izquierda.

Mediante pruebas más exhaustivas, se pudo comprobar que Sally presentaba indiferencia a los objetos situados a su izquierda o a los acontecimientos que sucedían en dicho lado, aunque no era ciega a ellos: si se le llamaba la atención, los veía. Su visión era normal; el problema consistía en que no tomaba en consideración el mundo situado a su izquierda. Por ejemplo, al comer, consumía solo los alimentos situados a su derecha y prescindía de la mitad izquierda de la bandeja. Pero si se le indicaba que mirara hacia los alimentos situados a su izquierda, Sally podía verlos perfectamente y extender la mano para tomarlos.

Las deficiencias de Sally señalan que sufre de hemiomisión u omisión, fenómeno que puede también presentarse de forma aislada, sin acompañamiento de parálisis importante.

Semillas de omisión
¿Cómo se originan tales perturbaciones de la percepción? La omisión constituye, en esencia, un trastorno de la atención. Aunque el cerebro humano dispone de unos 100.000 millones de neuronas, en un momento dado solo puede estar activo un pequeño subconjunto del total, creando pautas significativas. Tal límite provoca un atasco en la atención. Por dicho motivo, en la figura 1 podemos ver ora un patito, ora un conejo, pero nunca los dos animales a la vez. Ello explica también por qué, al conducir, no somos conscientes de la mayoría de las cosas que acontecen a nuestro alrededor, mientras mantenemos la atención fijada en un peatón que se encuentra delante. Bajo ese prisma, el síndrome neurológico de la desatención constituye en realidad una versión florida y exagerada del tipo de omisión en la que todos incurrimos para evitar la sobrecarga sensorial.

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