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  • Noviembre/Diciembre 2017Nº 87

Psicología social

La era de la ­posverdad

Desde hace tiempo, los psicólogos saben que nuestro pensamiento sucumbe a ciertos sesgos cognitivos y que las personas no renuncian con facilidad a sus convicciones. ¿Por qué nos ocupamos ahora tanto de este fenómeno?

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Después de que el partido Unión Demócrata Cristiana (CDU) de Alemania sufriera una amarga derrota en las elecciones de Berlín en septiembre de 2016, su presidenta Angela Merkel mantuvo un discurso reflexivo. «Últimamente vivimos en tiempos posfactuales», describió la canciller. «Ello seguramente significa que la gente ya no se interesa por los hechos, sino que obedece solo a sus sentimientos.» De repente, este enigmático concepto comenzó a aparecer por doquier. La Sociedad de la Lengua Alemana eligió por unanimidad el término «posfactual» como palabra del año 2016. Los responsables del Diccionario Oxford tomaron una decisión similar: ensalzaron el término «posverdad» (post-truth) como neologismo del año. Al parecer, el concepto encaja a la perfección en una época en la que las verdades se consideran tan negociables como las ideologías o las agendas políticas.

En la actualidad, nadie ilustra este fenómeno mejor que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Incluso su investidura estuvo marcada por una verdad posfactual. Numerosos medios de comunicación informaron de que un número mucho menor de personas había asistido a esa ceremonia en comparación con la de su predecesor, Barack Obama. El portavoz de prensa de Trump, Sean Spicer, contradijo esas afirmaciones. «Hubo más público del que nunca antes había habido en una investidura», aseguró. Esta notoria y errónea aseveración también fue defendida posteriormente por Kellyanne Conway, consejera de Trump, a través de una formulación que se ha convertido en legendaria: Spicer había mencionado «hechos alternativos». Durante los siguientes meses, Trump y su equipo ofrecieron innumerables ejemplos del manejo negligente de la verdad.

Casi podría pensarse que el actual presidente estadounidense es el regente de una nueva era posfactual, en la que los hechos se someten al estado de ánimo del momento. Pero esta visión se antoja limitada. La interpretación de sucesos determinados siempre ha formado parte de acalorados debates. Por ejemplo, la leyenda de la puñalada por la espalda, mito social de la época de entreguerras que culpabilizó a los socialdemócratas de la derrota militar de Alemania durante la Primera Guerra Mundial y que, posteriormente, allanaría el camino a las políticas del partido nazi de Adolf Hitler.

La filósofa Hannah Arendt (1906-1975) sostenía que la política y la verdad se encontraban en pie de guerra. En su ensayo Verdad y política, de 1964, lamentaba que los resultados históricos incómodos se tratasen como si fueran «cosas sobre las que se pudiera tener tal o cual opinión». Las verdades serían despóticas, de manera que excluirían desde el principio cualquier posibilidad de debatirlas políticamente. «Uno puede ahondar en opiniones inoportunas, puede rechazarlas o llegar a un acuerdo; los hechos incómodos son de una obstinación inamovible y no pueden ser sacudidos más que con una pura mentira», señalaba Arendt.

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