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  • Julio/Septiembre 2016Nº 85

Neurociencia

La influencia del intestino en el cerebro

Diversos estudios en ratones revelan que los microbios intestinales influyen en el desarrollo del cerebro. Aunque se continúa investigando en esta dirección, muchos científicos se muestran ­escépticos ante los resultados y su posible aplicación en los humanos.

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Pronto se cumplirá un año desde que Rebecca Knickmeyer, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, se reunió con los participantes de su último estudio. Esta neurocientífica especializada en el desarrollo cerebral investiga el modo en que 30 recién nacidos acaban convirtiéndose en niños de un año que gatean curiosos en todas direcciones. Para ello se valdrá de una serie de pruebas conductuales y de temperamento. Una de ellas consiste en lo siguiente: la madre del bebé desaparece de la habitación del laboratorio y, al cabo de un rato, vuelve acompañada de un desconocido. En otro experimento se usan más elementos extraños, entre estos, máscaras de Halloween. En una fase final del estudio, el bebé duerme plácidamente la siesta mientras una ruidosa máquina de resonancia magnética explora su cerebro. El escaneo solo resulta efectivo si los participantes permanecen quietos durante la sesión.

Además de la actividad cerebral de los jóvenes probandos, a Knickmeyer le interesa su microbioma fecal. Analiza el conjunto de bacterias, virus y otros microbios que habitan en los intestinos de los niños. El proyecto, al que se refieren cariñosamente como «estudio de la caca», forma parte de los esfuerzos, todavía tímidos pero en aumento, por descubrir si los microbios que colonizan el intestino durante la infancia pueden alterar el desarrollo cerebral.

Un creciente número de investigaciones apuntan en esa dirección. En su mayoría se han llevado a cabo con animales criados en un entorno estéril, sin gérmenes. Según sus resultados, los microbios intestinales influyen en la conducta y pueden modificar las características fisiológicas y neuroquímicas del cerebro. No obstante, los datos en humanos resultan todavía limitados. Aunque los investigadores han establecido relaciones entre la patología intestinal y algunos trastornos neuropsiquiátricos, entre ellos la ansiedad, la depresión, el autismo, la esquizofrenia y las enfermedades neurodegenerativas, hasta ahora no se trata más que de simples relaciones.

«En general, la causalidad en los estudios del microbioma es un problema sustancial», lamenta Rob Knight, microbiólogo de la Universidad de California en San Diego. «Resulta muy difícil determinar si las diferencias microbianas que se observan asociadas a las enfermedades son una causa o una consecuencia», subraya. Todavía quedan muchas cuestiones por resolver. Si bien se están empezando a conocer los mecanismos por los que las bacterias intestinales interactúan con el cerebro, se desconoce la importancia que estos procesos ejercen para la salud y el desarrollo humanos.

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