Historia de una gota de agua marciana

04/10/2015 0 comentarios
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Si una gota de agua salada marciana pudiera hablar ¿qué historias podría contarnos?

Hola. Posiblemente han oído hablar de mí. Soy una gota de agua salada en la ladera de un desfiladero en Marte. He notado cómo me he convertido en el tema de conversación por estos días de todos ustedes allá en la Tierra; yo y todas las otras gotas de agua que tenemos una existencia efímera en este helado desierto al que tanta atención prestan ustedes mientras disfrutan del paraíso planetario en el que viven.

El desfiladero que da vida a la protagonista de esta historia (Crédito: NASA/JPL/Caltech/U.Arizona)

Las moléculas de agua de las que estoy hecha, que son por decirlo de alguna manera las "células" de mi cuerpo, han estado aquí durante más de 4500 millones de años. Todavía nos es difícil entender por qué estas antiguas moléculas producen tanta emoción en todos los seres humanos cuando se las encuentra más allá de su húmedo planeta. Me da la impresión que la mayoría no entienden que el agua es increíblemente abundante en todo el universo. Y no es para menos. Hechas del elemento más abundante en el cosmos, el hidrógeno y el tercero en la lista después del helio, el oxígeno, no hay casi ningún rincón en la Tierra, Marte o allá afuera en el inmenso universo, donde no puedas encontrar algunas de ellas.

A pesar de ser abundantes, sin embargo, las moléculas de agua rara vez se ponen de acuerdo para hacer gotas como yo. Lo más común es que se encuentren por ahí volando, cada una por su cuenta, en lo que ustedes acostumbran llamar gases. En Marte, millones y millones de moléculas de agua se confunden volando por encima de la superficie entre las más abundantes moléculas de dióxido de carbono, las dueñas del lugar. Juntas protegen del vacío interplanetario a este "paraíso fallido". El peso combinado de todas ellas lo sentimos en la superficie del planeta y es una de las razones por las que en ocasiones yo y otras gotas existimos aquí y allá. En la Tierra, con otros gases en juegos (especialmente nitrógeno), más masa y más gravedad, el peso de la atmósfera termina siendo unas 100 veces mayor que aquí. Sumado a una mayor cantidad de luz, este hecho es el que hace que en lugar de gotas en la superficie de su planeta haya charcos enormes y corrientes enteras de agua líquida. Un verdadero paraíso para nosotras que nos tenemos que conformar aquí con una vida que dura horas o días en lugar de millones de años.

Líquido, esa es la manera como llaman la suma de moléculas que hacen mi cuerpo. A diferencia de los gases, en el líquido las moléculas tienen una relación más íntima y no tienen la libertad que en los gases. Pero no es solo eso. Los líquidos somos complejos, un poco impredecibles y demasiado inestables. Un poco más de presión allí, un poco menos de temperatura allá, sales o no sales, y el agua en la base de la atmósfera marciana se convierte en hielo. El hielo es el purgatorio para nosotras. No pasa casi nada en él. Las moléculas están firmemente amarradas entre sí y lo que haya quedado atrapado en su interior, ahí permanecerá hasta la próxima temporada.

Marte, mi casa, esta "cubierto" de hielo de agua. Pero no en la superficie donde el peso de la atmósfera no es suficiente. A unos centímetros o metros debajo del suelo, donde difícilmente han llegado los visitantes robóticos de la Tierra, el hielo se mezcla con la arena y la roca. Millones y millones de gotas de agua están "atrapadas", congeladas en ese purgatorio subterráneo. Yo misma vengo de allí. Estoy hecha de la misma materia de la que estaban hechas gotas de agua que se congelaron en el invierno después de rodar desde más arriba por la ladera de este cráter.

Cuánto diera por conocer una gota de agua de ese planeta suyo. Tengo entendido que si bien están hechas de moléculas "casi" idénticas a las nuestras, la mayoría de ellas carecen de aquello que nos hace a nosotras especiales: sales, muchas sales minerales atrapadas "eléctricamente" entre las moléculas de agua. Estas sales son el secreto que justamente nos permiten existir, aunque sea de forma efímera en el casi vacío reinante en la superficie del planeta. Sin estas sales a las temperaturas gélidas de Marte, el purgatorio estaría asegurado. Tengo entendido también que allá en la Tierra, las gotas que no contienen casi nada de sal (al menos para los estándares marcianos), se congelan en los que para nosotros son unos cómodos 20 grados bajo cero. ¡Qué débiles!

Pero mi historia es aburrida si la comparamos con la épica historia de las moléculas de las que estoy hecha. Si pudieran hablar, nos contarían de sus increíbles aventuras antes de vivir de incógnitas en este planeta desierto. Hace mucho tiempo, un tiempo que solo recuerdan algunas rocas enterradas varios metros debajo de toda esta polvareda que me rodea, Marte era un mundo muy distinto. La atmósfera era mucho más densa y pesada. Había más nubes y los contrastes de temperatura que producen el inclemente clima que hoy azota la superficie, eran menores. El Sol brillaba más débil en el cielo, pero los gases primitivos retenían el poco calor que llegaba al planeta permitiendo la existencia de agua líquida en su superficie. Fueron tiempos agradables para el agua marciana. Pero tiempos breves. El planeta no tuvo la fortaleza gravitacional, ni la fortaleza magnética de su hermano mayor, la Tierra, para soportar millones de años el embate de "olas" magnéticas provenientes del Sol y de la luz ultravioleta que calienta su ahora tenue atmósfera.  Estas moléculas que sobreviven en mis entrañas presenciaron impotentes un cambio climático relativamente rápido que convirtió un templado paraíso en el gélido desierto que ustedes ambicionan con ahínco visitar hoy.

Así lucía Marte hace cerca de 4,000 millones de años cuando su atmósfera no había sido desmembrada por olas magnéticas provenientes del Sol (crédito: Kris Veenenbos)

Fueron tiempos duros para el agua marciana; pero no más duros de lo que fue su llegada a Marte. Hace unos 4000 millones de años, una lluvia masiva de piedras y hielo azotó la superficie del planeta. De todas partes del cielo caían sin cesar, objetos provenientes de rincones alejados del sistema solar. Una fracción no despreciable de las moléculas que me componen, llegaron durante ese período violento. Después de hibernar algunas hasta por 500 millones de años, montadas sobre trozos enormes de hielo y roca, ensamblados entre los planetas gigantes, estas moléculas "inmigrantes" despertaron un día como vapor en medio de una atmósfera extraña de dióxido de carbono y sobre un planeta tibio y pequeño. Después llovieron sobre el planeta y lo humedecieron profusamente, mucho antes de que se convirtiera en este desierto.

Otras no tuvieron tanta suerte. En realidad la mayoría de las moléculas de agua que alguna vez vivieron aquí se han ido para siempre. A diferencia del envidiable paraíso terrestre, la vida de una molécula de agua en la atmósfera de Marte es muy difícil. La luz ultravioleta del Sol las destruye con relativa facilidad. Cerca del suelo, los pedazos se convierten en polvo y rocas oxidadas. Más arriba, sin embargo, el primitivo y liviano hidrógeno al verse libre del yugo del oxígeno encuentra una oportunidad para escapar del planeta. Si fueran por ahí recogiendo hidrógeno entre los planetas, les aseguro que encontrarían muchos átomos que una vez fueron moléculas de agua marcianas.

El Sol brilla en lo alto del cielo mientras desciendo por esta ladera. No me queda mucho tiempo. Todas sabemos que antes de alcanzar la base de aquel acantilado, y ni siquiera con toda la sal que hemos absorbido del suelo, podremos sobrevivir a otro gélido atardecer. Nos espera el purgatorio de las gotas marcianas, el permafrost invisible a los satélites humanos.

Tengo noticias de que en las gotas allá en la Tierra, ocurre un milagro que aquí en Marte es apenas un mito. Me cuentan que algo "crece" en el interior de charcos y ríos. Algo inesperado; mucho más complejo que la más compleja de las salmueras marcianas. Grasas y moléculas orgánicas muy complejas, mucho más de las que hay entre las rocas de Marte también, parecen organizarse para convertir el agua que las hospeda en sus propios cuerpos. Gotas de agua que no se dejan evaporar; gotas que no se congelan porque se mueven por su propia "voluntad" a donde no hace frío. Gotas que recuerdan las gotas de las que vinieron, que producen copias de sí mismas y que en última instancia construyen naves espaciales para escapar del planeta al que llegaron hace miles de millones de años. Para nosotras aquí en Marte, esas "gotas vivas" son lo que para ustedes serían los dioses del Olimpo o los superhéroes.

Lamentablemente nada de esto ocurre en nuestro interior. O por lo menos no ahora. ¿Cómo podría si la nuestra es apenas una efímera existencia? Allá en la Tierra, las gotas vivas existen porque tienen tiempo para hacer experimentos químicos, nacer, morir, probar distintas combinaciones que les garanticen perpetuar sus recuerdos químicos. Las gotas vivas de la Tierra no están amenazadas (por ahora) por el purgatorio inevitable que borra toda memoria aquí en Marte.

Por mucho que sea el deseo de algunos de ustedes, no hay nada vivo entre nosotras. Por lo menos no en el presente. No sabemos si lo hubo en el pasado. No hay nada químicamente más complejo que nosotras mismas que a pesar de esa complejidad vemos cómo la salida y la puesta del Sol definen nuestro destino.

Está llegando el fin de esta carrera hacia abajo. El Sol ha descendido tanto o más de lo que yo misma lo he hecho entre la arena. El purgatorio me espera allá abajo. Pero un momento. ¿Qué es ese objeto brillante? ¿por qué todas se sumergen en él abandonando el tortuoso camino entre la piedra y la arena? ¿adónde conduce ese túnel oscuro?...

Nota del traductor: Ninguna gota de agua marciana fue congelada después de esta historia. La protagonista y sus amigas fueron atrapadas en un sistema de irrigación artificial. La gota no terminó en el purgatorio como tanto había temido. Ahora está con millones de otras como ella almacenada en un inmenso tanque que alimenta con agua fresca la primera colonia humana en el planeta. Sus sales han sido eliminadas químicamente, pero ya no las necesita. A la presión y temperatura dentro del tanque no tendrá que temer otro atardecer u otro invierno más en el planeta rojo.