Hagiografías científicas (I): La síntesis de la urea y el fin de la fuerza vital

18/10/2018 1 comentario
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La síntesis de la urea por Wöhler en 1828 suele ser presentada en libros de texto y de divulgación como el fin de la teoría del vitalismo y el origen de la química orgánica. Este experimento, cual milagro, habría librado a la química orgánica de una teoría errónea. Su artífice, Wöhler, pasa así a la posteridad como el padre fundador de esta disciplina científica. Este tipo de narrativas hagiográficas sobre ciencia, aunque habituales, difieren del trabajo de los historiadores de la ciencia. Un mismo sujeto y acontecimiento histórico se transforman así en dos personajes y dos historias. Una historia mitificada y de corte litúrgico y una historia crítica y analítica. La última, avalada por la investigación histórica. La primera, todavía, más frecuente.

Mesías, artífices de experimentos milagrosos que arrojan luz y verdad a quienes los presencian. Sabios de visión profética. Mártires dotados de una clarividencia distinta a la de los gentiles. Bienaventurados que escriben su nombre en los anales de la posteridad. Aunque no siempre de forma explícita, en ocasiones subyacente en conmemoraciones y efemérides, este carácter hagiográfico de las narrativas históricas sobre ciencia suele estar latente en contextos y materiales educativos y divulgativos. La historia de la química no es ninguna excepción, siendo no pocas las ocasiones en la que el pasado de esta ciencia es presentado al estilo de la vida y obra de santos, mártires y profetas en las que los milagros adoptan la forma de experimentos. Experimentos que cambian de forma categórica el saber pretérito y aportan las bases de una nueva disciplina o subdisciplina científica. Nada más lejos de la realidad histórica. 

Los historiadores de la ciencia, partiendo del análisis riguroso de las fuentes históricas, han producido en las últimas décadas narrativas históricas netamente diferenciadas de las gestas hagiográficas. No obstante, la enseñanza y la divulgación siguen constituyendo reductos donde dichas hagiografías científicas perviviven en nuestros días. Las hagiografías científicas y la historia de la ciencia pueden compartir sujetos y acontecimientos históricos. Sin embargo, la imagen de la ciencia que podemos colegir de una y de otra pueden llegar a ser incluso antagónicas. Tal y como se ha publicado recientemente en el último número de Anales de Química, nuestros libros de texto siguen incurriendo en visiones mitificadas y hagiográficas de la historia de la ciencia. En este trabajo, los autores abordaron dos hitos recurrentes en la enseñanza y divulgación de la química. Entre ellos, la síntesis de la urea de Friedrich Wöhler en 1828 y su supuesto papel en la conformación de la química orgánica, derrocando a la denominada teoría del vitalismo o vis vitalis. Los historiadores de la ciencia han señalado cómo este experimento no supuso el fin del vitalismo. También han desgranado algunos de los factores que contribuyeron a la construcción de dicho discurso histórico. Sin embargo, estos aspectos son ignorados por nuestros libros de texto actuales.

 

Fiedrich Wöhler (1800-1882) En 1828, los químicos sabían que la reacción entre un ácido y una base producía una sal. Sin embargo, cuando el químico alemán Friedrich Wöhler hizo reaccionar el ácido ciánico con amoniaco en condiciones de calor y humedad; el producto final no tenia las propiedades del cianato de amonio, la sal esperada. Por el contrario, el producto obtenido, la urea, era un componente de la orina. Wöhler había sido capaz de sintetizar un compuesto propio de los seres vivos, un compuesto orgánico. Hasta entonces se pensaba que la obtención (síntesis) de compuestos orgánicos estaba regida por una fuerza vital (vis vitalis), que no operaba en el caso de las transformaciones de los compuestos del mundo inerte. Con la síntesis de la urea por Wöhler hace 190 años, la teoría del vitalismo había quedado desterrada del quehacer químico. Las leyes de la química inorgánica y la química orgánica quedaban unificadas. Nacía la química orgánica, despojada de la misteriosa fuerza vital. La moderna química orgánica se iniciaba así en Alemania, sobre la figura del artífice del milagro. Del químico que despojó a la química del vis vitalis.

Aunque este tipo de narraciones pueden ser encontradas en libros de Educación Secundaria, manuales de química orgánica y obras de divulgación; son muy distintas a aquellas que emergen de la investigación histórica sobre ciencia. Varios trabajos han analizado esta cuestión. Entre ellos cabe destacar los de Peter J. Ramberg, quien abordó hace casi dos décadas la cuestión del fin del vitalismo y el nacimiento de la química orgánica. Este historiador de la ciencia mostró cómo articular ambos aspectos en torno a la síntesis de la urea de Wöhler en 1828 no resiste el análisis histórico riguroso. Así, tanto Wöhler como otros químicos de la época (como el destacado químico sueco Jacob Berzelius), centraron el debate en torno a por qué la reacción de un ácido y una base no producía una sal, no en torno al papel de la síntesis de la urea en el fin del vitalismo. Asimismo, muchos químicos habían supuesto a nivel práctico la similitud entre las transformaciones de sustancias orgánicas e inorgánicas en sus laboratorios con anterioridad al experimento de Wöhler. Por otro lado, aunque habitualmente se muestra la fuerza vital como un ente inmaterial, diversos autores la asumieron como una fuerza análoga a la fuerza de la gravitación de Newton. No obstante, a la muerte de Wöhler en 1882, la química orgánica alemana encontró en su figura un compatriota en torno al cual situar los orígenes de una disciplina (y una industria) que alcanzará una gran importancia. El sujeto histórico se transformó así en el personaje, el mesías que libró al saber científico de la tenebrosa vis vitalis. Imagen reforzada también por la comunidad de fisiólogos, en aras de situar a la fisiología más cerca de una visión corpuscular y mecanicista de la naturaleza, propia de "auténticas ciencias" como la física y la química.

La urea presenta la misma composición química que el cianato de amonio. Sin embargo, sus propiedades químicas son diferentes por presentar sus átomos una distinta conectividad. Urea y cianato de amonio son isómeros. La isomería fue una cuestión objeto de debate en el desarrollo de la química durante el siglo XIX.Aspectos como los anteriores son ampliamente conocidos por los historiadores de la química que en los últimos años (y décadas) han dirigido la mirada a otros personajes, cuestiones y espacios históricos. Sin embargo, siguen siendo desconocidos en enseñanza y divulgación, entornos sociales fundamentales para hacer partícipes de la ciencia a todos sus públicos. Públicos que pueden encontrar en la historia de la ciencia como área académica una imagen muy distinta a la de las hagiografías científicas. La ciencia no ha consistido en una sucesión de experimentos clave que marcan puntos de inflexión categóricos. La ciencia ha sido y es una actividad colectiva forjada (no solo) a través de diversos experimentos (también fallidos) que no se limitaron a la mera obtención de datos y sustancias. Una imagen de la ciencia que todavía no ha permeado en nuestros libros de texto. Reductos de hagiografías científicas que aun aguardan por ser repensadas... y reescritas. Una oportunidad para la colaboración entre docentes, divulgadores, autores, editores e historiadores de la ciencia.