Siguiendo el hilo del post anterior, hoy hablaré de dos temas correlacionados (que nadie se estrese): superespecialización y lingua franca en las ciencias. Vayamos a por el primero: la superespecialización. Todo lector sabe que la carrera científica (o casi cualquier otra en este entorno competitivo) es una carrera que se fundamenta en la larga especialización de una persona en un ámbito y tema muy bien delimitado y pequeño. Sabes mucho de una cosa, pero poco o casi nada de la mayor parte de lo restante. Es decir, somos analfabetos ilustrados. Al final lo que sucede es que uno ve con detalle estereoscópico y apocalíptico su rama, mientras que de lejos no acierta a ver el bosque, sino una suma incalculable y ajena de ramas. ¿Bosque, qué bosque?

bosque i ramas

La presión del currículum vitae (henceforth, CV... perdón, es la costumbre) es tan alta que uno brega durante años por ser alguien especial en el estudio de un pequeño concepto que se encuentra enmarcado en un gran paradigma. Hasta la náusea uno hablará de su proteína, de su joven Heidegger, de su nuevo instrumento, a la técnica de cambio de válvula aórtica que ha descubierto, del colectivo que ha etnografiado o del gen desconocido que le debería llevar al Nobel. Pero claro, mientras uno consolida esta orfebrería conceptual, los gestores académicos le piden entonces lo contrario: innova, sé audaz, descubre nuevos territorios... lo que acaba provocando una esquizofrenia curricular, personal y moral. Y claro está, esto debe ser realizado de forma rápida y eficiente, sumando éxito tras éxito y sin margen para fracasos posibles. Por cierto, otro día les hablé de lo que es algo coherente con lo expuesto hasta el momento: el fraude científico. Pero a lo que íbamos: tenemos a un ejemplar superespecializado, es decir adaptado a un medio muy acotado y estable (algo peligroso evolutivamente), que aspira a entender el mundo y sabe el detalle de una de sus baldosas conceptuales. Pero bueno, sabe algo, y debe comunicárselo a sus camaradas, lo cual le dará réditos en función de la calidad, impacto y eco de sus investigaciones en la comunidad internacional. Otro tema será el hecho que las ciencias naturales están imponiendo su modelo de evaluación a las humanas, lo cual es algo peligroso y realmente nocivo. Es en este momento que uno se plantea publicar. Pero no en cualquier lugar, ni en cualquier idioma.

Bien, aquí doy lugar a la segunda parte de mi artículo, la que remite al "¡idiomatízate, paleto!". Nos habíamos quedado en que uno sabe mucho de poco y debe comunicar al mundo su ignorancia ilustrada. Pero claro, que te lean los compañeros de departamento no sirve de mucho. Ni los de tu universidad. Uno aspira al universo, pero como no hay vida académica (nótese que no he dicho 'inteligente') fuera del planeta Tierra, pues entonces opta a la lengua que tiene más hablantes del mundo. No me refiero a hablantes naturales, sino a hablantes académicos, es decir, al inglés. Entonces, el pobre no nativo deberá someterse a una ristra larga y pesada de cursos diversos para tener cierto control sobre el idioma en cuestión, lo que no servirá de mucho puesto que en el momento en que envíe un artículo a una revista de fenomenología, le dirán que su inglés no es británico ni americano (no, de Torreciudad, que es donde lo estudié durante demasiados veranos) y ni mucho menos es idiomático. Es decir, que a pesar de ser correcto, no les gusta el estilo. Bueno, pues esto es claramente un abuso. Me pregunto yo qué diría un wasp oriundo de Tennessee si le obligaran a explicar la noción de "ritual identitario" en castellano, dejándole escoger entre el de Burgos, el argentino o el mexicano. Pueden entender la magnitud de este holocausto académico. Unos deben expresar sus ideas en un idioma que no es el suyo, pero lo hacen porque esto permite a seres de todo el planeta compartir ideas de forma conjunta. En cambio, deben invertir horas de aprendizaje, y dinero en revisiones o traducciones que los nativos en la otra lengua no deben. Esto no es fair play. Y lo digo en inglés para que se me entienda (paradojo sobre mí mismo). Claro, esto explica cierto dominio en lo relativo a las publicaciones a los miembros de comunidades nativas en ese idioma. No se debe tan sólo a mayores recursos en investigación en sus lugares de origen, sino también a los menores obstáculos encontrados. En resumen: mucho trabajo para llegar a la vejez con una pensión mermada y una mente estafada. Por cierto, este post tampoco lo he escrito en mi lengua materna. Pero me entienden, of course.

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Jordi Vallverdú
Jordi Vallverdú

Profesor del Departamento de Filosofía de la Universitat Autònoma de Barcelona.

Especialista en Filosofía de la Ciencia y de la Computación, Sistemas cognitivos y Emociones.

Publicaciones: 

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Sobre este blog

La ciencia no tiene secretos, somos nosotros los que no entendemos la realidad. Lo demás son confusiones interesadas o pocas ganas de saber. Este filósofo de la ciencia y la computación te llevará a lugares absurdos, fascinantes, hilarantes y tal vez descorazonadores de nuestro mundo actual, salpicado de máquinas y números. No apto para personas demasiado seguras de sí mismas o apegadas a algun "-ismo" mágico.

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