Un centro deportivo municipal inaugurado hace unos meses en Madrid solicita la huella dactilar a todos sus usuarios. Este episodio sugiere que la identificación biométrica se aplica a grupos cada vez más amplios de la población gracias a tecnologías más baratas e invisibles. Parece confirmar las peores predicciones de la "sociedad de la vigilancia" vaticinada por David Lyon en su obra "El ojo electrónico". Es indudable que cada vez son más las prácticas invisibles de identificación que se aplican de forma indiscriminada, sin que exista un debate sobre su pertinencia y sus consecuencias. Y, sin embargo, la extensión de mecanismos de control e identificación ha producido históricamente resistencias importantes. ¿Quién puede ser identificado? ¿Por quién y para qué? ¿Mediante qué técnicas puede realizarse esta identificación? ¿Cuál es su grado de fiabilidad? ¿En qué medida la técnica de identificación puede ser falsificada con fines criminales? Un episodio reciente en una comisaria de Madrid sugiere que las falsificaciones de las huellas dactilares pueden ser también peligrosamente utilizadas por la policía para crear falsas incriminaciones.

Federico Olóriz y Aguilera (1855-1912)

Las anteriores cuestiones se debatieron en muchos lugares del mundo a principios del siglo XX, cuando las huellas dactilares se transformaron en técnicas de identificación. Con sus rasgos particulares, el debate también tuvo lugar en España. El principal paladín de las huellas dactilares fue Federico Olóriz Aguilera, un médico especializado en estudios antropométricos como el “índice cefálico”, con el que se pretendía establecer un mapa de las razas europeas. Olóriz estudió en Granada, fue profesor de la Facultad de Medicina de Madrid y trabajó en la identificación de reincidentes en las prisiones. Sus primeros métodos, basados en tediosas mediciones corporales, resultaban muy costosos, requerían personal muy especializado y provocaban un fuerte rechazo por las molestias ocasionadas a las personas identificadas. Las huellas dactilares eran mucho más baratas y fáciles de tomar, sin grandes inversiones de material o entrenamiento de personal. La principal dificultad era la clasificación de las huellas en archivos de fichas fácilmente localizables. Olóriz descubrió que la solución a este problema se encontraba en las clasificaciones introducidas en Argentina por Juan Vucetich.

Caricatura de los profesores de la Facultad de Medicina de Madrid. A la derecha aparece Santiago Ramón y Cajal. En el centro, mostrando sus huellas dactilares, Federico Olóriz Aguilera.

A partir de 1907, y hasta la fecha de su muerte en 1912, Olóriz desarrolló toda una campaña para implantar las huellas dactilares en diversas actividades de la vida social. Pretendía crear “un gran registro nacional de identidad” con aplicación a “todos los órdenes de la vida social”, desde el control de la reincidencia en las prisiones, hasta los documentos notariales, pasando por el reclutamiento, la emigración, los pasaportes, las operaciones bancarias, etc. Una vez generalizadas, las huellas dactilares debían servir "para facilitar a todos el ordenado  cumplimiento del papel que como partes de la gran máquina social les corresponda”. Olóriz comparaba la “identificación científica” con “algo semejante a la grasa que en las máquinas industriales lubrifica las piezas, suavizando sus roces, manteniendo su ajuste y evitando su rápida alteración o su desgaste”. En definitiva, Olóriz pensaba que era posible minimizar las fuertes tensiones de la sociedad española de su época mediante una implantación generalizada de las huellas dactilares. Si pudiera dar su opinión, Olóriz se mostraría claramente favorable del uso de las huellas dactilares para controlar la entrada en los gimnasios de Madrid. Las huellas dactilares, según Olóriz, debían servir para todo tipo de fines: "lo mismo para proteger al bueno que para perseguir al malo."

Huella dactilar de Federico Olóriz junto con su clasificación

Desde sus cursos en la escuela de policía de Madrid, Olóriz pudo crear un grupo de discípulos devotos que aplicaron y divulgaron sus ideas. A pesar de esta situación favorable, Olóriz  era consciente de que su propuesta de identificación panóptica encontraría muchos recelos. Los primeros usos de las huellas dactilares se habían centrado en el control de la delincuencia, por lo que su aplicación parecía hacer recaer una sombra de sospecha sobre la persona identificada. Por otra parte, las huellas dactilares sirvieron inicialmente para identificar a personas analfabetas, como sustitución de la firma escrita, lo que también las asociaba con la pobreza y la marginación.  Olóriz defendía la necesidad de realizar una campaña de “propaganda” para vencer “el estigma” que asociaba las huellas dactilares con “criminales efectivos o presuntos”. Pensaba que el principal obstáculo para la “identificación científica” era “de orden moral”, por “ser tenida por muchos como nota de infamia, propia de ladrones y asesinos e incompatible con la honorabilidad del ciudadano."

Gandhi en sus años de juventud en Sudáfrica, donde trabajó como abogado

La contestación al uso generalizado de las huellas dactilares se produjo en muchos ámbitos y contextos. Tras haber defendido su uso inicialmente, Gandhi organizó en las colonias británicas uno de los primeros movimientos de protesta exitosos contra su implantación a principios del siglo XX. No pudo evitar, sin embargo, que se generalizaran muchas décadas después en el contexto terrible de la Sudáfrica del apartheid. En la metrópoli inglesa, los intentos de generalizar las huellas dactilares toparon con la imagen negativa de sus usos coloniales y también con el estigma de la identificación corporal, habitualmente empleada para criminales, frente al registro escrito, que era propio de la buena sociedad. En Francia, los intentos de incorporar las huellas dactilares a las cédulas de identidad se produjeron en los años de la República de Vichy, lo que también supuso su rechazo y posterior abandono tras la Segunda Guerra Mundial. En España, las propuestas de Olóriz contaron con el apoyo de los gobiernos finales de la Restauración, sobre todo del ministro Juan de la Cierva, padre del conocido inventor. También obtuvieron el apoyo del movimiento regeneracionista, que esperaba superar los males de España mediante la modernidad aportada por la ciencia y la tecnología. Sin embargo, la inestabilidad política y la inesperada muerte de Olóriz en 1912 hicieron que sus proyectos no se desarrollaran completamente.

Una tarjeta de identidad falsificada por un miembro de la resistencia al gobierno de Vichy en la Francia de la Segunda Guerra Mundial

El debate sobre las huellas dactilares fue limitado, aunque pudieron escucharse voces disidentes con peso académico. Algunos criminólogos como Fructuoso Carpena apuntaron que un rasgo biométrico único (como las huellas dactilares) difícilmente podía servir para identificaciones seguras y no falsificables. Auguraba que los delincuentes introducirían pronto nuevas formas de suplantación de identidad a través de las propias huellas dactilares (como fue denunciado en 2015 en la comisaría de Madrid antes mencionada). Los críticos también señalaron las diferencias entre la identificación con las diez huellas de los dedos de la mano (muy segura, pero limitada a casos muy particulares y fuertemente controlados) frente a las basadas en una “huella  revelada sobre el polvo, sobre un mueble, etc., en la que aparezca la superficie epidérmica incompleta y defectuosa”. El valor probatorio de estas últimas huellas llamadas latentes era muy inferior a las primeras y su fiabilidad debía ser objeto de un estudio particular por parte del mundo académico. Por desgracia, un estudio crítico como que el solicitaba Carpena nunca llegó a realizarse plenamente. Los riesgos de esta carencia pueden verse en graves errores como en la identificación de Brandon Mayfield a partir de una huella encontrada durante los atentados de Madrid en marzo de 2004.

Comparación de una huella latente con otra de una base de datos en el famoso caso de abogado Brandon Mayfield

Las reflexiones críticas sobre las huellas latentes fueron comunes en las primeras décadas del siglo XX, pero no impidieron su uso generalizado por parte de la policía en muchos países del mundo durante las décadas siguientes. Menos habitual fue el empleo de las huellas dactilares en la identificación de toda la población, una medida que, como se ha visto, fue rechazada en la mayor parte de los países europeos. En España, sin embargo, el documento nacional de identidad obligatorio con el que soñaba Olóriz fue introducido gracias a un decreto de marzo de 1944, inspirado en parte en un servicio de identificación creado en la zona franquista durante la Guerra Civil. Se introdujo así una tarjeta nacional de identidad que incluía, debajo de la fotografía, una huella dactilar (inicialmente del pulgar, más tarde del índice). El diseño se mantuvo muchos años después de la muerte del dictador, contribuyendo así a naturalizar las huellas dactilares como un ingrediente habitual de la identidad en España. Quizá esta presencia generalizada es una de las razones de la rápida introducción de las huellas dactilares en espacios como el gimnasio de Madrid. Y también en otros ámbitos, por ejemplo, para controlar los accesos de los trabajadores en su horario laboral. Sería oportuno que se retomara el debate iniciado hace más de un siglo sobre las consecuencias del uso generalizado de las huellas dactilares. Debería servir para propiciar una reflexión más general  sobre los problemas de las identificaciones biométricas, cada vez más habituales e invisibles, en muchos terrenos de la vida social.

Un DNI según su versión de mediados del siglo XX en España

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José Ramón Bertomeu Sánchez
José Ramón Bertomeu Sánchez

Director del Instituto Interuniversitario López Piñero y profesor de historia de la ciencia en la Universidad de Valencia. Ha realizado numerosas publicaciones en torno a las relaciones entre ciencia y ley a través de la historia. 

Sobre este blog

Recorridos por las fronteras entre la ciencia y la ley a través de casos judiciales relacionados con venenos, infanticidios, patentes, adulteraciones, identificaciones, hipnotismo, manchas de sangre, etc.

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