Imagen basada en la forma del virus del ébola, un virus de la familia Filoviridae. Cuadro de Odra Noel. [Colección Wellcome]

En la anterior entrada se ha resumido parte del último capítulo del libro Epidemics and society, un recorrido histórico por la historia de las epidemias del profesor de historia de la medicina de la Universidad de Yale, Frank M. Snowden. El capítulo comentado se centra en la primera pandemia de coronavirus SARS entre 2002 y 2003. Tal y como apunta Snowden, a pesar del éxito relativo en la contención, hubo muchas reflexiones críticas acerca de las limitaciones de los sistemas de salud para afrontar nuevos riesgos en un mundo marcado por fuertes desequilibrios que favorecían la expansión de epidemias semejantes. Fueron más las palabras que los avances conseguidos en la mayor parte de casos.

 

Personal sanitario en un centro de atención a enfermos de ébola con un paciente en estado de delirio en Hastings (Sierra Leona), 23 de noviembre de 2014. Foto de Peter Muller

La crisis siguiente del ébola en África tampoco sirvió para la reacción esperada. Más bien confirmó los peores presagios, agravados con el deterioro de los sistemas públicos de salud tras los recortes producidos durante la gran crisis económica iniciada en 2008. El ébola (denominado así en referencia a un río del Congo donde se detectó) llegó justo después de esta gran crisis que incrementó las diferencias locales e internacionales en el acceso a la salud y sirvió además de excusa para reducir las aportaciones a las organizaciones internacionales de lucha contra las pandemias. Aunque hubo casos anteriores, la situación más crítica tuvo lugar entre 2014 y 2016 en África occidental. La epidemia se contuvo en África, con casos esporádicos en otros continentes. Produjo una gran mortalidad debido a la ausencia de tratamientos y acceso a cuidados médicos. La única esperanza para pacientes graves era la cercanía de hospitales con unidades de cuidados intensivos adecuadas, un recurso imposible para la mayor parte de la población en países como Liberia, Sierra Leona o Guinea, y un lujo reservado a las élites en las pocas ciudades africanas con hospitales suficientemente equipados. Aunque hubo llamadas a la solidaridad, la ayuda internacional fue tardía y escasa.

Las víctimas no solamente sufrieron del dolor físico de la enfermedad sino también de un fuerte estigma social por parte de las comunidades aterrorizadas por el virus. También se produjeron situaciones similares con el personal sanitario, una quinta parte del cual resultó infectado. El impacto en la economía del primer mundo fue moderada, pero tuvo efectos devastadores para los territorios africanos: cierre de empresas que nunca se volvieron a abrir, incremento de la pobreza, fuertes hambrunas producidas por la caída de la producción agrícola y ganadera, descenso en picado de ingresos exteriores por la cancelación del turismo y el fin de inversiones extranjeras, cierre de aeropuertos y compañías aéreas, suspensión de los sistemas educativos a todos los niveles, etc. La población general quedó así empobrecida y peor nutrida, de modo que fue más vulnerable a nuevas enfermedades. Los conflictos sociales se agudizaron como también se acrecentó la emigración a países del primer mundo que respondieron con muros y concertinas.

Rescate de inmigrantes por una fragata italiana el 7 de junio de 2014. Foto de Massimo Sestini

Tal y como apunta Snowden al final de su libro, este segundo escenario de crisis sanitaria tampoco sirvió para provocar la reacción radical necesaria para mejorar el control internacional de pandemias. Todas las alarmas encendidas por el primer SARS de 2002 se confirmaron. Muchos responsables sanitarios denunciaron que el sistema de contención había estado a punto de quebrarse y a punto estuvo de producirse la expansión de la enfermedad por los cinco continentes, con incalculables consecuencias a nivel mundial. Las dos grandes pandemias del siglo XXI revelaron lo que Snowden considera como los tres grandes problemas para combatir las pandemias: la mercantilización de la medicina, la carencia de sistemas de atención universales, y la persistencia de fronteras nacionales en un mundo de enfermedades globales. Vale la pena traducir lo más literalmente posible algunos de los párrafos con los que concluye la obra:

"El primer problema es la consideración de la enfermedad como una mercancía, un producto de mercado, en lugar de como un derecho humano. Mucho antes de que estallara el Ébola, los intereses del mercado impidieron que África occidental tuviera herramientas para hacer frente al brote. Las empresas farmacéuticas dan prioridad al tratamiento de enfermedades crónicas de las naciones industrializadas, donde esperan obtener beneficios, mientras que desatienden la investigación de medicamentos y vacunas para enfermedades infecciosas que afectan a los países pobres,"

"Otra consecuencia del afán de lucro en el terreno de la medicina fue también dolorosamente evidente entre 2013 y 2016: la ausencia de sistemas de atención de salud operativos y accesibles para todos. El ébola circuló silenciosamente durante meses en el África occidental porque no había ningún medio de vigilancia. Una infraestructura de salud pública y un acceso garantizado a ella son herramientas esenciales y necesarias para activar las alarmas, proporcionar información oportuna, aislar los casos infecciosos y administrar los tratamientos oportunos".

"Por último, las pandemias como el ébola se benefician de la ilusión imperante acerca la relevancia de fronteras nacionales en un contexto médico globalizado. Al estallar la enfermedad epidémica en la "lejana" cuenca de un río africano, el mundo desarrollado se durmió en sus laureles con la tranquilizadora creencia de que la enfermedad en el continente africano era, como mucho, una cuestión humanitaria, no una amenaza global que pusiera en peligro vidas en cualquier parte del mundo. Pero las enfermedades epidémicas son una parte ineludible de la condición humana, y la modernidad, con su sobrepoblación, sus ciudades abarrotadas y los rápidos medios de transporte entre ellas, crea las bases para asegurar que las enfermedades infecciosas de un país tienen potencial suficiente para afectar a todos los otros. El desastre de salud pública en África occidental se construyó sobre la incapacidad de tomar decisiones relativas a la salud desde perspectivas de bienestar sostenible de la especie humana en su conjunto, en lugar de fundamentar las decisiones en intereses insostenibles de naciones individuales. Para sobrevivir al desafío de las enfermedades epidémicas, la humanidad debe adoptar una perspectiva internacionalista que reconozca nuestra ineludible interconexión."

Sin conocer que sus palabras resultarían proféticas pocos meses despúes, Snowden concluyó su libro de 2019 con tres medidas urgentes destinadas a "prepararse para el inevitable -y posiblemente mucho mayor- desafío sanitario a nivel global que vendría en el futuro, ya sea del virus del ébola o de un microbio diferente".

La primera propuesta de Snowden era el establecimiento de sistemas de atención de la salud en todas partes y para todas las personas. En segundo lugar, sugería la dirección y coordinación de las medidas desde una perspectiva internacional a través de una Organización Mundial de la Salud bien financiada, con personal competente y siempre vigilante. Por último, recomenaba una mejora drástica y urgente de la relación entre el sistema económico global y la salud pública. "Un sistema que descuida lo que los economistas llaman eufemísticamente externalidades negativas", profetizaba Snowden en 2019, "acabará por provocar un fuerte coste en términos de salud pública".

Los ejemplos del libro de Snowden muestran que las enfermedades epidémicas no son acontecimientos aleatorios. Se propagan a lo largo de quiebras marcadas por la degradación ambiental, la superpoblación y la pobreza. Si se desea evitar epidemias catastróficas, concluye Snowden, resulta necesario "adoptar decisiones económicas que tengan debidamente en cuenta las vulnerabilidades para la salud pública derivadas de ellas". Es urgente que las personas que toman estas decisiones asuman su parte de responsabilidad en las terribles consecuencias para la salud que se derivan de su afán de lucro. Según Snowden estas recomendaciones se pueden expresar en términos de una sabiduría muy antigua, pero que resulta ahora completamente pertinente: el viejo lema del derecho romano "Salus populi suprema lex est". La salud pública debe ser la ley suprema o, al menos, debe prevalecer sobre la codicia naturalizada por las leyes del mercado.

 

Snowden, Frank M. 2019. Epidemics and society: from the black death to the present. New Haven: Yale University Press.

El libro de Snowden se basa en las lecciones impartidas en la universidad de Yale que ahora se pueden consultar online

 

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José Ramón Bertomeu Sánchez
José Ramón Bertomeu Sánchez

Director del Instituto Interuniversitario López Piñero y profesor de historia de la ciencia en la Universidad de Valencia. Ha realizado numerosas publicaciones en torno a las relaciones entre ciencia y ley a través de la historia. Su último libro es "¿Entre el fiscal y el verdugo?" (Valencia, PUV, 2019).

 

Sobre este blog

Recorridos por las fronteras entre la ciencia y la ley a través de casos judiciales relacionados con venenos, infanticidios, patentes, adulteraciones, identificaciones, hipnotismo, manchas de sangre, etc.

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