En 1921, Charles Prestwich Scott, a la sazón propietario y editor del Manchester Guardian, hoy The Guardian, escribió un artículo de fondo titulado "A Hundred Years" para celebrar los cien años de vida del rotativo británico. En ese artículo Scott acuñó una de sus máximas más conocidas y citadas entre los periodistas: "Comment is free, but facts are sacred". Qué duda cabe que la frase es contundente, hasta podría decirse que goza de la dignidad de esas frases que aspiran a ser eternas. Sin embargo, tampoco cabe duda de que ha representado un pesado lastre que reta a la complejidad periodística. En la máxima de Scott se condensa una visión naíf de la relación del periodista con los hechos, que aún vertebra la práctica del periodismo. Su ingenuidad no es tanto por su propósito pragmático (in-formar al ciudadano) o por su disposición ética (luchar por la transparencia), sino por su fundamentación epistemológica, esto es, por un enfoque obsoleto sobre el conocimiento de cuestiones de hecho.

Pero, ¿qué es un hecho? El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en su quinta acepción dice: "m. Cosa que sucede". Poco nos dice el DRAE sobre cómo se origina el "hecho". La definición da por sentado que es algo tangible que acontece, que ocurre independientemente del sujeto que lo percibe. Es el objeto cognoscible (que se puede conocer) en oposición al sujeto cognoscente (que tiene capacidad para conocer). Pero ya sabemos que el hecho no se comunica por sí mismo, necesita de alguien para ser comunicado, para que lo haga hablar. Y también necesita de alguien para ser interpretado. Necesita, en resumen, de personas que lo doten sentido.

Trabajadores del <em>Manchester Guardian</em> en 1921

Imaginemos que un hecho es como un muñeco de ventrílocuo. El muñeco guardado en su funda es un trozo de madera mudo, sin vida. Es preciso que el ventrílocuo lo desenfunde, lo articule con el brazo y le preste su voz para insuflarlo de movimiento y expresividad verbal. Es ineludible que el ventrílocuo genere en el espectador la ilusión de que ese trozo de madera inerte cobra vida, se expresa y muestra sentimientos, so pena de tomatazos en el escenario. Algo similar ocurre con el hecho: si no hay alguien que lo enuncie, que le dé forma lingüística y, en definitiva, lo haga hablar, todos permaneceríamos sordos a su runrún. Pasaría desapercibido porque, simplemente, carecería de sentido. Ahora bien, al igual que el muñeco se erige como un ente autónomo con respecto a su manipulador (más autónomo cuanto más habilidoso sea el ventrílocuo en su esfuerzo por enmascarar el movimiento de su brazo y de sus labios), el hecho se erigirá como "algo" que acontece de manera independiente del sujeto cognoscente, si este último emplea bien sus estrategias de ocultamiento.

Esto bien lo saben los científicos naturales cuando en sus escritos técnicos (papers) utilizan el lenguaje de una determinada manera y no de otra. Así, por ejemplo, rara vez emplearán la primera persona pero sí las formas impersonales del verbo o expresiones del tipo "estos hechos sugieren..." Estos y otros recursos retóricos les permiten ocultarse y dejar que el hecho cobre protagonismo. El efecto final de este doble proceso de ocultación del sujeto/visibilidad del objeto es la naturalización del acontecimiento, del suceso, del hecho.

Pero volvamos al periodista británico. Para Scott la opinión es libre, lo que implica que puede ser diversa, a diferencia del hecho que es sagrado, por tanto, único e intransferible. Pero, ¿realmente esto es así? Entre los ciudadanos de a pie –y, lo más extraño, también entre los periodistas- es común creer que la noticia es un simple vehículo que transporta signos lingüísticos por medio del cual somos informados de manera objetiva de los sucesos que depara la "rabiosa actualidad". Que el ciudadano de a pie desconozca el funcionamiento de los medios de comunicación es comprensible. Que lo desconozca el periodista, ya es más grave.

Desde sus orígenes, el periodista se ha empeñado en emular al científico y, como él, se arroga el mérito de dar testimonio fiel de una realidad única "que acontece ahí fuera". Pero el hecho no es algo que está despojado de marcas, huellas, intenciones, valores que se manifiestan en el acto de ser comunicado, esto es, de ser producido e interpretado. El filósofo de la ciencia Norwood R. Hanson lo expresó con claridad meridiana en su famoso aforismo "los hechos están cargados de teoría". El hecho en sí es una entelequia; es, por definición, incognoscible. La única manera de acceder al hecho es hacerlo discurso y entonces ya no es el hecho en sí sino el hecho construido. Construido aquí no significa inventado por arte de birlibirloque, como el mago que saca un conejo de una chistera aparentemente vacía; significa que un sujeto A, imbuido en marcos conceptuales fijados dentro de los cuales realiza unas determinadas elecciones retórico-lingüísticas intencionadas y, también, no-intencionadas, elabora el hecho; y que un sujeto B con conocimientos, valores y creencias previos, lo interpreta. Por tanto, el significado del hecho emerge gracias a la interacción que establecen a través del texto el emisor (quien produce el texto, en nuestro caso, el periodista) y el receptor (quien lo interpreta). Además, ambos sujetos comparten un contexto social, cultural y cognitivo más amplio que los condiciona y les impone restricciones.

El 23 de agosto de 2000, Pedro Rodríguez, corresponsal en Washington del diario ABC, escribió la siguiente entradilla en una noticia que informaba del desciframiento del genoma humano (ABC, 23-08-2000):

"Aquellos que todavía se empeñan en medir cráneos, presumir de factor RH y buscar diferencias raciales hasta por debajo de las piedras se han topado con un nuevo adversario: el genoma humano. Con los avances acumulados para descifrar el libro de instrucciones comprimido en cada una de nuestras células, los científicos empiezan a darse cuenta de que realmente todos somos iguales."

El ejemplo puede servirnos para ilustrar que en las noticias se da una íntima relación entre hechos y opiniones. O dicho de otra manera, la supuesta frontera que trazó Scott para separar hechos de opiniones se desdibuja con pasmosa facilidad en el llamado discurso informativo. El periodista opta por apropiarse de cierto conocimiento experto (el desciframiento del genoma humano) para defender la idea de que, dado que parece que no existen diferencias genéticas significativas entre cualesquiera seres humanos, no tiene sentido enarbolar diferencias culturales sobre la base de diferencias biológicas. Fíjense que muchos lectores implícitamente interpretaremos que la alusión "presumir de factor RH" se refiere a los nacionalistas vascos. Por muy evidente que nos parezca el sinsentido de que una diferencia biológica sea la causa de una identidad cultural, se trata de una opinión claramente intencionada si atendemos a la línea ideológica del medio de comunicación. Ejemplos como este ponen de manifiesto que la noticia no es una mera sucesión de hechos objetivos, sino que más bien funciona como un instrumento retórico y, por tanto, ideológico. Las elecciones lingüísticas que realiza el productor de la noticia nunca son ingenuas, siempre perfilan discursos intencionales impregnados de valores.

Del album de cromos 'Razas humanas', publicado en 1955 por Bruguera

Supongamos la siguiente situación comunicativa: un periodista debe titular una noticia cuya fuente de información es un paper publicado en la reconocida revista médica británica The Lancet. En el artículo, investigadores del Rowett Institute presentan resultados experimentales que apuntan a que la ingesta de alimentos transgénicos por ratones normales les provoca efectos perjudiciales. El periodista duda entre estos tres posibles titulares, pero se decanta por el primero:

1. "Investigadores escoceses aseguran que los alimentos alterados genéticamente son nocivos" (ABC, 11-08-1998).

2. "Los científicos alertan sobre los peligros de los alimentos transgénicos" (titular propio).

3. "Científicos hallan alteraciones en ratones que habían ingerido alimentos transgénicos" (titular propio).

En apariencia, los tres titulares informan sobre el mismo hecho científico (los efectos que provoca la ingesta de alimentos transgénicos), sin embargo, si se analizan con más detalle percibimos diferencias significativas.

En el titular 1 se indica la procedencia de los investigadores, lo que sugiere que la nocividad ha sido "confirmada" por un grupo concreto de científicos, perteneciente a un laboratorio concreto. Además, el que sean escoceses confiere al hallazgo una mayor "carga de credibilidad", puesto que muchos lectores pueden tener entre sus conocimientos enciclopédicos que Escocia es un país con una arraigada tradición en estudios genéticos (por ejemplo, puede que recuerden que la oveja Dolly se fabricó en el Roslin Institute, cerca de Edimburgo). Por si fuera poco, omitir que los efectos nocivos se dieron en ratones puede inducirnos a pensar, por defecto, que los alimentos transgénicos son perniciosos para la salud humana.

En el titular 2 el sintagma nominal "Los científicos" implica que es toda la comunidad científica la que ratifica la veracidad del experimento y, además, alerta de los peligros que para la salud humana tienen los alimentos modificados genéticamente. Tanto en el titular 1 como en el 2 la información se presenta de manera concluyente, obviándose que los posibles efectos deletéreos para la salud humana es una cuestión sujeta a controversia.

El titular 3 es, en principio, el más "objetivo" y "neutro" de los tres, pero sólo en términos relativos, en cuanto que representa una elección diferencial a las otras dos. La ausencia del artículo determinado "Los" elimina el consenso global sobre el hallazgo, ya que se trata de un grupo indefinido de "científicos". Si a la elección del término "alteraciones" (que carece de las connotaciones negativas que en los otros dos titulares tienen "nocivos" y "peligros[os]"), se le suma que se especifica que éstas se han producido en ratones, el resultado final es un titular mucho menos dramático que los otros dos y, en apariencia, más objetivo.

Redactar una noticia no es un acto mecánico gracias al cual el periodista por medio de un lenguaje aséptico traslada al público ignorante la verdad de los hechos relatados. Se trata más bien de un complejo proceso retórico de elecciones y descartes, de construcción de tramas fácticas, que provoca en el receptor diferentes respuestas interpretativas. No podemos (ni debemos) esperar periodistas objetivos, pero sí podemos (y debemos) exigir periodistas honestos y conscientes de los efectos que el uso del lenguaje al tratar los hechos noticiables puede ocasionar en sus audiencias. Y esto, qué duda cabe, es una gran responsabilidad.

Nota: el que los dos ejemplos periodísticos que he utilizado para ilustrar mis ideas sean del diario ABC es una mera coincidencia.
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Para ampliar información:

Alcíbar, Miguel (2007): Comunicar la ciencia. La clonación como debate periodístico, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Charaudeau, Patrick (2003): El discurso de la información. La construcción del espejo social, Barcelona: Gedisa.

Hanson, Norwood R. (1977): Patrones de descubrimiento / Observación y explicación, Madrid: Alianza Universidad.

Rodrigo Alsina, Miquel (1996): La construcción de la noticia, Barcelona: Paidós Comunicación.

Miguel Alcíbar
Miguel Alcíbar

Profesor investigador del Departamento de Periodismo I, Facultad de Comunicación, de la Universidad de Sevilla. Imparte docencia a alumnos de periodismo, medicina y biología. Es especialista en comunicación pública de la ciencia.

Sobre este blog

Este Blog nace con la vocación de enfangarse en las trincheras sociales de la ciencia, intentar descifrar las intenciones de los aliados o escuchar las melodías hipnóticas de las sirenas. Nace con la vocación de debatir sobre las múltiples facetas del galopante cambio que se está operando en la práctica científica y, paralelamente, en los procesos de comunicación científica. En definitiva, nace con la vocación de ser un foro de discusión en el que todos juntos, lectores y el que escribe, debatamos sobre el papel de la ciencia como institución social. Les invito a escarbar entre las ruinas de la torre de marfil.

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