La ciencia y los valores (I)

18/09/2018 4 comentarios
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Es creencia popular que la ciencia es ajena a los valores (el mito de la neutralidad y de la ciencia value-free weberiana) o que, todo lo más, presenta una plétora de valores epistémicos (esto es, aquellos estrictamente científico-técnicos, tales como la búsqueda de la verdad, la contrastación empírica o el poder predictivo), que no dependen de vaivenes históricos, luchas ideológicas o intereses socio-políticos y económicos. Sin embargo, la ciencia es una actividad humana y, como tal, está sujeta a los contextos históricos y culturales en los que surge, se desarrolla y se afianza.

Con el advenimiento de la Revolución Científica en la segunda mitad del siglo XVI (Modernidad), se comienza a forjar la visión de que la tarea del científico debe ceñirse a describir, entender y explicar los hechos, pero no a emitir juicios de valor sobre ellos. La confianza moderna en que la ciencia y la tecnología son los motores que impelen el progreso material de la Humanidad da alas a esta separación entre ciencia y valores. Son clarividentes las palabras del filósofo de la ciencia italiano Evandro Agazzi cuando asegura que "[en el siglo XIX y principios del XX, tanto la ciencia como la tecnología] gozaban de un prestigio excepcional [...] y, por lo tanto, se pensaba que contenían dentro de sí mismas una dimensión de valor y una dignidad moral que las dispensaba de reconocer otros criterios de valor exteriores." (p. 183).

No es fácil definir la noción de valor. Como punto de partida muy general, puedo decir que los valores son convicciones que los individuos (como partícipes de una comunidad cultural) asumen de forma tácita y/o explícita, influyéndoles en sus maneras de percibir, actuar y comunicarse. Por tanto, los valores involucran creencias, sentimientos y emociones.

La ciencia —como afirma el filósofo español Javier Echeverría “es una actividad transformadora del mundo, que por tanto no se limita a la indagación de cómo es el mundo, sino que trata de modificarlo en función de valores y fines […].” (p. 68). Tal como veremos más adelante, la ciencia está cargada de valores. Y no solo de valores epistémicos, sino también de aquellos (llamados extra-epistémicos) que se extienden más allá del ideal de objetividad, búsqueda desinteresada de la verdad, adecuación empírica o rigor lógico.

Fertilización cruzada ciencia, imperialismo y capitalismo

Las reflexiones del historiador israelí Yuval Noah Harari en su afamado libro Sapiens. De animales a dioses: Una breve historia de la humanidad, pueden servir de monumental ejemplo de esto.

Representación artística del buque británico HMS Terror, desaparecido en 1845 durante una expedición al Ártico para hallar el Paso del Noroeste. Fuente: Toronto Public Library.

Harari describe la inextricable simbiosis entre el Imperio británico y la ciencia, que se aseguró gracias al impulso dinamizador del capitalismo. Su tesis, defendida por otros muchos historiadores, la sintetiza de la siguiente forma:

“Los científicos proporcionaron al proyecto imperial conocimientos prácticos, justificación ideológica y artilugios tecnológicos. Sin su contribución resultaría muy cuestionable que los europeos hubieran conquistado el mundo. Los conquistadores devolvieron el favor al proporcionar a los científicos información y protección, al apoyar todo tipo de proyectos extraños y fascinantes y al extender la manera de pensar científica a los rincones más alejados de la Tierra. Sin el respaldo imperial, es dudoso que la ciencia moderna hubiera progresado mucho. Hay muy pocas disciplinas científicas que no empezaran su vida como servidoras del crecimiento imperial y que no deban una gran proporción de sus descubrimientos, colecciones, edificios y estudios a la ayuda generosa de oficiales del ejército, capitanes de la armada y gobernadores imperiales.

Evidentemente, esta no es toda la historia. La ciencia fue apoyada por otras instituciones, no solo por los imperios. Y los imperios europeos surgieron y florecieron gracias también a factores distintos de la ciencia. Detrás del ascenso meteórico tanto de la ciencia como del imperio acecha una fuerza particularmente importante: el capitalismo.”

El nacimiento de la política científica y el Informe Bush

Este imperialismo capitalista europeo de nuevo cuño esparció sus semillas axiológicas a toda la empresa tecno-científica. No en vano, la política científica norteamericana tras la II Guerra Mundial fructificó gracias a ellas, como quedó plasmado en el llamado Informe Bush (este Bush nada tiene que ver con el presidente texano amigo de Aznar). 

En realidad se llamaba Vannevar Bush, era ingeniero del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT, en su acrónimo inglés) y a la sazón asesor científico del presidente Roosevelt. Bush convenció al mandatario estadounidense de la necesidad de diseñar una política científica (inexistente hasta ese momento) para la posguerra. Así, tras la muerte de Roosevelt en 1945, Bush presentó al nuevo presidente Truman su informe titulado Science, the Endless Frontier.

El presidente Truman (centro) impone al químico James B. Conant (derecha) una distinción, mientras Vannevar Bush observa (izquierda). 27-05-1948. Fuente: The Harry S. Truman Library and Museum.

El Informe Bush transformó profundamente la práctica científico-tecnológica de los Estados Unidos a varios niveles:

1. A nivel institucional (creación de un Consejo Científico adscrito a la Casa Blanca y de la National Science Foundation, un organismo para estimular la educación y la investigación). 

2. A nivel político-financiero (concesión de relevantes partidas presupuestarias para fomentar la I+D; establecimiento de una política de impuestos y patentes destinada a potenciar la inversión privada).

3. A nivel económico (fomento de una economía de mercado y de una posición de liberalismo económico; defensa de que el conocimiento científico pase de ser un bien en sí mismo a un bien económico, esto es, a ser un capital).

4. A nivel social (apoyo activo a la enseñanza reglada del científico; incremento colaborativo entre científicos, ingenieros, militares, empresarios y políticos, con lo cual se incita a los primeros a salir de sus torres de marfil académicas; estímulo para el nacimiento de nuevas industrias más competitivas basadas en la I+D; apoyo decidido a la difusión social del conocimiento científico).

Todas estas incisivas transformaciones han sido cruciales. La propuesta de Bush era un programa integral destinado a crear las bases de una nueva economía política de la ciencia, en la que nos encontramos de lleno.

Económicamente se inspira en el capitalismo

Políticamente se inspira en la democracia liberal y en la creencia de que el poder político debe debe liderar la conquista de las nuevas fronteras del conocimiento porque esto esto traerá beneficios netos para todo el país. 

Ideológicamente es claramente nacionalista, o si se prefiere, norteamericanista: uno de los objetivos prioritarios era desvincular a EE.UU de Europa, con respecto a la producción del conocimiento científico. 

Axiológicamente es idealista al defender la libertad de investigación y la autonomía de la ciencia de las injerencias externas (política de laissez faire).

La paradoja de Bush

Sin duda, este último fue el aspecto más espinoso del Informe Bush y el que encontró las más tozudas resistencias para su aprobación en el Congreso. Se lo conoce como la paradoja de Bush

En efecto, Bush abogó por unas relaciones entre ciencia y sociedad asentadas en valores modernos: dejar hacer a los expertos. Sin embargo, de forma paralela postuló que es el Gobierno el que debe promover con dinero público la investigación científica y, además, debe estimular la inversión privada en I+D.

La paradoja está servida y puede enunciarse de una manera muy sencilla:

 

¿Cómo no va a querer ejercer el control sobre la investigación científica quien la financia?

 

Como era de esperar, congresistas, militares y empresarios no estaban dispuestos a renunciar a sus intereses y prioridades a la hora de financiar determinados proyectos científico-técnicos. La tensión entre libertad de investigación y control de la investigación es uno de los conflictos de valores más relevantes de la actividad tecno-científica.

La ciencia está impregnada de valores

Por tanto, la instauración de una política científica de estas características (exportada posteriormente a otros países como Reino Unido, Alemania, Japón o Canadá) favoreció la irrupción en la médula de la propia investigación académica de valores políticos (tales como autoridad, control, hegemonía, orden, gobernabilidad), militares (tales como patriotismo, deber, autoridad, disciplina, jerarquía), jurídicos (tales como legalidad, publicidad, justicia), económicos (tales como beneficio, comerciabilidad, competitividad, rentabilidad, eficacia, consumismo) y sociales (tales como excelencia, éxito, fama, prestigio, reconocimiento), entre otros.

Un fenómeno relativamente reciente en España (pero que ya lleva décadas implantado en otros países centrales en ciencia y tecnología) es el de las empresas spin-off. Se trata de empresas que emergen en el seno de los propios centros académicos, como las universidades. Las spin-off son la consecuencia directa de la inserción de valores mercantilistas en la academia o, dicho de un modo más pedestre, son los vehículos con los que comercializar el saber científico. Como la inversión pública en I+D ha caído en picado, el académico se ve obligado a medrar en una economía liberal de mercado.

Cartel anunciador para estimular la creación de empresas spin-off en la Universidad de Málaga.Los científicos se fijan cada vez más en las fuentes externas de financiación, con lo que, como apuntan los expertos en Educación Superior Sheila Slaughter y Larry L. Leslie, sus centros de investigación deben adaptarse, anticiparse y responder a los caprichos del mercado. 

El efecto más inmediato es que tanto la investigación científica como la innovación tecnológica están más preocupadas por impulsar la mercantilización que la curiosidad. Y esto podría llevar al colapso del sistema porque sin curiosidad para indagar en posibilidades remotas difícilmente la rueda económica podrá seguir girando.

En definitiva, la ciencia ha incorporado valores fruto de la fertilización cruzada entre imperialismo y capitalismo, descritos más arriba. Pero también, como se verá en una próxima entrada, estos valores modernos en ocasiones entran en flagrante conflicto con otros tipos de valores postmodernos, como los que aportan movimientos socio-políticos, tales como el ecologismo o el feminismo. En consecuencia, la ciencia es una actividad sujeta a una pluralidad de valores que, en no pocas ocasiones, entran en liza para influir en la orientación que debería tomar la investigación científica.