No hay duda de que Ramon Llull, en latín Raiumundus Lulius, fue uno de los personajes más importantes de su época en lo que era entonces Europa. Sorprende entonces que la conmemoración de los 700 años de su muerte haya pasado sin pena ni gloria en el ámbito de las letras y las ciencias españolas. Sólo algo menos en las catalanas.

Ramon Llull nació en Palma de Mallorca en 1232, en el seno de una familia de pobladores de Mallorca que se establecieron en la isla después de su conquista por Jaime I, en un entorno cultural en el que convivía el cristianismo con el judaísmo y el islam. En la misma ciudad falleció en 1316 después de una vida tan larga y agitada como poco conocida, incluso en el ámbito de la lengua catalana de la que se puede considerar que fue el primer autor que la utilizó en su extensa obra, junto al latín y al árabe.

Fue un personaje que no tuvo lo que llamaríamos una formación reglada, sino que estudió por libre, en su retiro en la cueva de Randa y posteriormente con la ayuda de los cistercienses del monasterio de La Real, antes de lanzarse a su recorrido por el mundo para exponer sus ideas.

Una de las obras más importantes de Llull fue la elaboración de una metodología, su Art, para poder demostrar, mediante figuras geométricas móviles, las verdades —o falsedades— teológicas, filosóficas y científicas, lo que algunos consideran el precedente de los métodos posteriores que acaban en lo que hoy se puede llamar la inteligencia artificial. Tuvo una visión unitaria del conocimiento que expresó mediante estructuras de árbol. No es casualidad que el logotipo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, a pesar del escaso reconocimiento de Llull a nivel español, sea un esquema del árbol de la ciencia.

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Viajó por toda la Europa culta del momento, como Montpellier y Paris, en cuyas universidades aprendió y enseñó, después de recibir el título de Magister por La Sorbona. Trató a los diversos papas bajo los cuales transcurrió su larga vida, participando en el Concilio de Vienne y es sus estancias en Roma, aunque en general se sintió poco comprendido por el papado. En su afán de convertir a los musulmanes realizó algunas incursiones por el norte de África, donde puso a prueba sus métodos en sus diálogos o discusiones con musulmanes y judíos, lo que en alguna ocasión le acarreó penalidades y le obligó a regresar precipitadamente a territorios más seguros.

En su vida escribió más de dos centenares de libros, algunos en catalán, otros en latín y otros en árabe, lengua que aprendió para poder argumentar con sus contrincantes. Sus obras abarcan la filosofía, la teología, la ciencia, la educación y la mística. Fue promotor de las lenguas, para lo cual batalló para crear centros que fomentaran su conocimiento, como Miramar en la isla de Mallorca.

Contrariamente a lo se suele creer, no fue un religioso, sino un laico, casado y padre de dos hijos, si bien es cierto que en un cierto momento, a sus 30 años, cambia su vida mundana para dedicarla enteramente a sus ideales intelectuales. Tampoco fue un alquimista ni un hereje, si bien falsas acusaciones han provocado que a día de hoy la Iglesia aún no le haya promovido a la categoría de santo y de doctor de la Iglesia.

Si bien durante este año se han realizado algunos programas conmemorativos, han sido muchos menos que lo que exigía la categoría del personaje.

 Pintura de Llull, por Miguel Fluyxench (1820-1874). [Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona (RACAB)]

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Ramón Pascual de Sans
Ramón Pascual de Sans

Profesor emérito de física teórica de la Universidad Autónoma de Barcelona, presidente honorario de la fuente de luz de sincrotrón ALBA y miembro de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona.

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«Al contrario de los tertulianos, me abstendré de comentar aquello de lo que no sé lo suficiente.»

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