¿Agua embotellada o agua del grifo?

08/08/2016 4 comentarios
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Las últimas décadas han vivido un notable incremento en el consumo de agua embotellada, precisamente cuando el agua del grifo ofrece sus mejores prestaciones. ¿A qué obedece esta evolución? ¿Es realmente segura el agua doméstica? ¿Es tan saludable el agua mineral como se afirma?

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Intento terminar el presente artículo, como siempre, por el principio, es decir, tratando de encontrar una introducción adecuada. Difícil tarea. Aprovecho entonces uno de mis frecuentes lapsus de inspiración, para leer la prensa on–line. Como diría el genio del futbol Johan Cruyff, "en un momento dado" leo que un equipo americano–canadiense de investigadores acaba de esclarecer las causas de extinción de los mamuts lanudos en el lejano enclave de la isla Saint Paul, en Alaska: la falta de agua potable.

Magnífico ejemplo. Los investigadores concluyeron que el deshielo que siguió a la última glaciación registrada provocó, paradójicamente, una disminución gradual del agua fresca accesible, debido a que el incremento en el nivel del mar redujo el hábitat y con ello las fuentes de agua potable.

Ciertamente, la facilidad para acceder al agua potable podría ser un medidor del nivel de civilización, un tema que ya he apuntado, someramente, con anterioridad. En este contexto, la disyuntiva que os propongo analizar aquí, agua embotellada o agua del grifo, se convierte en un aspecto más de lo que significa disponer a voluntad de agua potable.

La construcción generalizada de sistemas de suministro de agua potable ha sido una tarea hercúlea, que tantas veces pasa desapercibida por lo familiar y fácil que resulta abrir el grifo y disponer de agua al instante y sin restricciones, al menos en las regiones donde eso ocurre. Creo entonces que es de alto valor pedagógico revisar algunas de las etapas relevantes, a través de la Historia.
 
La civilización y la capacidad para trasladar agua potable
 
Las primeras civilizaciones de las que disponemos de abundante información estaban totalmente ligadas a fértiles áreas regadas por grandes ríos. Hace más de 4000 años, los babilonios se organizaron en el Creciente Fértil, el valle del Tigris–Éufrates, los egipcios lo hicieron a lo largo del Nilo, mientras que los chinos desarrollaron su civilización en cuanto fueron capaces de controlar las inundaciones del río Huang He, el río Amarillo.
 
Esta dependencia del agua potable es de sobras conocida. Hasta qué extremo llegaba esa dependencia quizá no lo es tanto. La ciudad de Pi–Ramsés fue la capital del Bajo Egipto durante las dinastías 19a y 20a, fundada por Ramsés II hacia 1250 a.C. Sin embargo, hacia 1080 a.C. fue abandonada al secarse la rama del delta del Nilo, la rama pelusíaca, sobre la que había sido construída. La 21a dinastía fundó la nueva capital, Tanis, 100 kilómetros al noroeste, a partir de los templos, obeliscos, estatuas y esfinges trasladados desde Pi-Ramsés. Trascendente hecho, que demuestra el valor estratégico del agua, y la debilidad de las ciudades ante la falta de ésta.
 
Mover el agua para no mover la ciudad: Roma
 
El fortalecimiento de las civilizaciones tenía que estar ligado, por tanto, a modificar la relación de dependencia con la localización geográfica del agua. Una ilustración de claridad meridiana la tenemos en los acueductos. Los romanos perfeccionaron su tecnología, ya conocida por los etruscos y los griegos, hasta convertirla en su impronta más destacable. En aproximadamente 500 años de floreciente imperio construyeron unos 800 kilómetros de acueductos para abastecer el millón largo de habitantes de la ciudad de Roma, así como varios miles de kilómetros más en otras ciudades de su vasto imperio.
 
Acueducto romano (al final de las escaleras, cuadrante superior izquierdo de la fotografía) en la ciudad de Perugia, Italia, situada unos 200 kilómetros al noroeste de Roma.  La ciudad se encuentra sobre uno de los enclaves principales de la civilización etrusca, que ya conocía los acueductos, y cuyo perfeccionamiento permitió a los romanos abastecer las ciudades de agua de calidad.
 
Los acueductos transportaban agua exclusivamente por gravedad, a partir de una pendiente muy pequeña (1 parte en 4700). También se desplegaron sifones invertidos, que gracias al principio de los vasos comunicantes, permitían salvar profundos valles. En Roma, llegaron a proporcionar más de un millón de metros cúbicos de agua al día.  Es éste un dato que incluso hou es espectacular: el millon de metros cúbicos diario es un 126 % de la capacidad actual de transporte de agua de la ciudad india de Bangalore, con seis millones de habitantes. Por cierto, el principio de los vasos comunicantes fue experimentado por el científico griego Arquímedes, que desde su Siracusa natal participó en la defensa, con uñas y dientes, del asedio militar romano.
 
El agua traída a Roma mediante acueductos, en cantidad suficiente y en calidad mucho mayor que la escasa agua subterránea de la ciudad, tuvo multitud de usos, incluso ornamentales. Pero el hecho más importante es que aseguró el suministro a las explotaciones agrícolas del área de Roma, que era el núcleo, el verdadero artífice de su potencia económica.
 
Londres y la desinfección del agua
 
El desarrollo y crecimiento de las ciudades estuvo desde entonces ligada a las redes municipales de distribución de agua. Las condiciones sanitarias, no obstante, dejaban mucho que desear. El hecho, conocido ya desde los propios romanos, llevó a las autoridades de Londres a aprobar el uso, en 1829, de filtros de arena como sistema de purificación. Sin embargo, la medida demostró ser insuficiente. Un brote de cólera permitió al médico John Snow, en el Londres de 1854, identificar una fuente pública de agua como la zona cero de la epidemia.
 
Posteriormente, las investigaciones del químico alemán Moritz Traube, a finales del siglo XIX, llevaron a proponer una forma práctica de desinfección del agua municipal, mediante el tratamiento con “cloruro de cal”. Este compuesto lo conocemos actualmente como hipoclorito cálcico, y fue más adelante substituido por el hipoclorito sódico, el componente activo de la lejía, aunque popularmente se lo denomina “cloro". La primera ciudad con todo su sistema público de suministro de agua tratado con cloro fue Maidstone, Inglaterra, en 1897.
 
El mar de Aral
 
La construcción de grandes conductos de agua, para abastecer ciudades de millones de habitantes, o para convertir en regadíos extensas zonas agrícolas, no está libre de consecuencias, principalmente para el medio ambiente. El ejemplo que me provoca una mayor desazón es el caso del mar de Aral, probablemente la catástrofe ecológica más importante de la historia.
 
El mar de Aral, situado entre las actuales repúblicas de Kazajstán y Uzbekistán, fue en su momento el cuarto mayor lago del mundo, con una superficie de 68.000 km2. Al inicio de los años sesenta del siglo XX, los “planes quinquenales” de desarrollo soviético llevaron a desviar una gran parte del agua aportada al lago, desde el este y el sur, mediante los ríos Syr Darya y Amu Darya. El objetivo del plan era irrigar las tierras de sus cuencas, para incrementar así la producción de algodón.
 
La secuencia de fotografías muestra cómo se ha ido secando, y desertizando, el Mar de Aral.  La superficie inicial es de 68.000 kilómetros cuadrados, que ha quedado reducida a menos del 10%, en la actualidad.
 
El resultado de la medida tuvo como contrapartida el secado gradual del lago, hasta el punto que, actualmente, ocupa menos del 10 % de su superficie original. La actividad pesquera, antaño ocupando a más de 40.000 personas, ha desaparecido completamente. Además, la pronunciada evaporación ha provocado un aumento de la salinidad, así como de diversos contaminantes que el menor caudal de los ríos continúan aportando. Por si fuera poco, el desierto salino resultante da lugar, periódicamente, a tormentas de polvo, que han acelerado la fusión de los glaciares cercanos, puesto que al depositar los sólidos salinos, el hielo funde a menor temperatura.
 
Actualmente, las administraciones de Kazajstán y Uzbekistán tienen como objetivo recuperar el antiguo lago. Sin embargo, la empresa es de tal magnitud que difícilmente se podrá llevar a término, a no ser que se la considere como una prioridad a nivel internacional.
 
Los Ángeles y la conciencia ecológica
 
La ciudad de Los Ángeles ha construido, durante el siglo XX, dos grandes acueductos de más de 600 km de longitud, que proporcionan la totalidad del agua que la ciudad consume. Es más, el gran crecimiento que la ciudad ha experimentado durante este siglo se debe precisamente a la disponibilidad de agua. De hecho, la exclusividad en el uso del agua procedente del acueducto, obtenida por la ciudad de Los Ángeles gracias a la financiación de la infraestructura, ha provocado que las poblaciones adyacentes se anexionen gradualmente a la metrópoli, para disponer así del preciado líquido.
 
Sin embargo, la huella ecológica originada por la construcción de los acueductos de la región de Los Ángeles, así como de la extracción de los recursos hídricos, han sido y son motivo de fuerte contestación por parte de la población. Este hecho añade, históricamente, un nuevo y notorio elemento en la gestión del agua potable, que muy probablemente pasó desapercibido en la ya lejana Roma. Hoy en día, el impacto ecológico ha madurado suficiente como para constituir un aspecto de indudable peso. En este sentido, un hecho muy destacable es una sentencia de las autoridades judiciales, por la que se limita severamente la cantidad de agua que se puede importar de sus localizaciones originales —el valle Owens y el lago Mono—, y sea así posible mantener el caudal ecológico necesario.
 
La cloración: muchísimas más ventajas que inconvenientes
 
El tratamiento con hipoclorito del agua municipal tiene no pocos detractores. Ya comenté en un artículo anterior las fatales consecuencias de eliminar la cloración del agua, pero no está de más una reflexión conjunta del tema.
 
La cloración es segura. Sin duda. Es cierto que el tratamiento genera nuevas substancias, en particular los denominados compuestos organoclorados, como el cloroformo o la cloramina. Pero las cantidades son tan pequeñas, que en toda una vida de consumo diario no llegarían a acumular ni 1 miligramo de esas substancias, en nuestro cuerpo. La ausencia de cloración, en cambio, es infinitamente más peligrosa, por lo que el riesgo vale la pena.
 
Por otro lado, se ha denunciado recientemente que algunos contaminantes sobreviven al tratamiento con hipoclorito. En particular, diversos medicamentos, pesticidas o detergentes resisten el ataque oxidativo del cloro. Sin embargo, las cantidades presentes en el agua doméstica son tan minúsculas, que no tienen ningún efecto práctico. Las cantidades detectadas se encuentran en el intervalo de los nanogramos, una milmillonésima de gramo. Lo más relevante que su detección representa es la increíble sensibilidad de los métodos instrumentales de análisis utilizados.
 
Ya que estamos, ¿cómo actúa el hipoclorito para eliminar los gérmenes?
 
La desinfección del agua doméstica se viene realizando desde hace más de cien años, pero curiosamente el conocimiento detallado de cómo el hipoclorito consigue atacar, de forma tan generalizada, cualquier tipo de germen, sólo se conoce desde 2008. Es una ilustración más sobre un hecho muy común: el ser humano aprende mucho antes a hacer algo que a comprender por qué ese algo funciona.
 
En 2008, el equipo de Ursula Jakob, de la Universidad de Michigan, publicó un artículo en la prestigiosa revista Cell, en la que identificaban el grupo de proteínas afectadas por la presencia de hipoclorito. Estas proteínas, de las que la denominada HSP33 era la más conocida, se sabía que eran sensibles a los choques de calor. En este caso, actúan aglomerándose y provocando por ello una disfuncionalidad generalizada en el interior de las células y, al final, la muerte de los organismos en las que están presentes. Se comprobó que el hipoclorito activaba el mismo grupo de proteínas, con el mismo efecto. Curiosamente, por tanto, el estrés térmico y el estrés oxidativo provocado por el hipoclorito dan lugar a la misma respuesta celular.
 
Se podría pensar que este tipo de acción es muy ajena al mundo natural, es decir, se trata de la típica alteración humana sin parangón en la naturaleza. Nada más alejado de la realidad. El sistema inmunitario de nuestro cuerpo utiliza también hipoclorito en su lucha contra las bacterias. Sin embargo, este ataque puede afectar también a las células humanas, hecho que explicaría por qué el tejido humano puede ser destruido en caso de inflamación crónica.
 
El agua embotellada: mover el agua para uso individual
 
El agua dispuesta en botellas, para uso individual, puede tener diversos orígenes, como pozos, pozos artesianos o manantiales, y puede distinguir su contenido en sales, como el agua mineral, o implicar tratamientos, como el agua purificada. El agua mineral, el tipo de agua embotellada más conocido, puede ser oximorónica, si contiene menos de 50 miligramos de sales por litro de agua, de contenido medio, cuando está entre 50 y 1500 miligramos, o de contenido elevado, cuando supera los 1500 miligramos. En todos los casos se embotella y se distribuye a través de tiendas de alimentación. Es decir, es agua potable que cumple los requisitos para ser consumida, como cualquier otro alimento.
 
La cultura popular sobre aguas minerales embotelladas, con propiedades curativas para diversas enfermedades, se inicia en los siglos XVII y XVIII, tanto en Europa como en Estados Unidos. A ellas se añadió el agua carbónica, cuyas propiedades refrescantes fueron descubiertas, a finales del siglo XVIII, por el químico Joseph Priestley. Sin embargo, existe disputa en cuanto a su primera fabricación industrial. Mientras que los anglosajones defienden su origen en la sociedad que formaron el mismo Priestley y el celebrado Jacob Schweppes, en Centroeuropa se afirma que el primer proceso industrial fue desarrollado por el polifacético científico y monje húngaro Ányos Jedlik, en 1826.
 
Sea como fuere, este agua suele contener entre 2000 y 8000 miligramos de sales por litro, la mayoría carbónicas, y aunque se puede obtener de fuentes naturales, la mayoría se fabrica industrialmente. En este sentido, en Europa abundan las marcas locales de agua carbónica, que combinan agua mineral local con el tratamiento carbónico. Han generado una interesante cultura alrededor de este tipo de agua, incluyendo sus propiedades medicinales ligadas, cómo no, a los tratamientos en balnerarios y Spas.
 
Durante el siglo XIX, el agua embotellada adquirió el prestigio actual, debido a los problemas asociados con el agua de distribución municipal. Frecuentes epidemias, como la de cólera en Londres ya relatada, contribuyeron de forma muy notoria a crear un sentimiento de peligro hacia el agua del grifo, sentimiento que se ha proyectado claramente hasta nuestros días. Permite justificar, entonces, que aunque el agua embotellada es centenares de veces más cara que el agua municipal, la población esté dispuesta a asumir el sobrecoste.
 
La puesta en marcha de la cloración de las aguas municipales cambió algo la tendencia en el consumo, de modo que a inicios del siglo XX el consumo de agua embotellada, en Estados Unidos, experimentó un cierto descenso. Sin embargo, en Europa se inicia una corriente diferente, puesto que el agua embotellada pasó a ser un producto asociado a los momentos de ocio e, incluso, a las actividades culturales. Los cafés y las tiendas al detalle pasaron a vender agua embotellada en grandes cantidades.
 
Esta tendencia sólo ha hecho que aumentar, a pesar del indudable aumento en la calidad del agua municipal, muy contrastable en tiempos recientes. Así, en los países más desarrollados, el consumo de agua embotellada se ha cuadruplicado entre 1990 y 2005. Actualmente se ingieren unos 110 litros por persona y año, en Alemania, Austria y Hungría. Esta cantidad se incrementa a 150 litros en Francia, y llega a 180 litros en Italia. Este último dato significa que toda la población italiana consume, en promedio, medio litro de agua embotellada al día.
 
Diferencias entre el agua del grifo y el agua embotellada
 
El agua municipal y el agua embotellada se diferencian, básicamente, en dos aspectos:
 
  • En primer lugar, son tipos de agua sujetos a regulación diferente. El agua municipal debe cumplir requisitos sanitarios, hecho que obliga a seguir estrictos y periódicos controles, mientras que el agua embotellada debe cumplir regulaciones alimentarias, es decir, de tratamiento y de trazabilidad de su recorrido, desde la fuente hasta el consumidor. Este último aspecto es el que permite identificar el origen de esporádicos episodios de contaminación, como el que sucedió recientemente en Andorra.
  • En segundo lugar, los dos tipos de agua se diferencian en cuanto a composición, aunque esas diferencias son en realidad menos destacables de lo que pudiera parecer, puesto que puede ocurrir que el agua municipal y el agua embotellada presenten composiciones esencialmente iguales.
 
bottlevstapAsí, mientras que el agua municipal recibe el tratamiento necesario para asegurar que sea adecuada para el consumo y esté libre de gérmenes, el agua embotellada de fuentes naturales no puede recibir ningún tipo de tratamiento, excepto en dos aspectos.
 
La ausencia de tratamiento se justifica por la capacidad purificadora del recorrido subterráneo del agua, que es cierta.
 
Por otro lado, los tratamientos permitidos del agua embotellada son la eliminación del arsénico, hierro, azufre y manganeso, hasta los niveles autorizados, así como la eventual inyección de dióxido de carbono, para fabricar agua carbónica. No es relevante, en cambio, la contaminación debido al envasado. Se ha argumentado que algunas de las substancias que forman parte del envase pueden disolverse en el agua. Esto ocurre tanto con los envases de vidrio, como con los envases plásticos. Aun siendo cierto, el problema es irrelevante, pues las concentraciones de las substancias aportadas son, nuevamente, muy muy bajas.
 
La comparación entre el agua del grifo y el agua embotellada da mucho de sí, e incluso es motivo de acaloradas discusiones que van más allá del raciocinio. El siguiente link es un ejemplo reciente de ello y también este otro, muy interesante pues permiten hacer diversas comparaciones. Por supuesto, lo que no falta hoy en día es información sobre el tema. En este enlace podéis encontrar un exhaustivo centro de información sobre los diferentes tipos de agua, sus características y su potabilidad, mientras que en este otro encontraréis una comparación en la composición entre diferentes aguas, y qué efectos causa en nuestra salud. Este aspecto, el de la salud, es en realidad extensísimo, por lo que su análisis detallado queda, por razones de espacio, para otra ocasión. Por último, para estar al día sobre diferentes novedades relacionadas con el agua, algunas de ellas muy curiosas, podéis consultar aquí.
 
El impacto ecológico del agua embotellada
 
Toda actividad humana crea un impacto en el medio ambiente. El consumo de agua, también, como ya he presentado en los casos del mar de Aral y de Los Ángeles. Por supuesto, la alternativa que nos da el agua embotellada también causa su impacto.
 
En primer lugar, existe el peligro de sobreexplotación de manantiales; en caso que el consumo aumente de forma indefinida se puede llegar fácilmente a una situación insostenible. En segundo lugar, el procesado del agua embotellada, es decir, la actividad de las plantas embotelladoras, propiamente dichas, así como su transporte y publicidad, generan su impacto ambiental.
 
En este sentido, es muy destacable el concepto de huella hídrica, desarrollado por Arjen Hoekstra (UNESCO), así como el concepto de agua virtual intercambiada, de John Allan. Ambos conceptos permiten estimar, en unidades de cantidad de agua, el impacto de todos los procesos asociados con la fabricación de cualquier bien, y permite por tanto eliminar el factor emocional al tratar estos temas.
 
Gracias al cómputo del agua virtual, entonces, sabemos que se requieren 3 litros de agua, para obtener un litro de agua embotellada. Es un dato a tener en cuenta, aunque no es demasiado si se compara con los 140 litros que se requiere para una taza de café, o los 2400 litros necesarios para producir una hamburguesa.
 
Por supuesto, existen otras medidas del impacto ecológico. Así, cada tonelada de plástico usado para fabricar las botellas de agua emite 3 toneladas de CO2 al ambiente. También se puede utilizar, como medida, la energía consumida, puesto que se necesitan 3,4 megajulios para fabricar una sola botella de plástico. Para poner en perspectiva esta última cantidad, he de decir que es menos de la mitad de la energía que obtenemos, diariamente, al alimentarnos.
 
Conclusión: ¿agua del grifo o agua embotellada?
 
En este artículo he querido realizar una comparación entre el agua doméstica, de distribución municipal, y el agua embotellada, preferentemente agua mineral, enfatizando su evolución histórica, su origen, así como sus características de composición y tratamiento. Ambos tipos de agua están perfectamente regulados y cumplen de forma muy satisfactoria los requisitos sanitarios y de consumo.
 
Mi impresión personal es que la preferencia actual por el agua embotellada tiene más relación con aspectos culturales y ecológicos que con los sanitarios. Cierto es que el origen del prestigio del agua mineral se debe a su garantía sanitaria y sus propiedades medicinales. Pero las razones actuales de consumo parecen esencialmente culturales; el agua mineral se consume por su sabor y por el propio placer de consumirla. Su precio asequible, en términos absolutos, permite su presencia generalizada en los hogares de los países desarrollados, por razones equivalentes a la capacidad de consumir ocio o cultura.
 
En cuanto al impacto ecológico, he querido enfatizar que ambos sistemas generan su correspondiente perturbación en el medio ambiente. La que causa el agua embotellada se está empezando a medir de forma bastante rigurosa, mediante el concepto de agua virtual intercambiada. Es de esperar que, en un futuro cercano, el precio que pague el consumidor incluya, de forma cuantitativa, todos los costes ambientales involucrados, es decir, todas las fuentes de insostenibilidad. Lo mismo se puede decir acerca del impacto de las redes de distribución municipal, que debe incluir, por supuesto, los embalses y plantas de tratamiento. Ciertamente, este impacto es más difícil de evaluar, y seguro tendrá su influencia, una vez se pueda incorporar en el coste del servicio.
 
En definitiva, estamos cerca de cuantificar adecuadamente el impacto global ecológico de ambas formas de suministro de agua potable. En ese momento, la elección entre un tipo de agua u otro no generará ningún tipo de descompensación, en cuanto a la sostenibilidad del suministro y su impacto ambiental. Quizá se considerará polémica esta afirmación pero, en mi opinión, en ese momento la polémica alrededor de la pregunta del presente artículo dejará de existir.