La comercialización de termómetros de mercurio ha sido prohibida recientemente, concretamente desde el 10 de abril de 2014, aunque lo cierto es que ya no podían adquirirse desde unos años atrás. La entrada en vigencia de la prohibición, eso sí, ha tenido su correspondiente impacto en los medios de comunicación. Las posibilidades de interacción con los medios, que la tecnología actual nos proporciona, han permitido además que no pocos ciudadanos hayan manifestado públicamente sus preocupaciones al respecto. En concreto, la queja más frecuente es que la exactitud de los termómetros de mercurio es superior a las alternativas digitales que nos ofrece el mercado, por lo que la prohibición representa, como poco, un paso atrás.

¿Qué hay de cierto en estas manifestaciones? ¿Se cumple aquello de "cuando el río suena, agua lleva"? ¿O estamos ignorando lo que las pruebas científicas nos dictan?

La comprensión de lo que conlleva el uso de termómetros es más difícil de lo que podría parecer de entrada, puesto que el propio concepto de temperatura no es para nada sencillo. Por este motivo, he preferido dividir el artículo en dos partes. En la primera, os analizo brevemente la literatura científica sobre la exactitud de los termómetros de mercurio y digitales, centrándome en los termómetros de uso clínico, por ser la situación donde existe mayor sensibilidad. A continuación analizo el porqué de la visión actual sobre los termómetros digitales, como ejemplo de las dificultades que suceden habitualmente, cada vez que se pretende introducir una nueva tecnología. En la segunda parte describiré, con un poco más de detalle, lo que realmente miden los termómetros y, al final, me aprovecho un poco del lector y os trataré de explicar el propio significado de temperatura.

Los termómetros de mercurio y los termómetros digitales han convivido durante décadas. Estudios realizados durante los años setenta y ochenta, del siglo XX, analizaban que la entonces novedosa tecnología digital no aportaba, en el sector clínico, una mayor exactitud en las medidas, por lo que se recomendaba mantener la tecnología tradicional, al ser más sencilla y barata (N.J. Shanks et al: "Comparison of accuracy of digital and standard mercury thermometers", British Medical Journal (1983) 287, 1263).

Sin embargo, las preocupaciones sobre la toxicidad del mercurio, añadieron un nuevo elemento a la ecuación y forzaron que, a principios de los años noventa, se planteara su prohibición (el lector puede consultar al respecto mi artículo anterior, en este mismo blog). Esta se inició en Suecia, y se fue propagando después a los demás países, no sin el correspondiente debate. Además de los aspectos relacionados con la seguridad sanitaria, la cuantificación de los costes relacionados con las medidas de seguridad, así como de los costes de limpieza y reciclaje del mercurio, cambiaron la percepción sobre los termómetros tradicionales. A principios de los noventa, un estudio de Blumenthal planteaba precisamente este hecho (I. Blumenthal: "Should we ban the mercury thermometer?", Journal of the Royal Society of Medicine (1992) 85, 553).

El termometro de mercurio es sencillo y fácil de utilizar.  Pero el mercurio es tóxico y los termómetros no acostumbran a estar bien calibrados.

A finales de los noventa, además, la exactitud de los termómetros de mercurio, hasta entonces considerado como el "standard de oro", recibió un severo correctivo. Un exhaustivo test demostró que, aun siendo reproducibles las lecturas de temperatura, los valores leídos dependían del termómetro utilizado: hasta un 25 % de estos llegaban mal calibrados a los hospitales, induciendo a errores de más de tres décimas de grado (M.K. Leick–Rude y L.F. Bloom: "A comparison of temperature–taking methods in neonates", Neonatal Network (1998) 17, 21).

Este mismo test mostró, por otro lado, que la tecnología digital proporcionaba valores de las lecturas termométricas dentro de la tolerancia aceptada en la práctica hospitalaria. A este resultado debe añadirse otro factor fundamental, como es la progresiva disminución en los costes de la tecnología digital, que ha representado una contribución decisiva en favor de ésta última. Finalmente, no debe olvidarse un aspecto no menos relevante: la tecnología digital permite lecturas mucho más rápidas, puesto que los tiempos de espera, para la realización de la lectura termométrica, se han reducido de minutos en el caso del mercurio, a unos pocos segundos, para los termómetros digitales.

Todo parece indicar, por tanto, que la combinación de seguridad, exactitud y coste se ha decantado objetivamente del lado de la tecnología digital.

¿Qué ocurre entonces? ¿En qué se basa la opinión ciudadana sobre los termómetros digitales?

Muy probablemente, en las dificultades que representa la introducción de la nueva tecnología. El desconocimiento de sus características ha provocado que, en muchos casos, se haya utilizado de forma incorrecta. Por ejemplo ¿a quién no le ha ocurrido que la temperatura ha dado valores muy diferentes, al contrastar los valores leídos en ambos oídos?

Uno de los orígenes del problema se encuentra en el fenómeno físico utilizado para medir la temperatura. Mientras el termómetro tradicional basa su funcionamiento en la dilatación de un líquido, dentro de una columna de cristal graduada, el termómetro digital funciona analizando la radiación infrarroja emitida por el cuerpo humano. Por lo tanto, mientras el termómetro de mercurio requiere de un contacto lo más completo posible con el cuerpo, el termómetro digital realiza la medición a distancia. El primero es lento operando, pues requiere hasta cinco minutos para asegurar que la lectura es correcta, mientras que el segundo, al depender de una señal eléctrica, realiza la medida en menos de dos segundos.

El termometro digital es más complejo, pero cada vez es más asequible y, una vez se conoce como debe usarse, se consigue leer la temperatura de forma reproducible, con una exactitud de 0.2ºC.

Sin embargo, el hecho de medir la radiación emitida por el cuerpo requiere apuntar correctamente el sensor en la dirección adecuada, y asegurarse de que no recibe influencia de los alrededores. Así, es un error frecuente que, al introducir el sensor en el oído, quede mal encarado y enfoque la pared del pabellón auditivo, en vez del conducto que nos lleva al tímpano. Otra fuente de error es no introducir suficientemente el sensor dentro del conducto, o introducirlo inclinado, y permitir así que el aire exterior al oído enfríe parcialmente la región de la que se debe captar la radiación. Una vez conocidas estas características, no es demasiado difícil obtener medidas reproducibles de la temperatura timpánica, sobre todo teniendo en cuenta que repetir estas medidas es muy rápido. Tan rápido, que en el tiempo necesario para una sola medida con el termómetro de mercurio, hemos podido repetir decenas de veces la operativa con el termómetro digital, hasta automatizar correctamente el procedimiento.

La polémica con los termómetros me recuerda otras confrontaciones analógico–digitales, sobre todo las relacionadas con el mundo audiovisual. En el transcurso de un par de décadas, hemos vivido cómo las fuentes de sonido e imagen se han transformado, desde sofisticadas versiones analógicas, a versiones digitales. Estas últimas, gracias a la miniaturización electrónica, son más simples mecánicamente, mucho menos costosas y por tanto más accesibles al gran público. Así, la fotografía, la televisión, la música e incluso el cine han sucumbido a la transformación digital, hasta el punto que la vertiente más profesional abraza, no sin cierta nostalgia, la variante digital como herramienta cotidiana de trabajo. No faltan aquellos que continúan considerando, por ejemplo, que los antiguos amplificadores de sonido analógicos proporcionan un sonido más puro, que los discos de vinilo suenan más limpios que sus versiones basadas en ceros y unos, o que los tubos de rayos catódicos suministran una imagen con unos contrastes inigualables. Quizás es cierto, pero mientras la tecnología analógica parecía haber llegado a un cierto techo de desarrollo, a la contrapartida digital se le intuye suficiente recorrido, como para superar las prestaciones de la analógica, tarde o temprano. Veremos.

En resumen, pues, la controversia entre los termómetros de mercurio y los termómetros digitales, puede verse como otro ejemplo más de las dificultades que implica la introducción de una nueva tecnología. La oposición a los avances tecnológicos existe desde, al menos, el inicio de la revolución industrial. A principios del siglo XIX, el movimiento ludista (del término inglés luddism) preconizaba la detención del progreso tecnológico, al entender que constituía una amenaza contra los puestos de trabajo artesanales. Actuó principalmente en los sectores agrícola y textil, en la Inglaterra del inicio de la Revolución Industrial, llegando a adoptar actitudes violentas, destruyendo maquinaria e incluso atentando contra la integridad de los propietarios y empresarios. Aunque el movimiento fue reprimido por las autoridades, y se diluyó gradualmente a partir de mediados del mismo siglo XIX, el concepto ideológico pervive en nuestros días. Se utiliza sobre todo para designar aquellos que se oponen al avance tecnológico, principalmente el que se origina a partir de la revolución electrónica e informática.

La ciencia económica describe estos avatares del progreso tecnológico mediante el término "destrucción creativa", cuyas implicaciones no dejan indiferente a nadie. En este sentido, por cierto, recomiendo la lectura del libro de D. Acemoglu y J. A. Robinson Why nations fail, que ha sido traducido al castellano con el título "Por qué fracasan los países", Deusto Ediciones, 2012.

La experiencia demuestra, con innumerables ejemplos, que los avances tecnológicos, sobre todo los más relevantes, acaban generando siempre mayor riqueza y un número mayor de puestos de trabajo. Sin embargo, la reconversión industrial que conlleva, sobre todo cuando se analiza desde una perspectiva local e individual, acostumbra a ser traumática. Por ello, este tipo de procesos deja un sabor de boca ambivalente, al menos a quien os escribe, que ni la perspectiva del tiempo es capaz de eliminar. Es quizás uno de los aspectos sobre los que más debe actuarse en un futuro, a nivel colectivo.

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Xavier Giménez Font
Xavier Giménez Font

Profesor titular del Departamento de Ciencia de Materiales y Química Física, y miembro del Instituto de Quimica Teórica y Computacional, Universidad de Barcelona. Docente en química ambiental y química física de materiales, e investigador en simulación computacional de reacciones químicas con aplicación a I+D, y en innovación docente.  Divulgador científico, autor del libro El aire que respiramos (UB Edicions, 2018). 

Sobre este blog

La química de nuestro entorno desde una perspectiva global, que incluye su relación con las demás ramas de la ciencia, la tecnología, e incluso las disciplinas humanísticas. También se harán pequeñas incursiones en el mundo de la educación universitaria. Siempre al alcance de todos. Verás que la química es compleja, su mundo también, pero no tanto como pudiera parecer...

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