Desde el puesto de vigía

20/10/2010 1 comentario
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El mar, nuestro mar, se encuentra enfermo.

El mar que nos dio la vida, que acercó nuestras civilizaciones, que nos alimentó durante miles de años, que inspiró a filósofos, poetas, pintores y aventureros, se nos muestra hoy herido, apenas una sombra de lo que fue. Herido, quizá, de muerte.

La sobrepesca, la contaminación química, la eutrofización, la degradación del litoral, las especies invasoras, el calentamiento global, la acidificación, son sólo algunos de los síntomas. La causa etiológica de este síndrome es el ser humano.

Pero aún estamos a tiempo de luchar contra la enfermedad. Aún podemos reanimar con primeros auxilios, aplicar cuidados paliativos, encontrar nuevas curas, rehabilitar y prevenir futuras recaídas en este paciente, el más importante de todos. Porque si el mar se nos muere, muy probablemente muramos todos con él. Porque, aunque muchas veces vivamos de espaldas al mar, y prefiramos mirar hacia otro lado cuando lo vemos sufrir, no se puede entender el hombre sin el mar. Igual que ya no se entiende el mar sin el hombre.

Desde la cofia de este privilegiado navío que nos transporta a todos, intentaré con mis escritos cumplir la función del vigía y servir de aviso a la tripulación y al pasaje. Procuraré advertir cuando intuya la llegada de las tormentas y los malos vientos. Gritaré "¡Por allí sopla!" cuando vea a lo lejos el surtidor de la ballena. Y entonaré el "¡Tierra a la vista!" cuando atisbe un resquicio de esperanza en el horizonte.

Jacques Y. Cousteau, declaró una vez que, aunque mucha gente atacaba al mar, él le hacía el amor. Esta cita no se me va de la cabeza. Intentemos comportarnos siempre con el mar como el mejor de los amantes. El mar se lo merece. Siempre nos ha sido fiel y nos ha colmado de satisfacciones.

Os deseo que tengáis buenos vientos, y ojalá nos encontremos a menudo por estas aguas.



A la salida del Port Olimpic. Foto: Owen S. Wangensteen