En la película de Wim Wenders "Alicia en las ciudades" (Alice in den stadten, 1974), este nos pretendía mostrar el desajuste del ser humano con la realidad, la imposibilidad de conectar con ella, y el sufrimiento que eso nos produce.

Hoy en día, nuestra vida en las ciudades, alejados de la naturaleza, inundados de ruidos de coches y contaminación, rodeados de asfalto, aislados los unos de los otros, encajonados en colmenas verticales de escasos dos metros de altura y con solo una pared con ventanas a través de las cuales solo vemos otra pared de cemento, nos ha desconectado por completo de nuestra esencia como seres humanos, como animales biológicos que somos.

Este entorno que habitamos -llamarlo hábitat no sería correcto-, tan alejado de la realidad para la que ha evolucionado nuestro cerebro, nos provoca estrés, ansiedad, disminución de la esperanza de vida, desasosiego, tristeza, depresión, soledad... y es normal, ya que como dijo Jiddu Krishnamurti "No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma"; enferma en el sentido social, filosófico y económico, pero también en el sentido biológico. En una ciudad de cemento, ruido y contaminación, somos como animales en un zoológico.

Un artículo realizado en Bélgica y publicado en 2020 en la revista Plos Medicine apoya con nuevos datos esta teoría de la desnaturalización patológica del ser humano urbanita llevada a cabo por una nefasta planificación del entorno en el que vivimos la mayoría de la población.

En este trabajo, se estudiaron más de 600 niños de 10 a 15 años, encontrándose que un aumento tan solo del 3% en las áreas verdes de los barrios en los que vivían elevaba su coeficiente intelectual (CI) en un promedio de 2,6 puntos; y lo que es más, el efecto era independiente del estatus socioeconómico de la familia y de la zona residencial en la que vivían (barrio rico o barrio pobre).

El aumento en el CI fue particularmente significativo en aquellos niños del extremo inferior del espectro, es decir, en el grupo de aquellos que tenían un coeficiente más bajo, donde pequeños aumentos en el área "verde" del barrio marcaban una gran diferencia en el CI.

Para llevar a cabo el estudio, los científicos utilizaron imágenes de satélites que les permitieron medir el área verde de los vecindarios, lo que incluía jardines, árboles en las calles, parques, y demás vegetación. La puntuación media del CI fue de 105, estando el 4% de los niños de áreas con bajos niveles de vegetación por debajo de 80, mientras que ningún niño de áreas con muchas zonas verdes obtuvo una puntuación inferior a ese nivel.

Estudios anteriores del mismo tipo ya habían encontrado que los problemas de conducta eran menores en los niños que se criaban en barrios que tenían más zonas verdes, concretamente, un 3% más de vegetación bajaba 2 puntos la probabilidad de problemas de conducta en los niños residentes.

Los efectos encontrados en el CI no se deben ni a la situación socioeconómica de los padres ni a la contaminación del ambiente (aunque se sabe que la contaminación del aire afecta a la inteligencia y el neurodesarrollo infantil), pero sí se encontró correlación entre mayor CI y niveles más bajos de ruidos, menos estrés -por peligro del tráfico, por ejemplo-, y mayores oportunidades de juego libre y actividades físicas.

En definitiva, este estudio, que obtiene resultados parecidos al realizado en 2015 en Barcelona, simplemente viene a corroborar lo que es algo obvio para la biología evolutiva: que nuestro cerebro está hecho para vivir en un entorno natural, y que alejarnos de ese entorno sumado a factores nocivos de la ciudad como puede ser la contaminación, el ruido, el entorno estresante, el exceso de tráfico o la sobredosis de estímulos, no son saludables para nuestro cerebro ni para nuestros cuerpos. Esto debe ser tenido en cuenta a la hora de diseñar espacios habitables en las ciudades, haciéndolas lo más humanas posibles, lo más naturales posibles, para que como Alicia y Phillip en la película de Wenders, reconectemos con la vida de verdad y recuperemos la capacidad de habitar la realidad.

Julio Rodríguez
Julio Rodríguez

Científico, biólogo, doctor en medicina molecular, psicólogo, escritor y divulgador. Diagnóstico genético en Fundación Pública Galega de Medicina Xenómica (FPGMX)

Trabajé investigando la genética de trastornos psiquiátricos en la Fundación Instituto de Investigación Sanitaria (FIDIS) y la Universidad de Santiago de Compostela (USC). También un tiempo en la Universidad de Oxford y en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de Madrid. (Perfil científico)

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He publicado dos libros: Prevenir el narcisismo y Lo que dice la ciencia sobre educación y crianza son mis libros de divulgación.

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