Pocos habitantes del mundo desarrollado incluirían a la malaria o paludismo entre las enfermedades más devastadoras del planeta. Unas cuantas cifras son suficientes para comprobar la magnitud del problema: produce más de un millón de muertes anuales, entre 300 y 500 millones de casos nuevos cada año y la muerte de un niño cada 30 segundos. El 40 % de la población mundial (3.200 millones de personas) vive en zonas donde la enfermedad es endémica. En Africa, cuya región subsahariana concentra el 80 % de todos los casos, provoca pérdidas en la producción de 12.000 millones de dólares al año, ya que la debilidad que ocasiona en el adulto reduce drásticamente su capacidad laboral, afectando al mantenimiento de la familia y perpetuando la pobreza.

Está producida por un parásito llamado plasmodio que pasa a la hembra del mosquito Anopheles cuando pica a una persona infectada y obtiene así la sangre que necesita para alimentar a sus huevos. Se reproduce en el interior del insecto y cuando éste pica a una persona sana, se lo introduce en su torrente sanguíneo. Los síntomas son fiebre, escalofríos, dolor de cabeza y sensación de cansancio por la anemia que produce.

Conocida desde la antigüedad, los romanos evitaban construir ciudades cerca de zonas pantanosas al asociar el mal olor del agua estancada con el origen de la enfermedad, de ahí la denominación de mala aria (mal aire en italiano) que recibió, mientras paludismo proviene de la palabra latina palus, paludis o pantano. Esta observación empírica enlaza con el hecho de que los mosquitos ponen sus huevos en aguas estancadas y necesitan calor y humedad para desarrollarse. Una de las formas más baratas (2 euros) y eficaces de prevenir la enfermedad es precisamente dormir bajo mosquiteras impregnadas de insecticida.

En la mayor parte del mundo han aparecido resistencias al antipalúdico convencional, la cloroquina. Por ello se recomienda hoy la terapia combinada con un compuesto derivado de la artemisina (sustancia obtenida de una planta, la Artemisia annua) y otro antipalúdico, con lo que se cura al 95 % de los casos. Desgraciadamente, el fraude ha aparecido también en estos fármacos. Se ha comprobado que en varias regiones del sudeste asiático, el 40 % de los antipalúdicos en cuyas etiquetas se indica que contienen Artesunato (preparado de artemisina) no tienen ningún principio activo. Se calcula que el 20 % de las muertes por malaria podría deberse a antipalúdicos adulterados. Las posibilidades de los países subdesarrollados de combatir este fraude son muy escasas y el número de casos de malaria se ha incrementado en los últimos treinta años.

Actualmente se encuentra en fase de ensayo clínico una prometedora vacuna. Está en manos de Pedro Alonso, director del Centro de Salud Internacional del Hospital Clínic de Barcelona y fundador del Centro de Investigación en Salud de ManhiÇa (Mozambique), reciente Premio Príncipe de Asturias de Cooperación, en donde se desarrolla la vacuna. Los primeros ensayos han demostrado que la vacuna protege durante seis meses a un 60 % de recién nacidos. A finales de este año comenzará un ensayo a gran escala con 16.000 niños de seis países africanos. La imprescindible financiación económica ha logrado aunar al sector público con el privado, que cuenta entre otros con la potente Fundación Bill y Melinda Gates

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María José Báguena Cervellera
María José Báguena Cervellera

Profesora Titular de Historia de la Ciencia.

Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero,

Universidad de Valencia-CSIC.

Sobre este blog

"El pasado es sólo el prólogo." Archivo Nacional de Washington.

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