<a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Extracci%C3%B3n_de_la_piedra_de_la_locura_(El_Bosco)" target="_blank">Extracción de la piedra de la locura (El Bosco)</a>

En 2015, unos psicólogos húngaros publicaron en la revista Intelligence un artículo de investigación con el título «¿Qué es estúpido?». Se preguntaban acerca de los criterios de la gente para calificar a alguien como estúpido, y habían organizado un estudio para intentar averiguarlo. Según sus resultados, hay consenso sobre los comportamientos que se etiquetan con el sello de la estupidez, y que en general se pueden clasificar en tres grupos. Primero, vienen los comportamientos que generan situaciones de riesgo a causa de una limitada capacidad o de un escaso conocimiento. Segundo, encontramos aquellas situaciones asociadas a una falta de atención o a una falta de practicidad. Tercero, están las situaciones donde un trasfondo emocional genera una pérdida de control. Las tres tipologías evidentemente pueden asociarse a niveles diferentes de estupidez, en función, sobre todo, de la gravedad de las consecuencias y del grado de responsabilidad de la persona implicada. La cuestión no es trivial, por dos razones. La primera es que, no nos engañemos, sabemos de sobra que los comportamientos estúpidos son el pan de cada día, con efectos que van desde lo liviano hasta lo catastrófico. La segunda es que, desde el afán de dar con la clave de la inteligencia, quizá no venga mal hurgar en qué pasa con su ausencia.

Y aquí está claro que nos topamos, antes de empezar, con la dificultad de dar una definición clara y única a la inteligencia y a la estupidez, porque son términos que se pueden utilizar muy diferentemente en función del contexto. De hecho, podemos considerar por lo menos tres ámbitos distintos, que suelen usar criterios distintos a la hora de determinar qué es la inteligencia. Por un lado está la ciencia, que intenta establecer parámetros y variables medibles y suficientemente objetivos. Luego viene el sentido común y el bien común, que dan más peso a factores morales o éticos. Finalmente vienen los sentires populares, que amalgaman todo aquello con una heterogeneidad de emociones subjetivas, experiencias personales, y vínculos sociales. Evidentemente, los tres ámbitos se mezclan y se contaminan, difuminando sus confines y generando incomprensiones cuando intentan usar las mismas palabras sin saber que estas se nutren de significados e interpretaciones diferentes.

A pesar de ser más o menos antitéticas a nivel de percepción general, inteligencia y estupidez se pesan, curiosamente, de forma distinta. Una razón fundamental es porque son conceptos que tienen un importante componente social. De hecho, a menudo hablamos de personas inteligentes o estúpidas, pero sería mejor hablar de comportamientos inteligentes o estúpidos. Y esto, por un lado, es porque nuestros comportamientos tienen cierta variabilidad, y el resultado no siempre se corresponde con nuestras capacidades reales. De hecho, personas con altas capacidades cognitivas pueden llevar a cabo comportamientos estúpidos, porque fallan en algún otro componente mental, carecen de información, o no adecúan la respuesta al contexto. Pero la razón más interesante quizá sea que inteligencia y estupidez muchas veces no son características de las personas que ejecutan una acción, sino de los que la juzgan. Un comportamiento inteligente en un contexto puede tacharse de estúpido en otro. Un caso extremo es la evolución, que, pensando en el bien de la especie, tiene valores muy distintos a los que tenemos como sociedad. Comportamientos que pueden ser «inteligentes» a nivel filogenético (asaltar, matar, etc.) pueden, de hecho, ser terriblemente estúpidos si los traemos a la escala de nuestras existencias individuales.

Pero, aun sin retrotraernos tanto en el tiempo y enfocándonos en una escala más propia de nuestra vida, el juicio sobre una acción depende siempre de los ojos de quien la mira. Las etiquetas de «inteligente» o «estúpido» están condicionadas por las expectativas de quien observa, y no dependen necesariamente de las características intrínsecas de quien está siendo evaluado. Y he aquí, en parte, el peso diferente que se le da a los dos opuestos: investigar a los inteligentes es un halago, mientras que investigar a los estúpidos sabe a juicio social. Quizás ese toque de «políticamente incorrecto» ha contribuido a desarrollar un interés científico hacia la inteligencia, pero un interés más bien solamente clínico hacia la idiotez.

Y aquí puede ser interesante investigar el origen de los insultos, recordar que la palabra idiota, en su raíz semántica, se refiere a quien se ocupa exclusivamente de sus cosas personales y particulares, mientras que la palabra imbécil se refiere a la debilidad física y anímica. Con el tiempo, el veredicto popular, quizá mediante un proceso de subconsciente comunitario, puso todo en el mismo saco, asociando sin más la estupidez a una condición que integra, trágicamente, egoísmo y fragilidad. La Real Academia Española reconduce los dos términos al de tonto, «falto de inteligencia y de entendimiento», que procede, nada más y nada menos, del sonido del trueno, que te deja, literalmente, atontado, atónito, pasmado, boquiabierto.

Sin embargo, la psicología pretende ir más allá de las construcciones sociales, e intenta cuantificar todas las características cognitivas con métodos más experimentales. La psicometría es la disciplina que se encarga de diseñar tests que, con tareas preestablecidas y esquemas verificados, puedan medir, por ejemplo, nuestras habilidades analíticas, verbales, mnemónicas, espaciales o numéricas. Entre todas estas habilidades siempre se encuentra cierta correlación: cuando aumenta una, aumentan, en promedio, las otras. Muchos psicólogos identifican en esta correlación un factor común que llaman inteligencia general, o «factor g». Según esta interpretación, lo que llamamos «inteligencia» no sería una habilidad más, sino la capacidad de integrar unas con otras las diferentes habilidades. Así que puedes tener una gran capacidad matemática o lingüística, pero si no eres capaz de coordinar todas tus habilidades entre sí, el resultado general de tus comportamientos va a ser poco acertado. Según este criterio, entonces, la inteligencia es una dimensión, una capacidad de integración más o menos desarrollada, con una variación continua y sin saltos en la población. Por ende, es un carácter continuo, que se puede calcular pero que no distingue entre categorías. Es como la estatura: hay quien es más alto o más bajo que otros, pero es siempre un concepto relativo. En este caso, no existe, pues, «el estúpido», a menos que no se decida un umbral de referencia convencional y arbitrario. La estupidez sería el inverso de la inteligencia, o sea, la dimensión contraria, sin que las dos representen polos extremos y opuestos. En este sentido estadístico, de todas formas, si la persona inteligente es la que tiene una gran capacidad de coordinar el conjunto de sus destrezas, la persona estúpida es la que tiene muy poca. Y, una vez más, confirmando el distinto peso que damos a las dos direcciones, las reglas sociales nos aconsejan sustituir el «más estúpido que», por la falsa cortesía de «menos inteligente que».

Carlo Cipolla, desglosando las leyes fundamentales de la estupidez humana, intenta conciliar el aspecto personal y el aspecto social de la estupidez, y nos conduce finalmente hacia la perspectiva más moral del tema, conyugando el valor ético y el valor utilitario de la inteligencia. Reconociendo la sacralidad del lema latín Primum non nocere («Primero, no dañar»), propone identificar como inteligentes a los que se hacen bien a sí mismos haciendo el bien de los demás, y como estúpidos a los que se dañan a sí mismos perjudicando al mismo tiempo a los demás. En este caso, ambos valores se cuantifican con el resultado final más que con una propiedad intrínseca de la persona, y sobre todo con un cálculo necesariamente a largo plazo. Este resultado final, después de todo, se llama calidad de vida: la tuya y la de quien se relaciona contigo. Y esto nos lleva, probablemente, a enmarañar un poco más las cosas, porque es un valor que no depende ni de cómo nos ven los demás, ni de cómo y en qué medida sabemos resolver los problemas, sino, sencillamente, de cómo nos sentimos y hacemos sentir a quienes nos rodean. Resultaría, en este caso, que la inteligencia (o la estupidez) se podrían medir con algo que depende de un equilibrio apropiado entre lo que somos (dentro) y lo que vivimos (fuera). Algo que es muy parecido a lo que llamamos «felicidad». Lo cual, claro está, podría a veces estar en contraste con cómo nos juzgan los demás, o con nuestras habilidades para resolver rompecabezas.

El límite depende de las palabras, y de las definiciones que usamos para razonar con conceptos amplios y borrosos. Cuanto más general es un concepto, más sujeto estará a interpretaciones y alternativas, zarandeado entre sentido común, pulsiones populares y enunciaciones científicas. Como hemos visto, puede que la definición social de inteligencia sea muy consistente, pero ya sabemos cuántas veces la horda sentencia a lo bruto, más a partir de las emociones que de la razón. De hecho, la frontera entre genialidad y locura, forjada por criterios estrictamente sociales, suele ser tan sutil como dudosa. En este caso, estúpido es quien no cumple con las expectativas de la multitud, lo cual no garantiza, precisamente, un veredicto fidedigno. La definición psicométrica es cuantitativa y aparentemente universal, pero depende de algoritmos y números, que no siempre saben de qué va la vida. Además, la estadística funciona muy bien con la masa, pero puede fallar tremendamente cuando intenta etiquetar a los individuos. En este caso, el estúpido es el que no posee una gran capacidad de integrar sus habilidades, y lo es independientemente de sus intenciones y de las consecuencias de sus acciones. Y, finalmente, están las definiciones, que, en lugar de la capacidad mental de alguien, solo consideran los efectos de sus actos sobre su propio bienestar, y sobre el de los demás. Desde luego, la felicidad o la bondad son difíciles de medir, pero suelen reconocerse sin necesidad de muchos cálculos. En este caso, el estúpido es quien, independientemente de qué piensa la gente o de su cociente intelectual, vive mal, y hace vivir mal a los demás. Y esto nos lleva a la única conclusión cierta, tajante y sincera, una conclusión que es sencillamente empírica y no necesita saber en qué consiste exactamente la inteligencia: la única forma de lidiar con un estúpido es no interactuar con él. Creo que fue Albert Einstein quien dijo que una persona inteligente resuelve problemas, mientras que una persona sabia, sencillamente, los evita.

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Quiero agradecer a Carmen Cremades y a Roberto Colom por sus comentarios y aportaciones a este artículo, que va al hilo de otro publicado hace unos años sobre... ¡los efectos secundarios de la inteligencia! Otro anterior había presentado la diversidad cognitiva en un espacio con muchas dimensiones, y muchas periferias.

Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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