La forma de locomoción es una característica fundamental de un animal, ya que está íntimamente vinculada a todos los aspectos de su ecología, incluyendo el uso del hábitat, la alimentación o las relaciones sociales. De hecho, la locomoción forja y vincula profundamente la biología de las especies, a nivel tanto anatómico como metabólico. Cuadrúpedos, trepadores, suspensores o saltadores tienen diferencias patentes en la arquitectura del cuerpo, así como en sus necesidades energéticas o en la organización de sus sentidos. Los huesos proporcionan evidencias tangibles sobre todo este conjunto de adaptaciones evolutivas y elementos mecánicos, lo cual nos permite desarrollar hipótesis bastante sensatas sobre la forma de vida de las especies extintas, a través de los pocos fósiles que encontramos desperdigados en el registro paleontológico.

Los primates presentan una asombrosa variabilidad en sus tipos de locomoción, que se asocia a una correspondiente variabilidad en los nichos ecológicos que han logrado ocupar, por lo menos si los comparamos con otros mamíferos. Y, en este sentido, está claro que el bipedismo ha representado un antes y un después para la historia natural del género humano. Tal vez nos hemos erguido para colonizar una sabana pobre de árboles, o para mirar desde lejos a los depredadores, o para limitar el impacto con el calor de aquellas latitudes, o para liberar las manos y dedicarlas a teclear ordenadores. Todo puede ser, y es posible que nunca sabremos por qué en un cierto punto de esta historia un antepasado nuestro ha logrado alcanzar un buen éxito reproductivo poniéndose de pie. A veces los cambios evolutivos responden a necesidades específicas, a veces a necesidades múltiples, y a veces solo son consecuencias secundarias de factores ajenos, incluso del azar. Pero, si el porqué no queda tan claro, por lo menos podemos investigar cómo pasó, comparando lo que ha sucedido con los otros primates actuales, o con los primates extintos.

A pesar de la cansina y anacrónica iconografía de un homínido que se va enderezando por el camino a partir de una condición cuadrúpeda, tenemos que decir que la cosa ha sido probablemente algo más compleja, y todavía no queda tan clara. Cambiar la estructura de un animal pronógrado (con una postura horizontal en relación al suelo y a la gravedad) a un animal ortógrado (con una postura vertical en relación al suelo y a la gravedad) es, técnica y genéticamente, un problemón. Tienen que cambiar todos los huesos, los músculos, los órganos e incluso los sentidos (la orientación de los ojos, el equilibrio, etc.), y esto no solamente requiere que cambien muchas cosas, sino sobre todo que cambien de manera concertada, lo cual es, por lo menos, altamente improbable que ocurra. Sin embargo, muchos grandes simios del Mioceno (el periodo anterior a la radiación evolutiva de los homínidos) eran ortógrados suspensorios que, como los orangutanes actuales, tenían potentes brazos y largos dedos para colgarse a la vegetación. Generar un bípedo de un suspensorio es bastante más fácil, porque el cuerpo ya tiene una estructura y una organización vertical: es suficiente soltar los brazos, y potenciar las piernas. No es una casualidad que los mejores bípedos entre los primates no-humanos sean los gibones, es decir primos carnales de los grandes simios que se han especializado en braquiación, que es la forma más extrema de suspensión. De aquí viene la seria posibilidad de que los primeros homínidos como los australopitecos hayan sido suspensorios un poco más avezados en la bipedestación, con todas las consecuencias anatómicas del caso (dedos algo más cortos, piernas un poco más rectas, etc.). Entre las especies actuales, los orangutanes se han quedado suspensorios como sus bisabuelos del Mioceno, los humanos se han especializado en la locomoción bípeda, y los gorilas y los chimpancés se han inventado una locomoción nueva y toda suya, andando de forma cuadrúpeda pero apoyados en los nudillos de brazos vigorosos, lo cual inclina el eje anatómico del cuerpo entre una posición horizontal y una vertical (clinógrados).

Todo esto tiene mucho sentido, aunque siempre hay que recordar las dos limitaciones principales de la antropología evolutiva. Primero, que los simios actuales somos pocas especies, y esto limita seriamente un análisis amplio y heterogéneo de los posibles patrones que se esconden detrás de la variabilidad zoológica. Segundo, que los simios fósiles que conocemos son pocos, fragmentados, incompletos, y desperdigados a lo largo de tres continentes y diez millones de años, y esto nos impide testar estadísticamente hipótesis muy específicas sobre lo que ha pasado. Opiniones personales todas las que queramos, pero hipótesis que se puedan averiguar, pocas o acaso ninguna.

De hecho, de vez en cuando un hallazgo nuevo genera nuevas ideas, que se van amontonando a lo largo de la historia de la antropología, añadiendo variabilidad al abanico de las propuestas. En lugar de estabilizarse, las teorías zigzaguean y reculan, dejando el debate sobre la evolución del bipedismo todavía bastante inestable, a pesar de su longevidad científica. Por ejemplo, llama la atención que nuestras manos, cortas y prensiles, no son tan especializadas si las comparamos con cuadrúpedos terrestres como los macacos o los babuinos, así que cabe incluso la posibilidad de que los humanos tengamos manos primitivas, y que hayan sido los gorilas, los orangutanes y los chimpancés quienes hayan inventado una mano más evolucionada y novedosa al ser alargada, si la comparamos con la nuestra. En este caso, mira tú por donde, retornaríamos a la iconografía, pesada y cansina, de un homínido irguiéndose a partir de un cuadrúpedo.

Monos en un ciruelo (Mori Sosen)

Pues como hemos dicho, cambiar la forma de vida no es solo cuestión de biomecánica, porque involucra cambios en todos los sistemas de equilibrio fisiológicos y espaciales. Cambia el rendimiento metabólico, las cargas musculares, la distribución del peso de las vísceras y las dinámicas que marcan el flujo de la sangre en los tejidos. La fuerza de gravedad marca íntimamente todos los aspectos de nuestra biología, sobre todo de los que vivimos aplastados en el fondo de un océano de aire. Interesante, por ejemplo, el hecho de que los australopitecos parece que tenían el oído interno, órgano del equilibrio, más parecido a los grandes simios que a los humanos, y esto sugiere un mundo donde la bipedestación era una posibilidad para estas especies, pero no la única disponible y tal vez no la más utilizada.

Entre las funciones que se tienen que haber visto afectadas por la locomoción bípeda no se suele mencionar una que, sin embargo, es central para cualquier ser vivo de este planeta: la respiración. Cada forma de locomoción tiene diferentes requisitos energéticos, porque algunas son más baratas y algunas son mucho más exigentes, algunas requieren un consumo lento y otras un consumo más rápido, algunas calientan mucho los tejidos y otras sin embargo permiten una mejor dispersión del calor generado por la actividad muscular. Nuestro motor funciona con oxígeno, así que no es de extrañar que, si cambiamos el método de locomoción, los pulmones, los vasos sanguíneos y los ciclos bioquímicos que queman el combustible tendrán que proporcionar una logística adecuada a la nueva situación. Pero sobre todo hay un factor que es todavía más directo y esencial: muchos músculos de la locomoción tienen también un papel fundamental en la respiración. No sabemos si una función ha reclutado los músculos de la otra, o si sencillamente las dos funciones, la locomotora y la respiratoria, desde siempre han compartido sus elementos mecánicos. Pero es cierto que comparten muchos componentes de su organización funcional. Quizás sea obvio que, si una función proporciona energía y la otra la gasta, tienen entonces que coordinarse, y la mejor forma es compartir estructuras, para que los dos procesos se acompasen y se integren. Es algo parecido a estos relojes de pulsera que usan el movimiento del brazo durante una caminata para recargarse y seguir funcionando oportunamente. Estos relojes automáticos tienen un rotor que se activa gracias al movimiento de la muñeca, y este rotor da cuerda al muelle del reloj mediante un engranaje, cargándolo a expensas de la energía cinética de quien lo lleva. Todo ello requiere evidentemente un delicado equilibrio entre las partes estructurales, que tienen que coordinar a la vez la función mecánica (el movimiento) con la función energética (la recarga) para mantener el ciclo en equilibrio con su parámetro fundamental (el tiempo). Como en los relojes automáticos, los músculos intercostales, el dorsal ancho, el cuadrado lumbar, los serratos, los elevadores de las costillas o los escalenos, entre otros, están todos involucrados en mantener nuestra columna erguida y en coordinar muchos detalles de las secuencias locomotoras y posturales, y al mismo tiempo ajustan el grado y el ritmo de nuestra respiración torácica. Y luego, por supuesto, el diafragma, príncipe de nuestra respiración abdominal, que con la postura ortógrada se ha visto en una nueva orientación que lo enfrenta directamente a la gravedad, y que le requiere, a cada respiración, tener que empujar contra toda la mochila visceral que tiene por debajo. Sea como fuere, pasar de una posición pronógrada a una ortógrada tiene que haber requerido, sin más, unos cuantos cambios en la función respiratoria, donde músculos, huesos, tendones y vasos se han sentado a la mesa de negociación para concertar soluciones que cumplan con las exigencias de todos. Y, luego, soltar los brazos y apoyarse en poderosas piernas aptas para largos y basculantes recorridos, tiene que haber también requerido otro importante ajuste de rotores y engranajes, para diseñar estructuras que pudieran enlazar, con nuevas reglas, movimiento y energía.

Compartiendo elementos arquitectónicos y funcionales, la respiración y la locomoción tienen que evolucionar juntos. Tienen que compartir posibilidades y limitaciones, y cada cambio en la necesidad de una tiene que ser aprobado por los requisitos de la otra. Por ende, postura y movimiento pueden optimizar el uso de los recursos energéticos (respiración y metabolismo) o, si mal gestionados, dificultarlo. Asimismo, la respiración puede potenciar la organización arquitectónica del cuerpo (postura y movimiento) o, si mal gestionada, entorpecerla. Es decir, sabiendo que postura y locomoción tienen un lazo directo con respiración y energía, tenemos que sospechar que habrá un cierto equilibrio entre unas y otras, equilibrio que será mejor aprender a respetar si queremos optimizar nuestros recursos. Al revés, una mala gestión del balance entre movimiento y respiración puede acarrear ineficiencias y conflictos corporales, bien sea a raíz de una carencia adaptativa (en el caso de la evolución de las especies) o de una carencia cultural (en el caso de las costumbres, grupales e individuales, de nuestras sociedades humanas). Mejor sería aprender a acompasar las dos funciones, aprovechando los dos millones de años de fina relojería evolutiva que llevamos programados en nuestros circuitos filogenéticos. Nada nuevo para disciplinas como el yoga o la meditación, que llevan mucho tiempo enseñando a armonizar cuerpo y respiración, para explorar nuestros límites y nuestras potencialidades, y para lograr un equilibrio fisiológico necesario para desarrollar un consecuente equilibrio cognitivo. En estas disciplinas la respiración es – según las palabras de Ramiro Calle – una compañera inseparable, y sobre todo una fiel aliada para entrenar la atención y la concentración, para tranquilizarse y encontrar sosiego, para anclarse al ritmo del cuerpo y conocerse a sí mismo, para equilibrar las tensiones biomecánica de músculos y huesos, para nivelar y distribuir el flujo sanguíneo, y por supuesto para conectarse con el momento presente. La respiración, con su doble flujo de entrada y de salida, es puerta hacia dentro y hacia fuera, una ventana para ojear en ambas direcciones. Al final, como siempre, se trata de encontrar una armonía entre espacio (el cuerpo), tiempo (el movimiento) y energía (la respiración), bien sea en un nicho ecológico o en nuestra propia vida cotidiana. Energía, masa y velocidad, son los ingredientes de una mente que es sana porque cuenta con un cuerpo que es sano también, elementos de un sistema homeostático supuestamente adaptado a un medio ambiente lleno de fluctuaciones y de imprevistos, constantemente asediado entre las losas del pasado y las incertidumbres del futuro. El lugar entre lo que ya ha ocurrido y lo que todavía no ha empezado se llama presente, y la incapacidad de vivirlo se llama extinción.

 

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Quiero agradecer a José Luis Cabezas nuestras charlas sobre respiración y meditación, y a Dani García Martínez los comentarios sobre músculos y respiración. Todos los libros de meditación y de yoga hablan de la respiración, a nivel conceptual y a nivel de técnicas. Os invito a ojear por ahí entre diferentes fuentes y escuelas, y a experimentar con vuestros propios cuerpos, explorando las insospechables posibilidades de los músculos y de los vasos sanguíneos, jugando con el tiempo y con el espacio para indagar lo que aún no sabéis sobre vuestros sentidos y sobre las posibles relaciones entre los elementos internos y los elementos externos de nuestra consciencia corporal.

Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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