Desde la <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/E.T.,_el_extraterrestre" target="_blank">mano de E.T.</a> hasta <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/La_creaci%C3%B3n_de_Ad%C3%A1n" target="_blank"><em>La Creación de Adán</em></a> de Miguel Ángel, el contacto de las manos siempre ha representado algo más que un sencillo acto mecánico.

El cuerpo es la interfaz entre nuestro sistema nervioso y el mundo y, sin embargo, estamos todavía muy lejos de entender cómo funciona esta interacción enigmática entre lo que percibimos como «yo» y lo que interpretamos como «ajeno». El tacto y el concepto de cuerpo siguen siendo los grandes retos de la robótica, porque aunque no competimos con nuestras máquinas a la hora de calcular (es decir analizar datos) o recordar (es decir almacenar datos), todavía no hemos logrado diseñar un robot que sepa andar decentemente. También a nivel de sentidos remotos, desde hace tiempo enviamos lejos nuestras voces y sonidos, y nos comunicamos visualmente con pantallas e imágenes, pero no sabemos cómo transmitir, a distancia, un abrazo. Es decir, controlamos bastante bien cómo funciona un ojo y un oído, pero todavía se nos escapan los misterios de las manos. Lo cual es curioso para un primate como nosotros, porque precisamente nuestro grupo zoológico es el que más ha invertido, a nivel sensorial y cognitivo, en un paquete de adaptaciones evolutivas centradas en la visión y en el tacto. No es una casualidad que nuestro cerebro de primate está particularmente desarrollado en todas aquellas áreas corticales que atienden la visión, la percepción del cuerpo, la integración entre visión y cuerpo, la coordinación entre ojo y mano y, particularmente en nuestra especie, la integración entre cerebro, cuerpo y herramientas.

Este conjunto de sensaciones que se activan cuando nuestro cuerpo tiene una experiencia física se puede etiquetar bajo el nombre de respuesta háptica, lo cual incluye una serie de mecanismos sensoriales que se mezclan y se integran involucrando una larga lista de elementos y procesos que no es fácil de desenmarañar a nivel terminológico y conceptual. La háptica a menudo se define como la ciencia del tacto, aunque la palabra tacto en sí misma puede que sea demasiado específica. De hecho, a menudo nos referimos al tacto solo para mencionar una serie de mecanorreceptores y terminaciones nerviosas (como los corpúsculos de Pacini o los de Meissner) que se activan cuando nuestra piel se deforma o recibe algún tipo de vibración en su superficie. Pero luego está la propiocepción, es decir la capacidad sensorial de percibir nuestros elementos anatómicos (músculos y huesos) y sus posiciones, y la cinestesia, que nos informa de sus movimientos. A este sistema hay que añadirle por lo menos la exterocepción, que incluye la percepción de elementos externos al cuerpo. Como podéis imaginar, estas definiciones son útiles para hacerse una idea de las herramientas perceptivas y sensoriales que tenemos a la hora de sentir nuestro propio cuerpo, pero luego todos estos medios y estos procesos se mezclan, generando una integración común donde las fronteras entre un mecanismo y otro son evidentemente convencionales. El sistema perceptivo es único, uno solo, y sus elementos son partes de una red de elementos que se influyen mutuamente, compartiendo funciones y generando una respuesta común, que hay que interpretar como conjunto, y no como una suma de elementos aislados.

De hecho, además del tacto tradicional, podemos también hablar de un tacto dinámico, que no depende de una sensación local de contacto, sino de la alteración que un elemento externo (por ejemplo una herramienta) provoca en todo el cuerpo, cambiando su equilibrio de pesos, la distribución de sus fuerzas musculares, y la percepción del propio cuerpo. Cuando agarramos un objeto, no solo es la piel de la mano la que percibe este objeto con sus corpúsculos. Para volver a equilibrar el cuerpo después de haberle añadido un elemento en una extremidad, todos los músculos tienen que reajustar sus tensiones. Imaginaos a Thor agarrando su pesadísimo martillo divino. Cuando la mano se ciñe a su mango, no se enterarán solo los mecanorreceptores de sus dedos. Todo el brazo redistribuirá sus fuerzas, por ende reaccionará el tronco, y finalmente las piernas, que restablecerán un equilibrio general con la gravedad. A la hora de agarrar una herramienta, si el objeto es muy pesado, estos reajustes serán más patentes, pero esto no quiere decir que si el objeto es más liviano estos ajustes no tengan lugar. El cuerpo siempre se entera cuando le añadimos un elemento nuevo, y responderá, desde los párpados hasta el meñique del pie, para incorporar este elemento en su esquema general de pesos y medidas. Luego es el turno del cerebro que, una vez que el cuerpo haya establecido su nuevo equilibrio háptico, incluye este objeto en sus esquemas neuronales, como si fuera un elemento del cuerpo mismo. Estos cambios a veces son transitorios (cambios dinámicos), y a veces sin embargo llegan a moldear el mismo sistema nervioso (cambios plásticos). Así que entendemos que el concepto de «herramienta» va mucho más allá de una interpretación estrictamente física, y nos lleva directamente a cuestiones cognitivas de mucha enjundia.

Hoy sabemos, de hecho, que el cerebro interpreta de forma muy distinta objetos que no están al alcance de nuestro cuerpo (es decir, están en un espacio extra-personal), que están al alcance de nuestro cuerpo (en un espacio peri-personal), o que están en contacto con nuestro cuerpo (espacio personal). Pero entonces, si el cuerpo es la interfaz de todo este complejo proceso de integración entre cerebro y mundo externo, está claro que tenemos que considerar que las capacidades hápticas pueden tener un papel importante en nuestras capacidades cognitivas. Al fin y al cabo es un sistema biomecánico, hecho de perturbaciones físicas y de tejidos que se deforman, que nos llevan a percibirnos a nosotros mismos y a nuestros elementos adyacentes. En este sentido, el cuerpo es un «órgano» muy raro, distinto de los demás. La visión, el oído, el gusto y el olfato necesitan un medio de transmisión para cazar sus señales, generalmente un medio hecho de aire o de agua donde viajan ondas o moléculas. Sin embargo, en el tacto no hay medio de transmisión, o sea, la relación entre la causa (el contacto) y el efecto (la sensación) es directa, sin intermediarios. Esto claramente es algo muy peculiar para un sentido, y es probablemente una de las causas principales de nuestras dificultades a la hora de entender y reproducir su funcionamiento. A nivel del sistema nervioso, además, es curioso cómo las regiones corticales del cerebro dedicadas a la sensación tienen más fibras que salen (del cerebro al cuerpo) que las que entran (del cuerpo al cerebro), sugiriendo que «sentir» no es solo cuestión de recibir, sino también de regular y ajustar toda esta información, de gestionar cómo se recoge, y cómo se distribuye.

El cuerpo es además un órgano sensorial muy heterogéneo, porque incluye los músculos y los huesos, pero también los tejidos conectivos que empaquetan todo el organismo, como los ligamentos y los tendones, los cartílagos o la fascia, una membrana que envuelve a todos los demás elementos estructurales. En este sentido, es interesante el concepto de tensegridad, o sea integridad tensional, un concepto introducido en su origen por arquitectos y artistas plásticos, pero que ahora está encontrando un terreno muy fértil en todos los campos de la biología. Un sistema con integridad tensional está en una condición de equilibrio basado en elementos elásticos y elementos rígidos que generan una distribución de tensiones y compresiones, un sistema de fuerzas que se contrastan y se anulan, permaneciendo en una condición de sensibilidad a las perturbaciones. Estas tensiones continuas generadas por compresiones discontinuas dan estabilidad a la estructura, que puede responder a una fuerza externa y luego volver a su condición original. Aparte de que es un principio que puede proporcionar muchas ideas estéticas a un escultor, viene bien a la hora de construir bóvedas y andamios que sean al mismo tiempo livianos y resistentes, y también para entender cómo funciona nuestra propia anatomía. Sí, porque nuestro cuerpo al fin y al cabo es un sistema de elementos en compresión (los huesos) que separan elementos en tensión (los músculos). Y los mismos tejidos están también formados por fibras que se organizan con equilibrios dinámicos. Finalmente, las mismas células tienen un andamio interno, el citoesqueleto, que está formado por microfilamentos y microtúbulos que actúan como elementos de tensión y compresión, y que cuando «sienten» una variación biomecánica activan una serie de repuestas bioquímicas que inducen cambios en la organización molecular de los tejidos (este acoplamiento entre variaciones físicas y fisiológicas se llama mecanotrasducción). Tenemos así un sistema tensional que enlaza lo micro y lo macro, moléculas, células, tejidos y órganos, generando un continuo flujo de información entre lo que somos y lo que sentimos.

 

Una estructura con integridad tensional (como este icosaedro a la izquierda) mantiene un equilibrio parecido al que podemos encontrar en el citoesqueleto de las células (a la derecha, en rojo). <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Tensegridad" target="_blank">Imagenes Wikimedia Commons (Bob Burkhardt y NIH Image Gallery)</a>.

Evidentemente todo esto es muy complicado de estudiar con experimentos y estadísticas, porque nos faltan todavía muchos conceptos y muchas herramientas para poder llegar a un nivel tan integrado de análisis y de comprensión, que abarque tantos elementos, tantos procesos, y tantos conocimientos. Es un campo extremadamente multidisciplinar, que quizás podría dar unas cuantas sorpresas dentro de unos años. A la complejidad de estos mecanismos biológicos hay que añadir la variabilidad individual, porque con tantos factores en juego tenemos que considerar la posibilidad de que no todos tengamos los mismos parámetros y los mismos recursos. Percibir diferentemente nuestro cuerpo puede llevarnos a diferencias cognitivas importantes, que merecen ser exploradas. También tenemos que asumir que algunas de estas características vendrán de fábrica con el programa genético, mientras que otras serán susceptibles de entrenamiento y educación. Está también claro que hablamos de un campo con imprevisibles aplicaciones en la medicina, porque se supone que cuando aquellos equilibrios no funcionan bien, algo puede ir muy mal.

Son aspectos, finalmente, cruciales a la hora de desarrollar las teorías sobre extensión cognitiva, que interpretan la «mente» como un proceso que se genera cuando la información fluye entre cerebro, cuerpo y ambiente. En este sentido, es muy interesante que algunos autores hayan propuesto incluir, entre nuestras capacidades sensoriales, también la expropiocepción como la percepción del ambiente en relación al cuerpo, y la proexterocepción como la percepción de uno mismo en relación al ambiente.

Dicho todo esto, la pregunta del millón, como siempre, atañe a lo que supera el individuo: si el cuerpo es una unidad cognitiva programada para enlazarse con el mundo externo, ¿qué pasa cuando un cuerpo se enlaza con otro cuerpo? Una de las claves evolutivas más importantes de los primates es la complejidad social, y las dinámicas de grupo se gestionan precisamente con el acicalamiento social (el grooming), con las agresiones, o con la sexualidad, o sea todos comportamientos que se basan estrictamente en el contacto físico. Incluso hay áreas del cerebro que se activan solo cuando nos tocamos a nosotros mismos, y otras diferentes que se activan solo cuando nos toca otra persona. En ambos casos, los mecanorreceptores de la piel que se activan son los mismos, pero la respuesta neural y cognitiva es totalmente distinta. Como un individuo es mucho más que el conjunto de sus células, una sociedad es mucho más que el conjunto de sus individuos. Y que se trate de uno mismo o de las relaciones con los demás, es recomendable, está visto, procurar tener siempre cierto ... ¡tacto!

 

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Este artículo ha sido bastante más denso y quizás más técnico que otros anteriores, pero creo que merecía la pena. Aquí otro artículo sobre cuerpo y cognición, y uno sobre percepción y cognición.

Por si acaso, os dejo algunas referencias bibliográficas, para quien quisiera hurgar un poco más en los detalles:


Cléry, J., Guipponi, O., Wardak, C., Hamed, S.B., 2015. Neuronal bases of peripersonal and extrapersonal spaces, their plasticity and their dynamics: knowns and unknowns. Neuropsychologia 70, 313–326.

Ingber DE 1997. Tensegrity. The architectural basis of cellular mechanotransduction. Annual Review in Physiology 59: 575-599.

Ingber, D., 2008. Tensegrity-based mechanosensing from macro to micro. Progress in Biophysics and Molecular Biology 97, 163-179.

Maravita, A., Iriki, A., 2004. Tools for the body (schema). Trends Cogn. Sci. 8, 79–86.

Turvey, M.T., Carello, C., 2011. Obtaining information by dynamic (effortful) touching. Philosophical Transaction of the Royal Society B 366, 3123e3132.

Turvey MT & Fonseca ST 2014. The medium of haptic perception: a tensegrity hypothesis. Journal of Motor Behavior 46: 143-187

Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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