Cognición extendida

Llevamos mucho, mucho tiempo, repitiendo como un mantra que el cerebro es «el órgano de la mente», el lugar donde nace el pensamiento, la cabina de mando, la sala de los botones, donde una milagrosa y complicadísima red de cables forja nuestro ser, nuestra forma de razonar y de ver el mundo, nuestras ideas, nuestras decisiones y nuestros recuerdos, nuestras increíbles capacidades y nuestras inevitables limitaciones. La visión cerebro-céntrica es tan aceptada que la damos por asumida, un dogma, tan cierto que no hay que perder tiempo en averiguarlo o demostrarlo. Una certeza tan obvia que resulta francamente impopular llevarla a discusión. Huelga decir que todo este paquete de posiciones firmes y acríticas es precisamente lo que la ciencia tendría que evitar. En la religión o en política suele ser suficiente la fe o la esperanza, pero en la ciencia se necesitan pruebas, y sería mejor evitar certezas que se defienden por sí mismas. En el caso del cerebro como máquina autónoma del pensamiento, hay por lo menos dos asuntos que no podemos obviar.

El primero atañe a la casi total falta de evidencia que pueda respaldar esta posición, a pesar del enorme esfuerzo que hemos puesto en el último siglo para defenderla. No tenemos pruebas que contrasten la autonomía del cerebro, pero tampoco tenemos pruebas que la demuestren. Hemos hurgado sin piedad en tejidos, células y moléculas, y no hemos encontrado ni rastro de la chispa de la mente. Cuanto más hemos diseccionado los detalles orgánicos de nuestras neuronas, menos hemos encontrado el escondite del pensamiento. Debería de ser lógico reconocer que estudiar las neuronas sirve para saber cómo funcionan las neuronas, no cómo funciona el cerebro. Los sistemas complejos se caracterizan por ser algo diferente a la mera suma de sus partes, con lo cual es normal que, cuanto más entramos en detalle, más perdemos de vista el conjunto, sus reglas, sus patrones. Y, si bien el conjunto «cerebro» tiene fronteras claras, el sistema «mente», desde luego, es mucho más difícil de localizar. Así que, en primer lugar, hay que reconocer humildemente que el estudio minucioso del cerebro como órgano de la mente nos ha proporcionado inestimables informaciones, pero nos ha dicho muy poco de cómo funcionan nuestras capacidades cognitivas.

El segundo punto atañe a las alternativas. Hace ya un par de décadas que hay teorías diferentes sobre mente y cognición, que van más allá de las fronteras del cráneo. Los filósofos fueron los primeros en recuperar unas cuantas perspectivas holísticas, ideas con profundas raíces en muchas culturas ajenas al mundo industrial y occidental, que extendían el proceso mental hacia fuera de la máquina cerebral. La teoría de la mente extendida, por ejemplo, incluye el cuerpo y el ambiente en el mecanismo cognitivo, un ambiente que en su definición abarca la cultura y, por supuesto, la tecnología. Según esta perspectiva, la cognición (la «mente») no sería el producto del cerebro, sino un proceso que surge de la interacción entre cerebro, cuerpo y herramientas. Atención, que no estamos hablando de metafísica o de espiritualidad, sino de reacciones bioquímicas y metabólicas que, aunque ancladas en las reglas de la biología, necesitarían de elementos alojados externamente al sistema nervioso para poder arrancar, ejecutarse, y llevarse a cabo propiamente. Claro está que, cuando los biólogos se han interesado en esta perspectiva, han tenido un problema que los filósofos pueden descuidar: en ciencia hay que demostrar, confirmar con experimentos y con números, cuantificar, contrastar, y evaluar probabilidades. La cosa no es fácil porque, aparte de que a estas alturas todos tenemos un sesgo conceptual cerebro-céntrico muy importante, carecemos incluso de los paradigmas y de los métodos para analizar un algo que no tiene fronteras claras y que puede ser infinitamente grande, cuando casi toda nuestra ciencia está orientada desde hace mucho tiempo hacia las piezas aisladas y lo que es infinitamente pequeño. Así que los que han metido mano en este difícil asunto están aún trabajando con definiciones borrosas, métodos inciertos, y técnicas todavía por inventar.

Ya sabemos que la ciencia padece una inercia importante, y los científicos son los primeros en enfadarse ante un cambio de paradigma, que pone en entredicho sus certezas y, por ende, su autoridad. Así que el mundo cerebro-céntrico ha reaccionado de forma bastante dura e incluso agresiva ante estas propuestas de extensión cognitiva. Una de las críticas más frecuente es que esta teoría no ha sido demostrada. Como hemos dicho, tampoco la autonomía del cerebro lo ha sido, pero mientras que a esta última no le pedimos pruebas robustas, la extensión cognitiva se enfrenta a los juicios más severos y tajantes. Otro comentario habitual es que una calculadora puesta encima de una mesa no es capaz de pensar ni de hacer nada. Y en este caso hay que recordar que tampoco un lóbulo frontal o un cacho de corteza cerebral puesto encima de una mesa es capaz de pensamiento alguno. En general se da por hecho que, para ser parte del sistema cognitivo, un elemento tiene que ser orgánico (hecho de carne) e interno al cuerpo. Pero ¿qué tal si implantásemos esa mismísima calculadora en el cerebro? Si esto me permitiera usar la calculadora sin tener que usar las manos y hacer cálculos complejos solo pensando en ellos, entonces aquella mismísima calculadora ¿sería parte de mi sistema cognitivo? ¿Y si sustituimos mecanismos fisiológicos por circuitos eléctricos que hacen exactamente lo mismo? ¿Y si el mismo flujo de información, asociado a un recuerdo o a una decisión, en lugar de viajar por neuronas pasara por una wifi? ¿Dónde acaba el cuerpo y empieza la herramienta cuando una persona lleva prótesis? Nuestra tecnología, hoy más que nunca, nos revela las dificultades de localizar una frontera entre los procesos cerebrales y cognitivos basándonos solo en la clasificación orgánico-inorgánico o interno-externo. El término «protésico» se asocia automáticamente al contexto médico, pero en realidad se puede referir a cualquier extensión de nuestro propio cuerpo, desde la bazuca de un cíborg hasta la piedra tallada de un neandertal, que, añadiendo un apéndice de sílice a su cuerpo, es capaz de hacer, sentir y pensar de forma diferente. Podemos entonces entender por «capacidad protésica», de una especie o de un individuo, cierta capacidad de delegar funciones mecánicas, sensoriales o cognitivas, en elementos externos y ajenos al cuerpo, integrando estos elementos en sus propios esquemas personales. Una capacidad que sería de mucho interés para las atenciones de la selección natural, porque permitiría ir más allá de las limitaciones del cerebro. Nuestra tecnología amplía y potencia nuestras capacidades sensoriales (ver, oír...) y nuestras capacidades mentales (recordar, calcular, mapear, decidir...), que, sin embargo, dependen de estos elementos externos adjuntos.

Curiosamente, un modelo interesante para todo esto son... ¡las arañas! La tela de la araña es algo externo a su cuerpo, hecho por la misma araña, pero el sistema nervioso, sensorial y cognitivo de la araña necesita de la tela para completarse. La araña siente el mundo, entiende el mundo, razona sobre el mundo, y toma decisiones sobre el mundo, a través de un sistema continuo hecho por sus neuronas, sus órganos sensoriales, y sus hilos de seda. La tela es una continuación de su sistema nervioso, fuera del individuo. Sin tela, además, la araña se muere, porque su nicho ecológico y cognitivo depende de ella. Asimismo, nuestra tecnología es nuestra telaraña, pues nuestra cultura y nuestra cognición dependen estrictamente de ella.

Ojo, que tampoco hay que aceptar todo esto sin exigir pruebas. Desde luego, no se trata de cambiar un dogma cerebro-céntrico por otro, sino de evaluar alternativas. Es decir, reconociendo las limitaciones (y los fracasos) de la perspectiva de un cerebro autónomo, se trata de buscar y considerar otras posibilidades. Si es que cuerpo y ambiente son de verdad parte del proceso cognitivo, está claro que seguir hurgando solo en la caja del cráneo nunca nos llevará a conclusiones más amplias y contundentes. Así que se trata de evaluar, como se merece una aproximación científica, esa posibilidad.

Por lo menos, en tres etapas. Primero, hay que investigar si cuerpo y tecnología son efectivamente parte del proceso cognitivo. Puede ser la parte más difícil, pero unos cuantos equipos están en ello. Y hay criterios. Por ejemplo, se puede intentar estudiar en qué medida un cierto proceso depende necesariamente de la interacción entre dos componentes. Si un proceso no existe cuando los dos elementos están separados, entonces el sistema está formado por ambos elementos y se sustenta gracias a su interacción. También se puede estudiar la red de factores implicados en un proceso, y evaluar un umbral de «conectividad» que es necesario para decidir si dos elementos son parte del mismo conjunto.

Segundo, si es que cuerpo y tecnología son parte de nuestro sistema cognitivo, habrá que evaluar en qué medida. Es decir, hay que establecer cómo de fuerte es esta dependencia. Por el momento hay quien ve el cerebro como la gran computadora y la tecnología solo como un apéndice, y quien, por el contrario, da un peso más parecido a los dos componentes. Desde luego, sin tecnología, nuestras capacidades orgánicas de calcular, recordar, analizar, ver o interpretar serían más que pobres, pero el «cuánto» se queda, por el momento, en una estimación subjetiva y personal.

Tercero, si la mente es un proceso que se sustenta en tres componentes, habrá que indagar los roles. Si bien el hecho de que el proceso requiere los tres elementos no quiere decir que los elementos cumplan las mismas funciones. Y otra vez podemos tener todo un abanico de propuestas, desde los que piensan que el cuerpo es solo la interfaz y la tecnología solo servidores externos que amplían potencialidades, a los que, en cambio, interpretan los tres elementos sin solución de continuidad, un «todo uno» donde las fronteras solo son convencionales.

El cerebro cabe en un cráneo, una mente puede que no. Siempre hemos pensado que el cerebro se parece a un ordenador, obviando el hecho de que igual la relación es inversa, es decir, que estamos diseñando nuestros ordenadores siguiendo, tal vez instintivamente, las reglas del cerebro. Y es curioso que, aun teniendo en cuenta las hipótesis sobre extensión cognitiva, la vieja analogía del cerebro computadora a lo mejor sigue aguantando perfectamente. Solo que en este caso sería un ordenador que, para funcionar, necesita de recursos adicionales (memorias externas, servidores lejanos y aplicaciones remotas) y puertos de integración de estas piezas adjuntas. La tecnología son los elementos que se quedan fuera de la caja del ordenador, y que de todas formas son partes activas e integradas del sistema informático y electrónico. Los puertos son el cuerpo, nuestras manos y nuestros ojos, interfaz activa y fundamental para organizar los flujos de entrada y de salida de la información. Y dentro de la caja está el cerebro, es decir, un microprocesador con un sistema operativo que establece las reglas. Podría funcionar por sí solo, pero solamente para cumplir con funciones limitadas. Y a la semana ya no estaría actualizado, quedándose incompatible con los cambios del mismo medio que lo ha generado y que, no lo olvidemos, lo sustenta.

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Algunas publicaciones con más detalles...

Bruner E., Iriki A. (2016). Extending mind visuospatial integration and the evolution of the parietal lobes in the human genus. Quaternary International 405: 98-110.

Bruner E., Spinapolice E., Burke A., Overmann K.A. (2018). Visuospatial integration: paleoanthropological and archaeological perspectives. In Di paolo L.D., DI Vincenzo F., De Petrillo F. (eds) Evolution of Primates Social Cognition. Springer. pp. 299-326.

Clark A. (2004). Natural-Born Cyborgs: minds, technologies, and the future of human intelligence. Oxford University Press, Oxford.

Japyassú H. F., Laland K. N. (2017). Extended spider cognition. Animal Cognition 20: 375-395.

Kaplan D. M. (2012). How to demarcate the boundaries of cognition. Biology and Philosophy 27: 545-570.

Malafouris L. (2013). How things shape the mind: a theory of material engagement. MIT Press, Cambridge.

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Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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