<a href="https://ippogrifo.tumblr.com/archive/2018/12" target="_blank">Biscarrosse, 2018</a>

Lo que llamamos «mente» es un proceso que mezcla e integra las descargas de millones de cables eléctricos (un procesador que llamamos cerebro), las percepciones de una interfaz dinámica (un transductor activo que llamamos cuerpo) y las informaciones archivadas en elementos externos (un medio de inclusión que llamamos ambiente). La percepción es un mecanismo sensorial, donde agentes físicos (ondas, moléculas, etc.) interactúan con detectores (ojos, oídos, manos, etc.) que traducen estos estímulos en un código biológico de variaciones bioquímicas. Nuestro cerebro recibe estas variaciones en forma de descargas, y las descodifica y canaliza en patrones preestablecidos de circuitos neuronales. Estos patrones se enmarcan en un contexto más amplio donde el mismo cuerpo se coloca en el espacio y en el tiempo, abriéndose a una serie de interacciones que enlazan las percepciones con recuerdos y juicios, emociones y sentimientos, predicciones y expectativas, dudas y decisiones. El resultado repercute en el mismo cuerpo, que a su vez interactúa con el ambiente, y el ciclo se cierra y se reinicia otra vez, habiendo sufrido, en cada interacción, grandes o pequeños cambios que le harán responder de forma distinta a la anterior.

La «mente» es entonces este proceso de constante intercambio, de flujo de información, que se genera cuando ambiente, cuerpo y cerebro empiezan a enlazarse entre sí. Los cinco sentidos son las puertas de entrada de este flujo en el organismo, la base de la percepción, y dependen de muchos factores, algunos adquiridos por herencia genética, algunos aprendidos por el camino. Los órganos sensoriales funcionarán en base a la estructura de sus receptores, que pueden ser más o menos sensibles, o más o menos selectivos hacia algún tipo de estímulo u otro. Pero estos órganos también funcionan en base a la distribución o a la densidad de estos receptores, e incluso a la capacidad de transmitir la información una vez recibida. Todos estos son factores que tendrán potencialidades y limitaciones asociadas a nuestros programas genéticos (individuales o evolutivos) pero también sensibles a entrenamiento y desarrollo. El resultado final entonces dependerá de diferentes elementos y mecanismos, en función de qué señales se reciben, con qué intensidad o resolución, y de cómo y cuánto estas señales se trasmiten al cerebro.

Luego, una vez que la señal ha llegado al cerebro, este la descodifica, transformando la percepción en sensación. Una sensación que, otra vez, surgirá en función de factores múltiples e independientes. Por ejemplo, el cerebro intentará encauzar estas señales sensoriales en algo que ya conoce, que ya tiene catalogado, según patrones preestablecidos. Con lo cual estas señales sensoriales sufrirán una segunda modificación, que los ajustará a esquemas más rígidos. En esta etapa es importante el concepto de atención: una vez recibidas todas las señales de los órganos sensoriales, el cerebro decide con qué se queda, y lo que tira. A veces descarta sin más, a veces guarda parte de la información en un cajón, un cajón al que tiene acceso solo él, y no tú.

Los filtros de la atención dependen, como es de esperar, de factores conscientes y subconscientes, activos y pasivos, automáticos y voluntarios. Hay toda una serie de disciplinas basadas en la meditación que sugieren y recomiendan ser un poco más dueños de nuestra propia atención, entrenando oportunamente los sentidos y el cerebro para que no dejen el flujo de información demasiado en manos de un piloto automático muy sesgado por emociones, miedos, prejuicios o prisa. Es el caso del mindfulness, una perspectiva que se basa en la observación de tus propias percepciones y sensaciones de una forma conscientemente atenta y desapegada. Una observación que te hace descubrir que lo único que realmente existe es el presente, un presente radicalmente estructurado en la sensación y en la percepción. En este sentido, pasado y futuro, sencillamente, no existen, y solo son imágenes que no tienen ningún peso real en el momento que estamos viviendo. Una pena, entonces, que a lo largo de toda la vida nos dejemos batuquear emocionalmente por algo que en la realidad no existe (los recuerdos pasados y las expectativas futuras), olvidando y desatendiendo lo que, sin embargo, está aquí y ahora (el momento presente). En mi opinión personal la palabra mindfulness es la inadecuada traducción de una serie de conceptos que se asocian frecuentemente a la cultura budista, pero que en realidad encontramos, en distintas formas y colores, en todas las sociedades humanas. Creo que la traducción más común en castellano es, desde luego, mucho más acertada: atención plena. Y, al fin y al cabo de esto se trata, es decir, de entrenarse y obrar para poder ser más dueños de nuestra propia atención, atención hacia el cuerpo y hacia el ambiente, hacia nuestras percepciones y hacia nuestras sensaciones, hacia nuestras emociones y hacia nuestros pensamientos. Es interesante, en este aspecto, que en el budismo los sentidos no sean cinco sino seis, y el sexto es, precisamente, la propia mente.

Ahora bien, encontramos aquí una dificultad lingüística muy interesante de analizar a nivel terminológico y cognitivo. En castellano, a menudo se utiliza la palabra «consciencia» para definir una capacidad de percepción de la realidad, y la palabra «conciencia» para referirse a una capacidad de valoración ética y moral de esta realidad. Sin duda, dos cosas muy distintas, que han acabado peleándose por una raíz semántica común. Y, como es de esperar, en el día a día vemos cómo los dos términos, de hecho, se confunden y se mezclan. La misma Real Academia Española coincide en que la consciencia atañe a la «capacidad del ser humano de reconocer la realidad circundante y de relacionarse con ella», pero luego asocia la conciencia a ambos significados, o sea al «sentido moral o ético propios de una persona» pero también a «sentirse presente en el mundo y en la realidad». Es decir, la RAE en el caso de la conciencia es mucho más permisiva, y acepta ambas interpretaciones. Lo cual, considerando que hablamos de conceptos tan distintos, genera evidentemente cierta ambigüedad a la hora de hablar de temas tan complejos y complicados, que abarcan escenarios tan delicados en ámbitos como la filosofía o las ciencias cognitivas. En muchos textos sobre mindfulness se encuentra la solución «conciencia» probablemente para evitar entrar en matices y abarcar un poco todo, pero creo que en realidad la cosa confunde más de lo que ayuda. Y el tema no es trivial, porque otra traducción de mindfulness es precisamente «conciencia plena», con o sin "s" de por medio. El matiz se vuelve determinante en el momento en el que hablamos de una perspectiva (el mindfulness) que precisamente se basa en «prestar una atención deliberada y sin juzgar» (utilizando las palabras de uno de sus mejores mentores, Jon Kabat-Zinn). Lo del sin juzgar es, en el mindfulness, crucial, y entonces resulta por lo menos raro que se utilice frecuentemente un término (conciencia) que precisamente involucra valores éticos y morales. Y no es solo cuestión del castellano, porque la misma dificultad y ambigüedad la encontramos en otros idiomas (por ejemplo en inglés: consciousness/conscience/awareness), dado que en muchas lenguas se utilizan palabras diferentes pero con las mismas raíces para indicar los dos aspectos, es decir, la percepción de la realidad y el juicio moral. La cosa se complica cuando en medicina y neurología el nivel de conciencia se asocia a condiciones fisiológicas e incluso se emplea como parámetro clínico. Si luego vamos a las muchas fuentes sueltas que se pueden encontrar más allá de un ámbito profesional – sobre todo internet – descubrimos que se utilizan ambos términos, conciencia y consciencia, prácticamente como sinónimos.

Evidentemente la percepción de la realidad y el significado que le damos son dos aspectos que siempre hemos tendido a juntar, confundiendo un proceso sensorial con un juicio de valor. El hecho de que se utilicen palabras parecidas, con una etimología común y con una lícita confusión lingüística, delata que lo hemos hecho a propósito, y que no nos parece del todo mal. Pero deberíamos, sin embargo, pensar en alternativas. El riesgo es no ser capaces de separar entre realidad y emoción, entre percepción y pensamiento, entre ser y sentir. Es decir, confundir lo que somos con lo que experimentamos, a raíz de influencias internas y externas que nos condicionan y que nos pueden atrapar en expectativas y proyecciones irreales. Esto sería una pena, y desde luego un peligro, porque a nivel individual nos puede llevar a desaprovechar nuestras propias vidas, y a nivel social nos puede arrastrar hacia conflictos innecesarios e incontrolables a la hora de gestionar las diferencias entre culturas, entre religiones, o de forjar los delicados equilibrios internos de nuestras complejas naciones.

Ahora bien, la estrecha relación entre estos dos conceptos también nos sugiere que, a lo mejor, puedan haber evolucionado juntos. Ser capaces de reconocer nuestro propio cuerpo, utilizarlo como medida del mundo, y encajar el resultado de sus sensaciones en esquemas estructurados entre el bien y el mal, puede que representen habilidades que han tirado de los mismos recursos cognitivos. Una evolución donde una capacidad ha estimulado la otra, o donde las dos se han desarrollado paralelamente gracias a factores comunes. Sea como fuere, está claro que hablamos de algo íntimamente asociado a la evolución de nuestra propia especie. Algo que ha enlazado el presente con un pasado que ya no existe, y con un futuro que nunca ha existido. Esto nos ha permitido entender, planear, razonar, experimentar, evaluar e imaginar, o sea, en resumidas cuentas, ser humanos. Pero también nos ha abierto las puertas hacia nuevos y terribles tipos de dolor, el dolor por los recuerdos pasados y por los peligros futuros, la preocupación por lo que se ha perdido y por lo que se podría perder, la tristeza por lo que ha sido y por lo que nunca será. No es una casualidad que un objetivo clave del pensamiento budista sea el fin del sufrimiento, personal y ajeno, y que la compasión represente la pulsión más noble para lograrlo. El hecho de que somos seres particularmente «inteligentes» recuerda una de estas maldiciones de tantos cuentos y leyendas, donde se otorga un poder solo a cambio de una angustiosa consecuencia, porque la capacidad de saber entender y de saber predecir nos pone en la posición no solamente de sufrir – como todas las especies – por lo que está pasando, sino también por lo que ya ha pasado, e incluso por lo que podría pasar. Un poder digno de potentes Dioses, entregados a monos emocionales. Habrá que tener cuidado, porque quien vuela muy alto se arriesga a caer muy lejos. Y cuando la altura te da vértigo, recuerda que llega un momento en que tienes que pensar en ti mismo, en lo que eres y en lo que tienes, en lo que sientes y en lo que vives. Este momento es, precisamente, aquí y ahora.


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He empezado a vagabundear entre los paisajes sensoriales de la atención plena gracias a la guía y a los estímulos de Estibaliz Bartolomé, que ha compartido conmigo sus ideas sobre meditación entre «conciencia» y «consciencia». Agradezco también a Carmen Cremades, Federico Falcini y Gregorio Montero sus comentarios sobre estos temas. Recientemente he publicado dos artículos más sobre cognición y atención, en particular uno sobre mente y percepción, y otro sobre meditación y entrenamiento cognitivo.

Aquí un par de libros muy directos y eficientes sobre atención plena:
Kabat-Zinn J. 2009. Mindfulness en la vida cotidiana. Paidós.
Kabat-Zinn J. 2018. La meditación no es lo que crees. Kairos.

Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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