La <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Ni%C3%B1a_con_globo" target="_blank">Niña con Globo</a> de Banksy ...

Blaise Pascal dijo que el corazón tiene razones que la razón no puede entender, pero no olvidemos que el cerebro tiene neuronas que el corazón ni se puede imaginar. Cuántas veces oímos hablar de los problemas del corazón, de hablar al corazón, de seguir a tu corazón, pero luego vemos que la primera definición de la Real Academia dice que el corazón es un «órgano de naturaleza muscular, común a todos los vertebrados y a muchos invertebrados, que actúa como impulsor de la sangre y que en el ser humano está situado en la cavidad torácica». Con lo cual, entendemos que los problemas de corazón atañen a la circulación sanguínea, que hablar al corazón se puede hacer pero no va a funcionar porque no tiene oído, y que a lo de seguir al corazón no tenemos alternativas, porque está fijo en nuestra caja torácica y no se puede sacar de ahí si uno quiere permanecer con vida. Pero todos sabemos perfectamente qué queremos decir a la hora de mencionar todos estos «asuntos» del corazón, y ni siquiera nos paramos a pensar por qué nos referimos a nuestro miocardio cuando hablamos de emociones y sentimientos, sobre todo si están relacionados con el amor. Asociar sentimientos y corazón es el legado de épocas donde el cuerpo-máquina o cuerpo-fábrica se dividía en sus elementos individuales cada uno con una función distinta dentro del proceso vital, y los mismos científicos hablaban de fuerzas inexploradas que discurrían entre órganos y tejidos. Diferentes culturas en diferentes épocas han propuesto canales y corrientes para explicar el fluir de cierta energía - sin precisar - qué otorga un espíritu vital a nuestros armazones corporales y, si uno se pone a mapear estos canales, quizás no sorprende descubrir que generalmente se solapan con lo que la ciencia occidental llama sistema vascular. Y claro, si todos los caminos llevan a Roma, todos los vasos llevan al corazón, que entonces tiene que ser la fragua de los calores y de los temblores que azotan nuestra mente atormentada. Además, el corazón es un órgano particularmente susceptible a las variaciones de nuestro sistema nervioso autónomo, y es precisamente en su cueva torácica donde más notamos los arrebatos emocionales, delatados descaradamente por la ingenua sinceridad de nuestro latido cardíaco. Entre el corazón-fragua y el corazón-bombo, fue así que el miocardio se hizo con la fama de órgano pasional, bien sea a nivel de emociones (en las palabras de la misma RAE; alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática) que de sentimientos (estado afectivo del ánimo).

Efectivamente, hoy en día sabemos que el cuerpo es, con toda probabilidad, un elemento muy activo del proceso cognitivo. Nuestra mente, sus pensamientos y sus emociones, se sujetan firmemente en las sensaciones y en las percepciones. El cuerpo es la interfaz de entrada de nuestros sentidos, pero además es el único elemento tangible de nuestro «yo», un elemento que nos sirve de unidad de medida para habitar la realidad y establecer un contacto con el espacio, con el tiempo, y con la gente con que compartimos esta nave espacial que, citando a Richard Buckminster Fuller, llamamos Tierra. Así que desde luego tenemos que incluir el cuerpo en la gestión de nuestras emociones, no cabe ninguna duda. Y el corazón, con sus latidos, es el marcapasos de la vida misma, metrónomo de nuestra propia historia, compás de nuestra existencia. Pero claro, hay que tener cuidado con el poder de las imágenes a la hora de usar parecidos y analogías, porque la mente humana con cierta facilidad se aferra a iconos y creencias que, si bien pueden ser funcionales en ciertos contextos, luego se vuelven un lastre si se toman demasiado al pie de la letra.

Insistir sobre el corazón (tu miocardio) como órgano del sentimiento y del amor puede conllevar por lo menos dos problemas. El primero es muy sencillo, y atañe a la escasa capacidad crítica del ser humano: una mentira, repetida muchas veces, se vuelve verdad. Es decir, tanto repetir que el sentimiento surge del corazón, que unos cuantos acaban creyéndoselo seriamente, olvidando que solo se trata de una analogía romántica. El segundo problema es más sutil: separar geográficamente la razón (el cerebro) y el sentimiento (el corazón) nos lleva a pensar que las dos cosas son distintas, independientes y, a menudo, en conflicto abierto. Y no es esta la evidencia que nos proponen hoy en día las neurociencias.

Primero, conocemos muchas regiones del cerebro profundamente implicadas en las emociones, así como muchos neurotransmisores específicamente dedicados a la tarea. Estamos muy lejos de saberlo todo, pero conocemos qué áreas de nuestro encéfalo chispean cuando estamos alegres, enfadados, asustados o enamorados. Sabemos de sus efectos en situaciones normales, y de sus fallos en situaciones patológicas. Así que, no viene mal recordarlo, parece que si queremos localizar elementos clave del proceso emocional hay que mirar al cerebro, y no al miocardio. Segundo, tenemos una clara evidencia, neurobiológica y psicológica, de que pensamiento y emociones no son procesos distintos, sino que forman parte de un único paquete cognitivo que llamamos mente. Pensamos con nuestras emociones, y nos emocionamos con nuestros pensamientos. Los dos elementos no se pueden separar porque trabajan juntos, se sujetan el uno en el otro, y comparten circuitos y fisiología. No hay razón sin sentimientos, y no hay sentimientos sin razón. Tercero, a día de hoy la neuroanatomía ha desmentido la vieja idea anacrónica de un atávico cerebro emocional (que, a menudo, en plan ciencia ficción se llama impropiamente ¡«cerebro reptiliano»!) al que los humanos hemos añadido un cerebro racional. Lo que se está viendo es que nuestro cerebro emocional no es para nada primitivo. Al revés, es más evolucionado y especializado de lo que podemos observar en muchas otras especies de primates o de mamíferos. Y quizás esto tampoco es de extrañar, porque los primates en general se caracterizan por sus increíbles estructuras sociales, los humanos somos los primates con el sistema social más complejo que se conoce, y las relaciones sociales dependen en gran medida de las relaciones emocionales. Sentimientos y emociones marcan las pautas de las relaciones de pareja, de las relaciones con padres, hijos y abuelos, y de las relaciones con la tribu. Todos los factores que tienen un peso asombroso en la fitness evolutiva, o sea, en el éxito reproductivo de cada uno, que es lo que al fin y al cabo pesa a la hora de pasar la criba de la selección natural. Es de esperar, entonces, que la especie que tiene la estructura social más compleja tenga también un sistema emocional muy complejo, finamente calibrado, y con raíces muy profundas en su historia evolutiva.

Así que por el momento mejor dejar que el corazón bombee la sangre, que ya es una tarea complicada y crucial, sin que le carguemos de responsabilidades que no tiene. Probablemente Pascal no captó los detalles de la compleja relación entre razón y sentimientos, no se enteró de que están compinchados, de que hablan entre ellos todo el rato y de que lo deciden todo juntos, aunque luego a ti te ofrecen una versión simplificada y, a menudo, aparentemente conflictiva. Pero el conflicto no es entre ellos, sino entre tu mente y tu propio yo, que no consigue encajar estas emociones en su complejo andamio hecho de expectativas, ilusiones, responsabilidades, certezas, miedos y esperanzas. Las emociones marcan la aventura de nuestra propia vida y, como dijo Matthieu Ricard, biólogo molecular y monje budista, hay que dejar que vuelen como aves en el cielo: libres, pero sin dejar rastros.

 

Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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