Un increíble documento fotográfico: un paleontólogo atormentado por el espíritu de un australopiteco. Bueno, en realidad es un fotomontaje, vale... De otro fotomontaje, una exposición doble de Eugène Thiébault para promocionar la actividad espiritista a finales del siglo XIX (clica en la imagen para saber más).Los paleoantropólogos que trabajan con seres petrificados en la burbuja geológica del tiempo, así como los antropólogos forenses con sus restos humanos que no descansan en paz, o los arqueólogos con sus culturas desaparecidas, al fin y al cabo tienen algo en común con los espiritistas: su último objetivo es conseguir que hablen los muertos. Que nos digan algo, que nos entreguen informaciones, que nos desvelen secretos. Y los muertos se sabe que son parcos en palabras, guardan sus historias con recelo, y hay que entregarse con cuerpo y (nunca mejor dicho) alma para convencerlos de que suelten algún detalle importante.

Ahora bien, hay que recordar que aunque todo el mundo busca respuestas, la ciencia en general tiene mucho más que ver con las preguntas. Saber buscar la pregunta adecuada, formularla con propiedad y con método, es quizás el primer gran reto de un investigador. En paleontología, cuando quedan huesos (o, mejor dicho, sus moldes de piedra) está claro que las preguntas más directas atañen a cuestiones anatómicas. Y ya la cosa no es sencilla, porque solo queda el esqueleto. Y tampoco todo el esqueleto, sino solo algunos elementos. Y a menudo solo sus fragmentos. Y de pocos individuos, que no representan necesariamente a todas aquellas especies y poblaciones que han vivido a lo largo de cientos de miles de años sobre un territorio extendido por dos o tres continentes. Pues realmente poca cosa, y hay que tener mucha cautela o, para los que suelen aprovecharse del filón, echarle bastante fantasía.

Si queremos investigar algo más general de la anatomía, como biología y evolución, el asunto es todavía más complicado, porque hay que apoyarse en muchas inferencias que solo podemos suponer, pero no evaluar directamente. Y si además queremos indagar los procesos cognitivos con estos mismos restos humanos, está claro que hay que moverse realmente con cuidado, en un desierto de información lleno de arenas movedizas y espejismos embaucadores. Si hasta los procesos cognitivos de nuestra propia especie todavía son una caja negra oculta y misteriosa, a pesar de los esfuerzos y de los recursos que hemos dedicado a sus pesquisas, ¿qué sentido tiene investigar los mismos procesos en especies que ya ni siquiera existen? De ahí las dos posiciones más frecuentes: la renuncia o la especulación.

La estrategia de la renuncia está clara: inútil hacerse preguntas sobre temas que no pueden tener respuestas. Es la estrategia quizá más avalada en los sectores más reduccionistas e integristas de la biología, donde células y moléculas representan la principal frontera del conocimiento. Duele reconocer que, a pesar de los increíbles avances en estos campos, sus éxitos en temas cognitivos siguen siendo bastante limitados. La descomposición de la realidad en sus partes mínimas puede ayudar a desvelar los mecanismos, pero no el proceso, que en cambio necesita una perspectiva de integración, y no de disección, teniendo que ver con las relaciones y no con las partes. En los casos más extremos, la renuncia no se limita a una falta de interés, sino a un rechazo emocional y contundente que lleva a proscribir y condenar con un ostracismo severo cualquier intento de poner el tema encima de la mesa de la ciencia, no reconociéndole la dignidad para cumplir con semejante honor.

El otro extremo, la especulación, curiosamente se basa en el mismo principio del otro bando, es decir la aceptación de la imposibilidad de alcanzar respuestas ciertas, pero llegando a una conclusión opuesta: dado que no se puede investigar el proceso cognitivo en las especies extintas con las herramientas de la ciencia, hay que hacerlo con las herramientas de la lógica. Es una aproximación avalada por las disciplinas humanistas, sobre todo la filosofía, y generalmente la más frecuente en arqueología o sociología. En este caso el debate se mueve en un espacio de conceptos, de definiciones, de formalismos, inducción y deducción, en un laberinto de términos y de muchos "entonces" lógicos que, no teniendo el vínculo científico de la validación, pueden llevar a cualquier lugar, o a todos sus contrarios. El formalismo lógico es un pilar del conocimiento, no cabe duda, pero ya conocemos sus límites. Primero, por su misma definición está enjaulado en la severa mordaza de la pureza de los conceptos y de los vínculos del lenguaje. La ciencia busca interpretaciones adecuadas (y sobre todo útiles) de la realidad, mientras que la filosofía valora mucho más la estructura formal y la estabilidad teórica. La complejidad conceptual de los procesos cognitivos ha llevado muchas veces la teoría a callejones sin salida, a contradicciones y a paradojas, a nudos conceptuales que no se consiguen desenredar y que, por tanto, en el nombre de un formalismo rígido e integrista, no permiten avanzar y no aceptan aproximaciones o soluciones más pragmáticas. Esto a menudo lleva el debate a una condición de inmovilismo y de rechazo de cualquier propuesta que no cumpla con los rigores de los conceptos y de las definiciones. Dicho de paso, aunque se encontrase la forma de salir de estos asedios, sería para seguir moviéndose de un contexto teórico a otro igualmente teórico, dejando abierta la cuestión sobre los objetivos reales de este camino. El segundo límite es lo de siempre: si la teoría no necesita validación, cuantificación ni prueba experimental, las hipótesis (fundadas sobre el concepto de probabilidad) no sirven, y se sustituyen por opiniones (fundadas sobre el concepto de posibilidad). Por ende, todas las alternativas tienen el mismo derecho de existir y de defenderse, perdiendo capacidad de selección de las propuestas. Aceptando todo lo que es posible y no solo que lo que sea probable, el debate se estanca con poca capacidad de confrontación y muchas barricadas, cada una con sus defensores y sus detractores envejeciendo detrás de ellas.

En los últimos años se han desarrollados campos como la arqueología cognitiva, que intenta interpretar las evidencias arqueológicas en función de las teorías psicológicas y neuropsiquiátricas, o la neuroarqueología, que analiza con las técnicas de la neurociencia los mecanismos neurales y cognitivos detrás de aquellos comportamientos asociados a la evidencia arqueológica. Son campos con limitaciones patentes, pero no debería de hacer falta recordar que todos los retos científicos lo son. Los restos son fragmentarios, las pruebas son parciales, y la respuesta fisiológica de un cerebro moderno tras un cierto estímulo puede que no sea la misma de un cerebro neandertal. Pero, si decidimos lidiar solo con los caminos que son ciertos y no tienen incertidumbres ni riesgos, estamos sencillamente negando la misma naturaleza de la ciencia.

Las pruebas directas (como huesos o herramientas) proporcionan poca información, pero es la más sincera y precisa que tenemos. Las pruebas indirectas (estudios sobre especie vivientes o experimentos en situaciones parecidas o afines a las que se quieren investigar) pueden aportar muchos más datos, aunque hay que tomarlos con mucha más cautela porque se basan en afinidades que no son ciertas. Pero de esto se trata: acumular informaciones y conocimiento para proporcionar hipótesis sensatas, que puedan ofrecer una interpretación adecuada y útil de lo que podemos observar, dentro de nuestros límites y de nuestros sesgos.

Y esto se puede hacer por lo menos intentando cumplir con cuatro objetivos. Primero, las hipótesis tienen necesariamente que apoyarse en una perspectiva multidisciplinar. Esto quiere decir que personas con competencias diferentes tienen que ocuparse de un tema común, y no (como en general se malinterpreta el concepto) que una misma persona se ocupe de muchos temas diferentes, cayendo en una todología generalmente infructuosa, buena para los salones de té, pero a menudo no muy efectiva a la hora de llegar a soluciones. Segundo, las hipótesis se llaman hipótesis porque, a diferencias de las opiniones, pueden y deben ser evaluadas, y esto pasa necesariamente a través de un factor esencial: la cuantificación. Para evaluar según un criterio común y, en lo posible, objetivo, necesitamos transformar las observaciones en algo comparable, y para ser comparable tiene que ser medible. Tercero, es bastante inútil investigar en seres extintos caracteres y procesos que no son bien conocidos en nuestra misma especie. Es decir, antes de investigar un rasgo o un proceso en cuatro huesos rotos, es aconsejable hacerlo en la mejor muestra que tenemos: siete mil millones de seres vivos. Mejora la potencia estadística, y de paso se puede llegar a descubrir algo que pueda mejorar la calidad de nuestra vida que, con todo el respeto para los neandertales, tiene prioridad sobre muchas inquietudes prehistóricas. Cuarto, las muchas incertidumbres y la extrema complejidad de estos asuntos requieren pruebas y convergencia de resultados desde perspectivas distintas. Es decir, más que en otros sectores sería mejor evitar llegar a conclusiones en función de una evidencia específica y puntual, y hay que buscar respaldos en evidencias múltiples e independientes.

Necesitamos el reduccionismo de las células y de las moléculas para desvelar los mecanismos del proceso. Necesitamos el formalismo de la filosofía para enmarcar la búsqueda dentro de una estructura fuerte y de una perspectiva que vaya más allá de los límites de la evidencia. Pero, necesitamos también el método experimental para moldear nuestras propuestas en función de lo que nos está permitido observar. Todo ello con el objetivo de indagar un proceso increíblemente complejo que llamamos "mente". Y todo ello con el único fin no tanto de encontrar la verdad, sino por lo menos de acercarnos a ella de forma sensata, útil, y coherente, excluyendo las hipótesis equivocadas más que persiguiendo la utopía de encontrar aquella única que sea cierta.

Los datos, en ciencia, no se explican: se interpretan. Y no sabiendo a dónde vamos, el camino solo se puede hacer por exclusión de las direcciones que no aciertan. Aunque pueda que exista la verdad, lo que desde luego no puede existir es la seguridad de haberla alcanzado. Feliz cumpleaños, doctor Popper.

    

Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
Página web personal

Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

Ver todos los artículos