Arboles sin cerebros (ilustración E. Bruner)Nuestro cerebro necesita manejar relaciones más que conceptos para entender procesos y hacerse una idea de los mecanismos: la red es más importante que sus propios nudos. Para ello estamos dispuestos a engañar y a engañarnos: preferimos un esquema falso (o incorrecto) a una ausencia de esquema. Lo sabemos bien los que trabajamos en la filogenia, es decir en la reconstrucción de las relaciones evolutivas entre las especies. Me parece que fue Ian Tattersall, una referencia absoluta de la paleoantropología moderna, quien dijo que es mejor no tener un árbol (filogenético) que tener uno equivocado. Coincido plenamente. Pero claro, un árbol cualquiera vende más que su ausencia. En una situación donde no es posible aportar pruebas ciertas, demasiadas veces los paleontólogos se sacan de la manga esquemas filogenéticos que cada dos por tres "revolucionan" la disciplina. Tantas revoluciones denotan, al fin y al cabo, solo una marcada inestabilidad, que más de una vez ha desatado críticas y dudas por parte de especialistas de otros campos evolutivos. Árboles y eslabones perdidos siempre venden bien, y no hay que dar muchas explicaciones al respecto, con lo cual es posible que a veces alguien tenga una aproximación algo superficial en este sentido, disfrazando un negocio por ciencia. Otros autores, en cambio, prefieren aproximaciones más razonables y objetivas, y es siempre más frecuente ver por ahí esquemas de evolución humana donde las especies, representadas por barras que ocupan un cierto espacio cronológico, no están enlazadas entre sí, dejando abierta la cuestión sobre quién es el primo, el abuelo o el sobrino de quién. Dentro del mainstream, fue Bernard Wood quien más contribuyó a promover esta aproximación, ya en los años noventa, y se lo agradecemos de corazón. Sus artículos evidenciaron que los huesos proporcionan una información bastante pobre sobre las relaciones filogenéticas, sobre todo porque hay muchos paralelismos (especies diferentes que evolucionan soluciones parecidas de forma independiente) y caracteres primitivos compartidos (que, siendo primitivos, hacen parecer similares especies que en cambio viajan separadas desde ya mucho tiempo). Hasta los músculos tienen más informaciones filogenéticas que los huesos. Músculos que, desde luego, en los fósiles ya no tenemos. Esta ausencia de "líneas" que unen las especies en los esquemas evolutivos de Bernard Wood no quiere decir entonces "no se sabe pero estamos en ello", sino "no se puede saber".

Conocer la verdadera filogenia de cualquier grupo zoológico es imposible, al no tener una máquina del tiempo que pueda enseñarnos, en el caso de los homínidos, cinco millones de años de su historia natural. Entonces lo que queda son hipótesis y opiniones. Una hipótesis es un esquema que se puede someter a evaluación. Una opinión es una corazonada, que puede ser tan infundada como iluminante, pero de todas formas se limita a un análisis subjetivo basado en los conocimientos y sensaciones del investigador. Necesitamos buenas hipótesis y buenas opiniones, pero intentando no mezclar las cosas, y hay que evitar vender vaticinios como ciencia. Más allá de las dificultades en el mismo concepto de especie, reconstruir relaciones evolutivas es complicado porque requiere informaciones sobre los mecanismos de desarrollo que se esconden detrás de los rasgos biológicos, la polaridad de estos caracteres (es decir, si son primitivos o derivados), y su correspondencia evolutiva entre especies diferentes. Esta información generalmente es escasa trabajando en grupos zoológicos con una gran variabilidad actual (como por ejemplo los insectos), y os podéis imaginar el vacío de información cuando se trabaja con grupos pequeños y fósiles (como por ejemplo los homínidos), donde un puñado de huesos rotos es todo lo que tenemos para reconstruir procesos de millones de años. Por supuesto, esto no tiene que desmotivar y conducir a la renuncia, pero sí tendría que aconsejar cautela a la hora de soltar afirmaciones demasiado rotundas.

Todos los caracteres posibles se han utilizado para proporcionar inferencias filogenéticas, desde el aparente color del pelo hasta el invisible código genético, asumiendo que compartir rasgos quiere decir cercanía evolutiva. A nivel de análisis, vamos desde el crudo parecido visual hasta complejos algoritmos que pretenden integrar en sus estructuras matemáticas las reglas del juego evolutivo. Es curioso cómo, a pesar de la importancia que siempre hemos dado a la evolución cerebral en los homínidos, muy pocos han intentado proponer relaciones filogenéticas a partir de pruebas neuroanatómicas. Y la razón podría ser sencilla: no las hay.

Primero, sabemos de sobra que la morfología cerebral, como la podemos conocer superficialmente en los fósiles, es muy parecida en grupos humanos que sospechamos ser muy diferentes. A nivel de tamaño cerebral, nuestra misma especie nos recuerda que podemos alcanzar diferencias individuales impresionantes, de más de 1000 centímetros cúbicos. Entre las especies del género Homo (que creemos conocer a partir de unos pocos individuos) estimamos en algunos casos diferencias promedias de pocos cientos de centímetros cúbicos, y en algunos casos ni siquiera eso. Por tanto, no podemos desde luego pensar de reconocer especies diferentes o relaciones entre ellas en función del tamaño cerebral. A nivel de forma anatómica (surcos y proporciones cerebrales) las cosas no mejoran mucho. Humanos modernos y neandertales presentan rasgos cerebrales más específicos que los delatan, pero todos los otros grupos extintos (como por ejemplo Homo habilis, H. erectus, H. ergaster, H. heidelbergensis) presentan una organización cortical parecida. O, por lo menos, los patrones muy similares y las escasas muestras fósiles no han permitido evidenciar ninguna diferencia que, si es que existe, ha de ser entonces bastante sutil. A estos esquemas anatómicos compartidos siempre se une una diversidad individual significativa, que no facilita la tarea. Es decir, a pesar de que todos aquellos grupos presentan una misma organización anatómica general del cerebro, cada individuo tiene sus particularidades, lo cual genera muchos problemas al intentar ordenar toda esta variación según criterios ciertos y estables.

El segundo problema es biológico: hoy en día todavía desconocemos las variaciones, los mecanismos de desarrollo, la correspondencia evolutiva y hasta las funciones de muchos rasgos cerebrales, desde la formación de sus surcos hasta sus esquemas vasculares, sin contar que sabemos muy poco sobre las relaciones entre cerebro y cráneo o las relaciones recíprocas entre las áreas del propio cerebro. Sin una información completa sobre la biología de los elementos anatómicos, cualquiera inferencia sobre sus cambios evolutivos es preliminar y especulativa. Y está claro que una información de este tipo se alcanza estudiando los individuos actuales, desde luego no los fósiles. A todo ello tenemos siempre que añadir el problema estadístico, ya que cualquier modelo cuantitativo para evaluar una hipótesis necesita números y, en general, la fragmentación y escasez del registro paleontológico no permite a menudo este tipo de garantías.

El hueso proporciona solo algunas informaciones, y unos pocos fósiles difícilmente pueden representar un cuadro exhaustivo de lo que ha ocurrido en tres continentes a lo largo de cinco millones de años. La especulación en este campo es, en parte, necesaria y estimulante, pero sería mejor no pasarse de la raya. Ahora bien, aunque la anatomía cerebral puede que no ofrezca muchos datos para relacionar especies extintas entre sí, es esencial para la interpretación de la evolución de aquellas misma especies. Es decir, un vez que tengamos una hipótesis filogenética robusta (o por lo menos sincera) sobre las relaciones evolutivas entre los homínidos, saber cómo estaban organizados sus cerebros puede llegar a proporcionar informaciones muy interesantes.

La ciencia, a diferencia de la religión, tiene que sustentarse y apoyarse en lo que es probable, no en lo que es posible. Una filogenia no tendría que ser el resultado de una impresión, y mucho menos de un algoritmo, sino una hipótesis científica basada en un amplio abanico de conocimientos, que hay que evaluar según criterios y métodos cuantitativos. El resultado de un estudio filogenético no tiene entonces que ofrecer una solución, sino la evaluación de una hipótesis previa, que puede resultar estar en acuerdo o en desacuerdo con las evidencias. Los árboles mejor dejarlos a los botánicos, que saben de ello, y en los estudios filogenéticos el cerebro, además de medirlo, sobre todo hay que intentar usarlo.

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Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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