The wonders in your head (1938)

 

Probablemente para dar o buscar un sentido a nuestra vida, queremos pensar que somos el resultado de un gran proceso, ya sea divino o natural. En el caso de la religión, bueno, el principio viene por defecto, siendo parte de su misma estructura. Sin embargo, en el caso de las ciencias naturales, la actitud choca un poco, porque suponemos que el ser humano solo es una parte de esta compleja historia, y no su trágico final. Pero, a lo largo de mucho tiempo, hemos visto la evolución como un proceso lineal, gradual y progresivo que, de forma curiosamente análoga a muchas doctrinas religiosas, culmina con nuestra especie. No ha sido suficiente que, ya desde la mitad del siglo pasado, paleontólogos, antropólogos, genetistas y ecólogos hayan explicado con toda clase de detalles por qué esta visión lineal es altamente improbable, tanto en su lógica como en el respaldo de las evidencias científicas. La prensa y la divulgación han seguido agarrándose al viejo mito del camino de la evolución, la «marcha del progreso», como se bautizó hace casi un siglo, utilizando una iconografía llena de prejuicios, de eslabones perdidos, de falsos mitos, y de esperanzas difíciles de abandonar. A pesar de ser una perspectiva científicamente desacreditada y totalmente deslucida desde hace décadas, ahí sigue, a día de hoy, en periódicos y museos de todo el mundo, con su cansina efigie de un mono encorvado que poco a poco gana la rectitud de su espalda, y de su destino. Funciona bien, en particular para el marketing, porque vende una versión simple y además anhelada, lo cual transforma un difícil proceso de conocimiento en un fácil — y sobre todo rentable — paseo hacia el entretenimiento.

No es de extrañar que nuestro órgano más vanidoso, el cerebro, no haya podido escapar a estas tentaciones novelísticas que se incrustan en la estructura profunda de la antropología evolutiva y de su divulgación. Lo más habitual, por ejemplo, ha sido coger cerebros de linajes independientes (muchas especies de homínidos han tenido un proceso de encefalización, probablemente por razones distintas y con mecanismos distintos) y ponerlos todos en una única fila, dando la idea de una progresión. Progresión que, con toda probabilidad, nunca existió. La evolución del cerebro, como la evolución en general, sigue muchas líneas paralelas, a veces es gradual y a veces es repentina (como, por ejemplo, cuando toca los genes de la regulación del desarrollo) y, sobre todo, no sigue un camino preestablecido, sino las exigencias de la ecología y del ambiente, que, en general, zigzaguean sin rumbo a lo largo de los millones de años.

La idea de una progresión cerebral única involucra el tamaño del cerebro, pero también sus componentes, y se da por hecho que este cerebro se ha ido ampliando en dimensiones y en piezas, añadiendo complejidad paso a paso. Así, por ejemplo, se sigue leyendo que tenemos una parte de cerebro reptiliano (la serpiente, raíz del pecado original), tapiada por una capa de cerebro mamífero (nuestras emociones perrunas y simiescas), y una cumbre de corteza sapiente (que, en los homínidos extintos, es proporcional al grado de cercanía con nuestra especie). Aunque nuestra necesidad finalista sigue pidiendo esta versión artificiosa de la evolución cerebral, realmente a estas alturas no sabemos dónde agarrarnos para seguir fingiendo no saber que la ciencia sugiere una alternativa totalmente diferente.

Primero se empezó a dudar de qué piezas distintas de la corteza se podrían alterar sin cambiar todas las otras con las que colaboran constantemente para cada una de sus funciones. Desde luego algunas áreas del cerebro son cruciales para una función precisa (lenguaje, cálculo, memoria, etc.), pero que sean cruciales no quiere decir que sean independientes o autónomas. El cerebro funciona como un sistema único e integrado, y, si alteramos una pieza, debemos equilibrar todo el resto. Es decir, es improbable que un cambio cerebral o cognitivo afecte un área específica de forma aislada.

Luego se llegó incluso a dudar de que existieran estas «áreas», porque cabe la posibilidad de que tal vez no haya zonas delimitadas por fronteras o genes o funciones, sino un entramado de gradientes entre las regiones sensoriales que, al solaparse, generan un puzle aparentemente formado por unidades, pero que en realidad es el resultado de una mezcla de proporciones. Es como cruzar los trazos de dos colores: en el punto donde se solapan emerge otro color, que parece un elemento distinto, aunque no es más que la combinación de las dos pinceladas.

Después se empezó a pensar que, a lo mejor, más que las regiones de la corteza cerebral, quizás lo más importante eran sus conexiones, es decir, el cableado. De hecho, incluso el más potente ordenador no sirve de nada sin sus enlaces, eléctricos o inalámbricos, y un corte muy localizado puede hundir el procesador más complejo. La perspectiva de un cerebro que funciona como una red aclara una vez más que, aunque muchas de sus áreas pueden ser cruciales para desempeñar una cierta función, no es cierto que esa función se localice en aquel punto. De hecho, si cortamos un cable, se lesiona o se apaga una cierta capacidad cognitiva, pero esto no quiere decir que aquella capacidad se hallara en aquel punto del hilo. En las últimas décadas, los estudios sobre las conexiones sobrepasan, probablemente, los estudios sobre las supuestas áreas que unen, y el cerebro se analiza como un sistema hecho de nodos y enlaces. Estos modelos sirven para entender cómo funciona un cerebro, pero también cómo se estropea, y, de hecho, se ha observado que muchas patologías se asocian a defectos en el cableado, más que en los supuestos procesadores corticales.

Finalmente, cayó también el mito del cerebro atávico: muchos estudios empezaron a sugerir que las regiones subcorticales, las que son supuestamente arcaicas y que son cruciales para las emociones, han sufrido cambios importantes en nuestra especie. De hecho, parece que evolucionan de forma integrada con las regiones de la corteza cerebral. Los humanos tenemos muchas áreas emocionales más desarrolladas que otros primates, y no más reducidas. Y uno de los recientes macroanálisis de genes y células del cerebro de humanos y chimpancés ha revelado que muchas de las diferencias que existen entre las dos especies están en el cuerpo estriado, un elemento subcortical involucrado en muchas funciones aparentemente básicas, incluso en unas cuantas que integran cuerpo y emociones. Los (muchos) autores del estudio confesaron no saber interpretar este resultado, totalmente inesperado en una cultura donde damos por hecho que es nuestra hinchada corteza racional y calculadora la que corta el bacalao.

Además, ahora se sospecha también que el cerebelo, interpretado a lo largo de mucho tiempo como un sencillo programador de funciones motoras, podría incluso llegar a coordinar las funciones de su hermano mayor, el cerebro. Y, de hecho, también en este caso lo que ha evolucionado mucho parecen ser sus recíprocas conexiones.

Ahora bien, aunque se agradece toda esta evidencia neurobiológica, cabe decir que habría bastado un poco de lógica para quedarse al menos con la duda de que un complejo órgano como el cerebro no podría haber evolucionado por parches añadidos por el camino. Incluso en un coche, es impensable cambiar drásticamente el motor sin equilibrar todo el resto, desde las ruedas hasta los frenos, los amortiguadores o el parabrisas. O, si preferimos la analogía con un ordenador, está claro que montar un procesador más complejo sin actualizar todo el resto de los componentes llevaría a un desastre seguro, con un cableado que no da de sí, memorias que se atascan y componentes que se sobrecalientan.

Una primera y evidente lección de todo esto incumbe naturalmente a nuestra percepción de la evolución. Si queremos entretener, podemos seguir con el cuento de la marcha del progreso, pero si queremos avanzar el conocimiento, será mejor dejar de lado perspectivas lineales y graduales que ven el cerebro como un amontonamiento progresivo de elementos nuevos que se añaden a la orquesta.

Una segunda consideración, a bote pronto menos aparente, atañe a la distinción entre razón y emociones, donde la primera supuestamente se sienta a la mesa del ser humano, y las segundas en la selva de los monos. Está visto que no es así, ni a nivel cognitivo ni a nivel anatómico, y puede que aquella clásica separación (a menudo conflictiva) entre cerebro y corazón no sea tan tajante como siempre nos hubiera gustado pensar. Se echan culpas a la cara el uno al otro, pero ahora sabemos que están compinchados, y en el fondo es probable que se quieran mucho.

Todo esto sin considerar que algunos incluso proponen que además el cerebro podría ser un elemento central del proceso cognitivo, pero no el único. Central no quiere decir independiente, o autónomo. En este caso, habría que considerar, entonces, elementos externos y periféricos que se han añadido como ampliaciones de la red nerviosa, extendiendo capacidades y funciones mucho más allá de las restricciones de nuestro potente pero limitado encéfalo: la tecnología.

A lo largo de su compleja evolución, el cerebro se ha ido reformando continuamente con cambios integrales, que involucraban todo su sistema, e incluso sus apéndices corporales y tecnológicos. De igual modo, también la ciencia y la divulgación científica, deberían de hacer lo mismo de vez en cuando, y reformar sus principios y certezas. Nuestras cuadrículas, nuestras convenciones y nuestras etiquetas son herramientas conceptuales muy útiles y necesarias para desglosar un problema y organizar un plan para orientarse en sus entrañas. Pero, claro, llega un momento en el que ya no dan de sí, y se convierten en un lastre que puede ralentizar o desviar el camino del conocimiento. Sin precipitarse, cuando las evidencias son claras, hay que soltar los viejos clichés, aunque sea más cómodo y fácil seguir tirando de ellos. Células y moléculas nos han desvelado cosas increíbles sobre nuestra historia natural, pero solo dan respuestas a las preguntas referentes a su proprio ser: saber cómo funciona una neurona nos dice cómo funciona una neurona, no cómo funciona un cerebro. Y menos aún cómo funciona una mente. Información necesaria, pero no suficiente. Al fin y al cabo, como decía Punset, ninguna de tus neuronas sabe quién eres, ni le importa. En el momento en el que entendemos que nuestras etiquetas ya no son adecuadas para ordenar nuestro conocimiento, hay que estar preparados para recular, y emprender nuevos caminos. Lo cual sugiere tener más cautela a la hora de deducir lo que ha pasado, y, desde luego, pocas certezas a la hora de prever lo que, tarde o temprano, puede pasar.

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Os invito a leer este artículo sobre el método científico y la evolución humana, una historia que comienza así: Érase una vez un Pitecántropo...

 

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Emiliano Bruner
Emiliano Bruner

Licenciado en biología y doctor en biología animal. Es Investigador Responsable del Grupo de Paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH) de Burgos, y profesor adjunto en Paleoneurología en el Centro de Arqueología Cognitiva de la Universidad de Colorado (EE.UU.). Se ocupa de neuroanatomía evolutiva y evolución humana.
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Sobre este blog

Antropología, cerebro y evolución son tres palabras claves difíciles de confinar entre definiciones estables y fronteras claras. Todo atañe al ser humano, a su capacidad de razonar y a su historia natural. En forma de fósiles, neuronas, o herramientas, somos al mismo tiempo sujeto y objeto de nuestro propio estudio.

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