Las noches en las selvas tropicales de la región de Calakmul en el sureste de México, en donde llevamos a cabo nuestro trabajo sobre la ecología y conservación del jaguar, pueden ser increíblemente frías. Recuerdo una noche de enero, hace ya varios años, que el frío implacable no me dejó dormir, a pesar de haberme cubierto con un suéter y una chamarra. Llevábamos ya varios días en el campamento, y ese día habíamos tenido una interesantísima plática sobre enfermedades infecciosas. Nuestra conversación se originó al comentar entre nosotros lo afortunados que éramos de que las garrapatas de la zona, que en temporadas son muy abundantes, no transmitan la enfermedad de Lyme ni ninguna otra enfermedad de la que fuéramos conscientes.

La enfermedad de Lyme es una infección que afecta a cientos de miles de personas en Estados Unidos cada año, es transmitida por la picadura de una garrapata y puede tener consecuencias graves. En Calakmul, sin embargo, estamos expuestos, con baja incidencia por fortuna, a otras enfermedades infecciosas como el dengue, transmitido por la picadura de los mosquitos. 

La plática nos llevó a comentar sobre los riesgos que representan los animales domésticos para los jaguares en la región. La destrucción de las selvas y la intromisión de poblados y potreros para el ganado en las selvas han causado que los jaguares estén cada vez más expuestos a enfermedades como el moquillo, transmitido por perros, que es causado por un virus similar al del sarampión en el humano.

Otras enfermedades como la brucelosis, causada por una bacteria, puede ser transmitida por vacas y cabras, y otras como la enfermedad del gusano del corazón, que es un gusano transmitido por la picadura de un mosquito infectado por una picadura previa a un perro infectado. Estas enfermedades pueden ser mortales para los jaguares y otros felinos silvestres como los pumas y los ocelotes.

Muy temprano, a las 4 de mañana nos levantamos y nos preparamos para tratar de atrapar un jaguar para colocarle un collar de telemetría, con el cual podemos tener datos sobre los patrones de actividad y movimiento de los animales. Esos datos son fundamentales para entender, por ejemplo, el efecto de poblados y carreteras, así como para determinar estrategias para su conservación. Ese día fuimos afortunados porque capturamos a un macho esplendoroso al que sacamos muestras de sangre para evaluar la presencia de enfermedades infecciosas.

 Siempre que capturamos un jaguar y le sacamos muestras, me lleno de zozobra al pensar que podría estar infectado de una enfermedad transmitida por animales domésticos. Por fortuna, unas semanas después, con los resultados de laboratorio, pudimos confirmar que este jaguar estaba sano. Los resultados no siempre son tan alentadores.

Este año, suspendimos nuestro trabajo de campo en febrero, por la pandemia de coronavirus, sus impactos en la salud humana, y la anticipación de que podría afectar a los jaguares y otros felinos silvestres. A pesar de que aún no se sabía si la COVID-19 los afectaba, ya sabíamos que el SARS-1 de hace una década si los afectaba. Unas semanas más tarde se comprobó que este nuevo coronavirus afecta también a los felinos silvestres.

 

La COVID-19 y muchas otras enfermedades infecciosas como el SARS, el MERS, el ébola y el hantavirus, son de origen natural, en donde la destrucción de los ambientes naturales, por un lado, ha puesto en contacto al hombre con la fauna silvestre en lugares como Calakmul en todo el mundo. Y por el otro lado, por el horrendo tráfico ilegal de especies silvestres como lo expliqué en la Parte 1 de esta serie de escritos.

Sin embargo, ya desde principios de marzo, en las redes sociales se han esparcido numerosas pseudoteorías sobre la creación o manipulación del virus en algún laboratorio de China. Las explicaciones de estas pseudoteorías son de lo más variadas, algunas con una cierta lógica y la mayoría de plano absurdas. Se ha expuesto, por ejemplo, que el virus se creó en un laboratorio para acabar con los ancianos, que son una carga para la economía. O que el propósito de crear un virus así fue como arma biológica, diseñada para acabar con la población o inutilizar por sus efectos a otra nación. Todas las teorías de la conspiración tienen una falla fundamental en la lógica de su planteamiento y en los datos científicos sobre la genética de los coronavirus y la historia reciente (y antigua) de las enfermedades infecciosas que han afectado a la humanidad en las últimas 3 o 4 décadas.

La falla en la lógica de la creación del virus en un laboratorio radica en lo difícil, si no imposible, de su control. Las armas biológicas incluyen a enfermedades producidas por bacterias, virus, rickettsias, hongos, toxinas y otros agentes biológicos, que pueden utilizarse como armas contra humanos, animales o plantas. Un patógeno puede ser un arma destructiva formidable. Sin embargo, ese potencial destructivo del patógeno actúa como su propio elemento de disuasión, ya que en el intento de infectar a un enemigo se podría causar una pandemia en la población del país que diseño al patógeno. Las enfermedades no tienen mecanismos de discriminación de poblaciones humanas, por lo que una pequeña liberación intencional o accidental pueden tener consecuencias muy graves en el país que las haya producido. Esa falta de efectividad para controlar la enfermedad es la falla más importante en la lógica en la que se basan las teorías de la conspiración en relación al Covid – 19.

Por otro lado, la genética del coronavirus que ha causado la pandemia actual es extremadamente similar a otros coronavirus de especies silvestres de murciélagos y pangolines. Las diferencias entre esos virus hacen que sea prácticamente imposible que el virus hubiera sido "creado" o manipulado en un laboratorio y que se hubiera liberado de manera accidental. En las últimas 3 décadas, han ocurrido entre 30 y 50 brotes de nuevas enfermedades infecciosas zoonóticas, es decir transmitidas por animales silvestres, principalmente virales que han afectado al ser humano o animales domésticos. El surgimiento de tales enfermedades ha estado asociado a dos factores principales: la destrucción del hábitat y la explotación ilegal (y a veces legal) de especies silvestres.

Desde hace un par de décadas he mencionado en mis pláticas y escritos  sobre la posibilidad de pandemias derivadas de la destrucción de los ambientes naturales y el tráfico ilegal de especies, que además se encuentran entre las principales causas de la extinción de especies. Nunca me imaginé, honestamente, que llegaría a ver una pandemia de esta magnitud en mi vida. Siempre estimé que, si algo así ocurriría, sería décadas más tarde. Pero no fue así, y hoy la humanidad se ve doblegada por un flagelo que podría haberse evitado. A lo largo de tantos años siempre me ha parecido inexplicable cómo es posible que estemos siendo testigos de uno de los mayores eventos de extinción en la historia de la vida en la Tierra, y el único evento de esta magnitud en la historia de la humanidad, y no hayamos reaccionado de otra manera. Nuestra indiferencia es en verdad sorprendente y vergonzosa, por decir lo menos, y es una de las amenazas existenciales más severa, que se ve reflejada en esta horrífica pandemia que quita el sueño y roba la esperanza a toda la humanidad. Espero que al despertar de esta pesadilla, hayamos aprendido de esta dolorosísima lección y encaminemos a la humanidad por un camino social y ambientalmente más justo. Esto no es una opción; es la batalla para sobrevivencia de todos los seres vivos y de la humanidad.

Sobre este blog

Se presentarán el panorama ambiental a nivel global y los principales retos en materia de: cambio climático, pérdida de especies, sobrepoblación humana, entre otros que conciernen a toda la humanidad.

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