Si un alienígena atento y objetivo observara la Tierra, ¿qué pensaría de la enorme cantidad de tiempo y esfuerzo dedicados, de tantas ilusiones y congojas sufridas y debidas a la búsqueda de pareja?

Desde un punto de vista estrictamente biológico, podría pensar que la razón intrínseca de los organismos que nos reproducimos sexualmente sería tener cuanto más descendencia mejor. Destinar tantos recursos para al final, quedarnos con una pareja con la que tener descendencia (que a sus ojos, probablemente sería igual o muy similar en atributos a cualquier otra posible pareja, le llenaría de sorpresa). Podría incluso pensar que la selección natural debería actuar en contra de tal dispendio de energía, y que deberían presentar una mayor "fitness" biológica aquellos organismos que no hagan del establecimiento de pareja una actividad tan dilapidadora.

Una explicación plausible sería que la búsqueda de pareja permite encontrar organismos con una mayor compatibilidad genética y que, por ejemplo, los posibles descendientes presenten vigor híbrido (la heterosis o vigor híbrido es un fenómeno conocido en genética, y que ocurre cuando se cruzan organismos de la misma especie pero de distinta cepa, o de relación genética lejana, con lo que los descendientes suelen ser heterocigotos para muchos genes, con una menor probabilidad de sufrir enfermedades genéticas recesivas debidas al exceso de consanguinidad). Podríamos pensar también en otras explicaciones, que no sean la calidad de los genes en sí mismos. 

Posibles beneficios de la elección de pareja según su genética o su comportamiento.

Un artículo recién publicado en PLoS Biology (http://127.0.0.1:8081/plosbiology/article?id=info:doi/10.1371/journal.pbio.1002248) aborda esta pregunta, escogiendo como modelo de estudio los pinzones cebra, unas pequeñas aves australianas (zebra finch, en inglés), que son monógamas, se aparean de por vida, y en que ambos progenitores comparten por igual el cuidado de su descendencia. El resultado del trabajo es espectacular. En esta especie, la selección de candidatos y la elección de pareja está directamente relacionado con la supervivencia de su descendencia, pero no por un incremento de calidad genética, sino por un cambio de actitud en la protección y cuidado de las crías.

El experimento se realizó con animales no apareados recogidos de su hábitat natural. Se dejaron en el mismo espacio machos y hembras para que pudieran escogerse, y tras un período de cortejo/conocimiento se establecieran parejas. Se apartaron las parejas "enamoradas" de forma que pudieran convivir y aparearse, pero para unas cuantas de estas parejas, se separaron machos y hembras y se les forzó a aparearse con hembras y machos de otras parejas que también se habían "enamorado". Y... ¡oh, sorpresa! cuando se observó la descendencia de ambos tipos de apareamiento, se detectó un 37% de supervivencia menos en los apareamientos forzados en parejas "con el corazón partido" que en los que se habían "enamorado" y escogido como la mejor pareja posible. Y cuando de forma científica se diseccionan las razones por las que la supervivencia es claramente menor, la razón principal es comportamental.

¡Por sinergia parental, nada más y nada menos!

En ambos tipos de parejas la mortalidad embrionaria de los huevos es parecida, por tanto, no es una cuestión de una mejor o peor combinación genética. La explicación radica en que en las parejas "no enamoradas", los dos miembros actúan con menor sincronicidad y complicidad, las hembras son menos receptivas a los avances del macho, por lo que las parejas copulan con menor frecuencia; había un mayor porcentaje de infidelidad (¿descontento? ¿en busca de sus parejas originales?) y, por último, los machos de estas parejas descuidan con mayor frecuencia el cuidado de su progenie, incubando menos sus huevos, alimentando con menor frecuencia a las crías o, directamente, obviándolas.

Análisis de mortalidad embrionaria (peor/mejor combinatoria genética) y de mortalidad de las crías (descuido/cuidado parental)

Es decir, en los pinzones cebra, el hecho de buscar y encontrar a su media naranja (a partir de criterios idiosincráticos y esotéricos para el observador) les estimula a cuidar de sus descendientes. Así, pues, al menos en esta especie (y podríamos pensar que puede ser algo extrapolable a muchas otras especies monogámicas) el dispendio energético y emocional ligado a la búsqueda de pareja, revierte al final en una mayor fitness, puesto que un mayor porcentaje de su descendencia llega a buen término y por ello está seleccionado a favor (http://journals.plos.org/plosbiology/article?id=10.1371/journal.pbio.1002249).

Si nuestro alienígena ahora se planteara no el por qué sino el cómo, quizás debería buscar en las variantes del promotor del gen que codifica para el receptor 1a de la vasopresina (Avpr1a) , variantes genéticas que en un pequeño roedor, el topillo, explican por qué el topillo de la pradera (Microtus ochrogaster) es monógamo y ambos progenitores cuidan de la descendencia, mientras que en su pariente cercano, el topillo montano (Microtus montanus), es polígamo y sólo la hembra se encarga de sus crías.... ¿no os suena de nada esta historia?... la dejaremos para otro día.

Gemma Marfany
Gemma Marfany

Profesora titular de Genética (Universidad de Barcelona-UB), con una amplia trayectoria científica y académica en genética (Barcelona-Edimburgh-Oxford). Dirige un grupo de investigación en genética molecular dedicado a identificar y caracterizar genes causantes de enfermedades genéticas humanas. Es miembro del Instituto de Biomedicina (IBUB), adscrita al CIBERER y consultora del Observatorio de Bioética y Derecho (UB). Cree que la divulgación científica es, todavía, la asignatura pendiente de los científicos.

Sobre este blog

¿Qué somos y adónde vamos? ¿Qué rara combinación de instrucciones nos dirige, nos determina, nos conforma? Los genetistas intentamos saber qué somos los organismos vivos, pero sólo una sociedad bien informada puede ser libre para escoger adónde vamos.

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