Hace unos años recibí una invitación para dar una charla en lo que, a priori, era un escenario incómodo para alguien que iba a hablar de desertificación. Era el 50 Aniversario de Koppert, una empresa holandesa especializada en la investigación agraria que había encontrado en Almería un buen lugar para desarrollar sus productos. Acudí con cierta prevención, esperando un público poco amigable, pero he de reconocer que el trato fue exquisito, el público atento y educado y, aunque mi mensaje me dejaba como el alucinado del evento, creo que algo quedó.
En efecto, hablé de desertificación y quise aclarar los equívocos y tópicos reiterados, como es confundir desertificación con el avance de los desiertos, o equiparar el término, en exclusiva, con la erosión del suelo. Traté de hacer ver que hay un componente climático y otro humano. Que la sobreexplotación de los recursos hídricos, especialmente los subterráneos, era un claro ejemplo de desertificación. Y que esa sobreexplotación se debía, en muchos casos, incluyendo los acuíferos de la provincia de Almería, a un bombeo excesivo debido a que la superficie en regadío se había expandido hasta límites insospechados.
Obviamente yo jugaba el papel de aguafiestas, lo que suele ocurrir cuando uno habla de desertificación. El inicio de este proceso se solapa con la prosperidad de zonas poco desarrolladas. Es el gran inconveniente de la lucha contra este problema, que obliga a gestionar muy bien esa delgada línea entre desarrollo y degradación, e impedir que el enriquecimiento no desemboque en una situación peor que la de partida. Incidí en el carácter efímero de esa riqueza, como ya antes había sucedido en la sierra que había a la espalda del auditorio. En el siglo XIX la Sierra de Gádor fue talada para alimentar los hornos que fundían el plomo extraído de las entrañas de la tierra. Hubo un brote de prosperidad, las empresas inglesas a cargo de la explotación, repartieron buenos dividendos entre sus accionistas. A medida que el suelo quedaba expuesto a la erosión se fundía más plomo. Las tormentas se fueron llevando el suelo fértil al fondo del Mediterráneo. Fueron años de euforia que trajeron décadas de pobreza. La sierra fue abandonada y ahora unos raquíticos pinos plantados para controlar la erosión apenas dan verdor a un territorio ocre y pedregoso.

Pino solitario en la Sierra de Gádor

Es cierto que lo de "efímero" es necesario contextualizarlo, ya que más de cinco décadas de producción agrícola no casa precisamente con el concepto de "efímero". Pero si ampliamos un poco la mirada, sin llegar a la de un geólogo, veremos que medio siglo no es nada en el devenir de la historia y que, quizás, cuando se vuelva la mirada atrás, este saqueó hídrico sea juzgado como una gran insensatez. En efecto, el principal ingrediente para la vida, acumulado a lo largo de siglos bajo los suelos raquíticos almerienses, se ha esfumado en unas pocas décadas para enriquecimiento de unos pocos (nuestros coetáneos) y miseria de otros muchos (nuestros descendientes).
La gravedad de mi mensaje, sin embargo, había sido desactivada mucho antes de mi intervención. A tan importante evento habían sido convocadas las fuerzas vivas de la provincia. Alguno, además, estaba encargado de ejercer de maestro de ceremonias y traía su charla apuntada en un papel, doblada en cuatro partes en el bolsillo interior de la chaqueta. Era uno de esos viejos guerreros que se habían hecho a sí mismos. Que con su esfuerzo y audacia había levantado un emporio a partir de un erial polvoriento. Eran esa estirpe de pioneros que, orgullosos, tras una dura vida de sacrificios y privaciones, recordaban cómo, de la nada, Almería se convirtió en una referencia mundial, en un centro tecnológico de primer orden. De ser la última provincia española, ahora la horticultura generaba millones de euros de beneficio. Era el motor económico de la provincia.
Aquel papelito encerraba prodigios de todo tipo. Incluso milagros. Espoleado por su entusiasmo, el ponente dejó una frase para el recuerdo: "aquí bajo nuestros pies, hay una cantidad de agua infinita". Alegando secretas conexiones con Sierra Nevada, aseguraba que aquella fuente inagotable y perpetua de agua nos haría ricos para siempre. Disney le hubiese comprado la historia. Los finales felices venden.

Involución del lago Urmia, Irán. (https://jast.modares.ac.ir/article-23-16338-en.html)

Como no podía ser de otra manera, el frenético ritmo de extracción ha provocado el declive de los acuíferos de la zona. Ya advirtió de ello el IGME, en su monumental Atlas Hidrogeológico de Andalucía, con capítulos dedicados a Dalías y Níjar. Distintos investigadores, que durante años han estudiado la zona, corroboran este grave deterioro. Los efectos de esta visión del agua tan optimista como la escuchada en el auditorio de Roquetas, ese mantra que sostiene que nunca se acaba, se extiende por todas partes. El declive de enormes masas de agua subterránea está documentado en múltiples investigaciones. El caso más reciente es el "fallo hídrico" de un país como Irán que, en poco tiempo, ha visto cómo todas sus aguas subterráneas se han ido al garete y, de postre, han liquidado el lago Urmia, uno de los más grandes del mundo. Todo gracias a la puesta en riego de miles de hectáreas en un país más bien seco. No es un caso aislado: ¿De verdad pensaban en el desierto Arábigo que por más alfalfa que regasen nunca se agotaría el agua del subsuelo? ¿Cómo es posible que alguien pueda afirmar que un saldo negativo (entrada de agua = 0; salida de agua >0), año tras año, no conduzca a que el depósito se vacíe? Solo un irresponsable –o un lunático– puede conducir un coche creyendo que no es necesario repostar. En el fondo, el irresponsable está seguro de que cuando se quede tirado en la cuneta, ya vendrá alguien a rescatarle.
Y ese es, precisamente, el razonamiento soterrado en el uso irracional de los recursos hídricos. El sentir general de una población que considera los invernaderos lo más cercano a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre -una máquina de hacer billetes- ejerce una presión tremenda sobre los políticos. No pueden dejarlos caer, por más soberbio e insostenible que sea su discurso. Cuando el agua se acaba, se construyen transvases, embalses o desaladoras. Entonces sí, la posibilidad de convertir el océano en agua de riego confirma que el agua es infinita. Solo un aguafiestas matizaría la cantidad de inconvenientes técnicos, ambientales y económicos que hacen inviable esa propuesta.
Quizás por ello nadie presta mucha atención al agua disponible y apenas forma parte de la dialéctica en curso. En los magníficos informes que Cajamar hace cada año sobre las campañas agrícolas, encuentro la palabra "agua" 5 veces a lo largo de sus más de 70 páginas. En la cuenta de resultados de las explotaciones el agua acapara el 2,5-3% de los costes. Y si uno pregunta a un agricultor por su negocio, le hablará con pelos y señales de las variedades que utiliza, su rendimiento, el precio, etc. Pero el agua no es algo que le fascine o preocupe. Las encuestas que sondean la percepción de los principales problemas de los productores confirman ese desinterés: es el séptimo en una lista de diez donde los verdaderamente importantes son los tres primeros.

El sistema de producción hortícola protegido de la provincia de Almería. 2016 IFAPA, página 41

Lejos de atisbar propuestas alternativas, la negación de la evidencia se sigue imponiendo. Y no manan precisamente de indocumentados. Leo con estupor la ambiciosa idea de dos profesionales con experiencia técnica y política innegable. No solo no abogan por reducir la superficie de regadío (como desde hace años recomiendan múltiples trabajos), sino que consideran que es posible poner en regadío las más de 16 millones de hectáreas de cultivos que hay en España. Sí, han leído bien: regar todo. Son cosas como estas las que definitivamente le dan la razón a Herbert Simon, quien afirmaba que la racionalidad del ser humano es limitada. No pensé que tan limitada. En esta línea de pensamiento mágico no descartemos propuestas complementarias del tipo: "aprovechemos los 2300 m3/s que le sobran al Ebro para conectar una tubería y derivar toda esa agua dañina que, antes de perderse en el mar, causa estragos, y así regar las sedientas tierras del sur. Con cada hora que esté la tubería enganchada se cubren las necesidades de 1840 hectáreas de invernadero durante un año (1); en menos de un día se riegan todos los invernaderos de la provincia de Almería (2)."
Cuando estos discursos populistas e inflamados topan con la realidad matemática de que si salen más gallinas de las que entran el gallinero se vacía, entonces se pone en marcha el plan B. ¿En qué consiste? Sencillo, en echar balones fuera. Por completar la metáfora anterior: No es que yo gestione mal el gallinero, es que las gallinas se las ha comido un zorro, que es el malo de la película. Esto de que la culpa es de otro es muy humano, hay que comprenderlo. Cuando ya no sale más agua del pozo, la culpa es de la sequía. Ahora está más en boga decir que es del cambio climático, que se ha convertido en un saco de boxeo que lo aguanta todo.
La solución al problema del agua no es única ni sencilla. Los cimientos sobre los que construirlas son el sentido común y la aplicación de las leyes. Éstas se han redactado y pensado para prevenir los problemas que nos acechan y evitar la sobreexplotación de los recursos hídricos. Sin duda en este cóctel de soluciones tienen cabida las de corte tecnológico, como la mejora en la eficiencia en el uso del agua o la construcción de determinadas infraestructuras. La reutilización de aguas para el riego, por ejemplo, se presenta como una medida que solventa varias problemáticas de un plumazo. Pero no se pueden dejar fuera del abanico de medidas todas aquellas que afrontan la escasez desde la gestión de la demanda, como es la recuperación de costes. Es más, estas deberían ser protagonistas frente a las que están orientadas a seguir ofertando agua. El enorme respaldo social del regadío –que sigue considerándose como la gallina de los huevos de oro– no puede pisotear la legislación vigente (Directiva Marco del Agua y Ley de Aguas), como ocurre de manera repetida. La proliferación de pozos ilegales o el desacato de sentencias que obligan a sellarlos son comportamientos intolerables que se insertan en esta estela demencial que rodea al uso del agua. Además de implementar soluciones, quizás antes que nada haya que entender que el agua sigue siendo un bien limitado, por más que nos empeñemos en creer que no se acaba nunca. Solo el 2,5% del agua del planeta es agua dulce y, de esa, solo el 31% está (o estaba) en acuíferos (el 0,79% del agua total). Es perentorio gestionar bien esa poca agua disponible y pensar bien en qué la utilizamos.

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(1) (2300 m3 s-1 · 60 s min-1 · 60 min h-1)/4500 m3 ha-1 año-1

(2) En concreto en 17,59 horas: 32368 ha /1840 ha h-1

 

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Fernando T. Maestre, Santiago Soliveres y Jaime Martínez Valderrama
Fernando T. Maestre, Santiago Soliveres y Jaime Martínez Valderrama

Fernando Maestre es profesor de ecología e investigador principal del Laboratorio de Ecología de Zonas Áridas y Cambio Global de la Universidad de Alicante. Ha estudiado las zonas áridas de cinco continentes y recibido los premios de la Academia de Ciencias-Fundación Pascual en Ciencias de la Vida, el "Miguel Catalán" y el "Humboldt Research Award". 

Santiago Soliveres Codina es investigador Ramón y Cajal en la Universidad de Alicante. Ha trabajado en zonas áridas de Australia, España, EE. UU. y Marruecos, sobre todo en relaciones biodiversidad-funcionamiento, matorralización, interacciones entre plantas y efectos del pastoreo.

Jaime Martínez Valderrama es investigador postdoctoral en la Universidad de Alicante. Es especialista en desertificación y modelos de simulación. Tiene más de 20 años de experiencia en diversas zonas áridas del mundo y cuenta con decenas de publicaciones además de varios libros, entre los que destaca Los desiertos y la desertificación.

Sobre este blog

Una mirada al presente y futuro de las zonas áridas desde la ecología. Hablaremos de temas y lugares que nos acercarán a comprender mejor los ambientes áridos, cómo los estudiamos y cómo están cambiando en respuesta al cambio ambiental global en el que estamos inmersos.

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