[Brett Jordan]

Mis primeros pasos en el estudio de la desertificación estuvieron flanqueados por la mítica tragedia del Sahel. Aquel episodio, ocurrido en los años 70, fue el nacimiento de la era moderna de la desertificación y supuso el espaldarazo definitivo para que se considerase un problema medioambiental de primer orden mundial. Se empezó a fraguar lo que más adelante, en la Cumbre de Río del 92, se conocería como la Convención de Naciones Unidas sobre Desertificación. Junto con la de Biodiversidad y Cambio Climático, formaron las denominadas 'tres convenciones hermanas', e ilustraban las principales preocupaciones medioambientales de finales del siglo XX (los residuos plásticos aún no habían dado la cara).

De manera sucinta, la tragedia ocurrida en el Sahel (que aparece relatada en numerosas publicaciones), fue consecuencia de una serie de hechos de naturaleza climática y socioeconómica. El Sahel es una franja al sur del desierto del Sahara que se extiende desde el Atlántico hasta Sudán. En su límite septentrional llega hasta la isoyeta de los 100 mm, ocupando una zona de transición compuesta por estepas áridas y sabanas abiertas que se van tupiendo de vegetación gradualmente a medida que nos desplazamos hacia el sur y aumentan las precipitaciones.

Localización del Sahel y precipitaciones registradas durante el pasado siglo.

Tradicionalmente, estas tierras han sido aprovechadas por un pastoreo nómada, que consume la hierba que se encuentra a su paso tras las esporádicas lluvias de la zona y fertiliza el terreno con su estiércol según lo recorre, dejándolo descansar hasta la siguiente pasada. Como muestra la serie temporal del índice de precipitación, lo habitual en zonas áridas es que haya grandes desviaciones respecto a la media, y prueba de ello es la convivencia de períodos relativamente húmedos, interrumpidos por severas sequías. Durante el inicio de la década de los sesenta las precipitaciones fueron mayores de lo habitual. Los pastores se establecieron con sus rebaños atraídos por unas lluvias y pastos que se prolongaban más tiempo del habitual. Vivieron años de prosperidad pero la sequía volvió con fuerza. El período seco que se inició en 1970 terminó por atrapar a 3 millones de personas entre el gran desierto del Sahara, al norte, y las tradicionales tierras de cultivo, más al sur, cuya población también había aumentado. Como consecuencia de ello los recursos fueron esquilmados y la fertilidad de la tierra se agotó. Se esperaba un milagro, que volviesen las lluvias de manera tan repentina a como habían desaparecido. Los pastores habían invertido todo lo que tenían y aguantaron hasta que la sobreexplotación de los recursos forrajeros acabó con el ganado y, después, con ellos. Así fue cómo entre 50.000 y 250.000 personas perecieron, mientras que las cabezas de ganado perdidas se contaron por millones.

Este es el relato que leí y escuché a algunos de los mejores especialistas en desertificación en el mundo. Mi sorpresa fue mayúscula cuando di con el libro The end of desertification, editado por científicos también de mucho prestigio en esta materia. La frase que hizo tambalearse los principios sobre los que se sostiene mi tesis doctoral y el concepto de desertificación es la siguiente: "The opening chapters of this book examine something that never occurred but was widely believed to have existed—the late 20th century desertification crisis in the Sahel". Confundido, volvía a leerlo y releerlo y a examinar en detalle los capítulos que lo desarrollaban. ¿Qué pasaba con mi tesis? ¿Estaba construida sobre una gran mentira? ¿Tendría que volver a hacerla? ¿O era esta la gran mentira? ¿Había el hombre puesto el pie en la luna? ¿La Tierra era plana? ¿Es la Covid un invento propagandístico de las farmacéuticas para sacarnos los cuartos? Todo se tambaleaba.

Esta es una de las principales consecuencias del fenómeno de la posverdad. Crear dudas, grietas, eludir toda certeza. O que haya muchas. Que sea más fácil influir en la opinión de ciudadanos confusos que no tienen una verdad a la que agarrarse. No te preocupes, te dice el propagador de verdades alternativas, que yo te hago una a medida.

Cuando se trata de temas más o menos espurios, opinables, fabricados precisamente para generar polémica (los penaltis y las manos se llevan la palma; están concebidos para discutir), tiene un pase que haya 'verdades' (opiniones) completamente opuestas. Pero se supone que la ciencia se ha erigido en el productor de verdades, sustituyendo a religiones, creencias, sensaciones, libros sagrados, lectura de posos de café, etc. Para ello se vale de una serie de métodos y procedimientos replicables, transparentes, que le permite ratificar o verificar que algo realmente es. No es opinable. Una vacuna de Pfizer tiene una efectividad de un 90% . Es una verdad soportada en el ensayo repetido en miles de personas. Tras el correspondiente análisis estadístico se ha determinado ese valor, con un margen de error que el procedimiento estadístico también define perfectamente. Podrán haber opiniones al margen, discusiones, yo me la pongo o no, yo creo que..., pero la realidad es que de cada cien personas que se pongan la vacuna, 90 estarán inmunizadas frente a la COVID durante al menos nueve meses, suponiendo que no haya mutaciones nuevas que la desbaraten. Esta es otra de las características de las verdades científicas, suelen tener una nota a pie de página amplia, especificando los supuestos. Eso las hace menos vendibles que los mensajes más compactos de sus competidores: si te portas bien vas al cielo; si comes cerdo, entonces no.

Tampoco podemos caer en la enorme simplificación de que todo lo que se publica en una revista científica es verdad. De hecho se publican cosas contradictorias. La ciencia y los científicos pueden tener detrás fuentes de financiación interesadas en certificar científicamente ciertas afirmaciones. Y pueden equivocarse, no son infalibles. Lo que aparece en Nature no tiene el peso de una escritura sagrada. Para separar el grano de la paja hacen falta años. Entonces emergen las verdades científicas inopinables.
Hace un par de milenios un tal Eratóstenes se valió de un palo y de la sombra para atreverse a afirmar que la Tierra era redonda. Su razonamiento sigue vigente y ha sido confirmado mediante otras evidencias y experimentos (en ciencia se puede llegar a una misma verdad por distintos caminos). Newton propuso en 1687 la ley de la gravitación universal mediante la que se puede calcular, entre otras cosas, la velocidad a la que cae una piedra que se tire desde un acantilado. Aún hoy en día, 334 años después, si usted tira una piedra por un acantilado va a caer al mar con una aceleración de 9,8 m/s2. Si se queda suspendida en el aire o sale disparada hacia arriba tome nota de las condiciones y repita el experimento. Y que lo repita otra gente. Si los resultados persisten habrá desbancado a Newton. Si no, es que se lo ha inventado.

¿Cómo se digiere la nueva realidad de que en el Sahel no pasó nada? ¿Fue todo un invento? ¿No hubo sequía? ¿No murió el ganado? ¿No murió gente? Páginas después, la atronadora revelación se matiza levemente con un condicional: "If desertification denotes an environmental crisis consisting of irreversible degradation on a sub-continental scale, then the most significant thing about desertification in the Sahel is that it never happened". Los autores utilizan dos argumentos para cuestionar el caso del Sahel. El primero es que asumen una narrativa distinta de la que he presentado. Precisamente todos los que estudiamos problemas de desertificación tratamos de aclarar que la desertificación no es el avance del desierto. En el Sahel se ha caído en ese error y los autores tratan de deshacer el entuerto, con lo que estoy de acuerdo.

Típica imagen asociada a la desertificación, con la que se da a entender que es el avance del desierto.

El segundo argumento se presta a una mayor discusión. Los autores muestran evidencias de reverdecimiento en el Sahel (las hay en más estudios). En efecto, la hierba ha vuelto a crecer. Si se asume que la desertificación tiene la condición de irreversibilidad, entonces el que haya hierba descarta que hubiese desertificación. Nos adentramos en un terreno pantanoso y chocamos con la ambigüedad de la definición de desertificación. En ella no se explicita este carácter irreversible al que se alude, aunque en muchos casos así sea. Por ejemplo, la pérdida de suelo supone una condena de varios cientos o miles de años puesto que, de media, en un año se acumula tan solo 0,046 mm de suelo fértil. La salinización del suelo como consecuencia de riegos mal diseñados también lleva a pensar que la recuperación de la fertilidad va a ser en otro eón. La desaparición de enormes lagos o mares endorreicos es definitiva e irreversible, cuando menos a escala humana.

Pero hay otro tipo de recursos que se agotan y pueden recuperarse de manera natural en unas pocas décadas. Un acuífero puede vaciarse como consecuencia de bombeos excesivos, pero si esa dinámica se revierte y las lluvias son generosas entonces puede recuperarse, como ha ocurrido en el acuífero Occidental del La Mancha (aunque de nuevo presenta preocupantes indicios de deterioro). Lo mismo sucede con el pasto acostumbrado a prosperar en suelos rácanos, que puede volver a crecer si hay un reservorio de semillas suficiente (qué además pueden llegar transportadas por el viento). Sin embargo, este comportamiento cíclico, con pronunciadas subidas y bajadas, no es deseable. Cada caída es sinónimo de crisis y en este contexto son malas noticias. Cuando menos paro y pobreza. En su vertiente más amarga pérdida de vidas humanas, como ocurrió en el Sahel. Además, el re-greenig o reverdecimiento ofrece un argumento que se puede retorcer. Es como una especie de carta blanca a hacer cualquier cosa, puesto que la naturaleza se recuperará por si misma. Hay situaciones en las que, a pesar de que el paisaje vuelva a estar verde, la degradación persiste. En la sierra de Gádor (Almería) hay una cubierta vegetal mucho más densa que la de su pasado minero, pero el suelo que se perdió no se ha recuperado y la composición de esa cubierta vegetal dista mucho de parecerse a las encinas de antaño. Ahora hay unos pinos enanos, incapaces de prosperar en suelos tan delgados.

Pino solitario contemplando el mar (Sierra de Gádor, Almería)

Hace medio siglo una sequía (variaciones climáticas) unida a una creciente presión ganadera (actividades humanas inadecuadas) tuvo como consecuencia la degradación del suelo y el pasto con graves repercusiones en la población local (desertificación). Y después creció la hierba (re-greening). Todo esto son hechos. Llegamos a una encrucijada interesante en la que posiblemente sea necesario cambiar o matizar la definición de desertificación (otra vez). A la luz del caso del Sahel algo que se denominó desertificación puede dejar de serlo porque la degradación no fue total y el paisaje volvió a ser verde. Volviendo al fútbol, es como si aplicásemos una especie de VAR y recalificásemos, décadas después, lo que allí ocurrió. El caso, a mi modo de ver, sigue teniendo toda la pinta de desertificación (distintos trabajos argumentan que, a pesar del reverdecimiento, como en Gádor, el sistema sigue degradado) y no puede achacarse, únicamente, a la irrupción de una sequía. Los efectos de esta hubiesen supuesto el abandono temporal de esos territorios de pastoreo. Sin embargo, la sobredimensión del sistema económico debido al período húmedo anterior canceló la forma tradicional de enfrentarse a las sequías, que era huir. Ese componente humano en la tragedia es la que, definitivamente, le hace encajar en el esquema de desertificación. La discusión parece centrarse, por tanto, en el tiempo que dura esa degradación y en que, de no ser permanente, podemos continuar considerándolos como casos de desertificación o no.

En todo caso, descartemos posverdades, al menos en ciencia. En este ámbito lo único que cabe es trabajar con los datos disponibles para mejorar las teorías existentes o crear nuevos paradigmas.

Agradecimientos: La foto que encabeza este post es de Brett Jordan y es de uso gratuito. Desde aquí le agradecemos su trabajo.

Fernando T. Maestre, Santiago Soliveres y Jaime Martínez Valderrama
Fernando T. Maestre, Santiago Soliveres y Jaime Martínez Valderrama

Fernando Maestre es profesor de ecología e investigador principal del Laboratorio de Ecología de Zonas Áridas y Cambio Global de la Universidad de Alicante. Ha estudiado las zonas áridas de cinco continentes y recibido los premios de la Academia de Ciencias-Fundación Pascual en Ciencias de la Vida, el "Miguel Catalán" y el "Humboldt Research Award". 

Santiago Soliveres Codina es investigador Ramón y Cajal en la Universidad de Alicante. Ha trabajado en zonas áridas de Australia, España, EE. UU. y Marruecos, sobre todo en relaciones biodiversidad-funcionamiento, matorralización, interacciones entre plantas y efectos del pastoreo.

Jaime Martínez Valderrama es investigador postdoctoral en la Universidad de Alicante. Es especialista en desertificación y modelos de simulación. Tiene más de 20 años de experiencia en diversas zonas áridas del mundo y cuenta con decenas de publicaciones además de varios libros, entre los que destaca Los desiertos y la desertificación.

Sobre este blog

Una mirada al presente y futuro de las zonas áridas desde la ecología. Hablaremos de temas y lugares que nos acercarán a comprender mejor los ambientes áridos, cómo los estudiamos y cómo están cambiando en respuesta al cambio ambiental global en el que estamos inmersos.

Ver todos los artículos