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¿Qué estrategias hay que seguir para recuperar lo más rapidamente posible y con el menor daño a niños que hayan sufrido algún accidente cerebral que afecte a sus lóbulos frontales? Como es bien sabido, los lóbulos frontales son el receptáculo privilegiado de las funciones ejecutivas (véase Tirapu-Ustárroz, Cordero-Andrés y Bausela-Herreras, 2018 y Flores y Ostrosky-Shejet, 2012). En la infancia, el desarrollo cognitivo, conductual, emocional y de la personalidad pueden quedar gravemente amenazados por un accidente de esas características. Como es obvio, cuanto más temprano sea el daño mayor puede llegar a ser el impacto. Damos, a continuación, una serie de consejos que, con la participación indispensable de especialistas en desarrollo infantil, deben tener en cuenta los familiares del niño:

1. Si el niño es muy pequeño, hay que aprovechar que el desarrollo de los lóbulos frontales es un proceso relativamente tardío, para aplicar técnicas de modificación de conducta. Siguiendo a Deaton (1987), hay que evitar los siguientes errores en el proceso:

1a. Obviamente, evitar reforzadores negativos. Causan baja autoestima y depresión.

1b. Un error muy común es reforzar la evitación de conductas no deseadas. Se consolida, entonces, la conexión entre existencia de beneficios si se eliminan conductas no apropiadas.

1c. Usar al inicio de una actividad numerosos recursos para obtener la meta prefijada.

1d. No buscar la generalización de lo aprendido.

1e. No retroalimentar al niño, permitiéndole observar las conductas positivas de sus compañeros pero sin caer en recriminaciones basadas en comparaciones absurdas con modelos ideales positivos, que lo único que hacen es aumentar el estrés y la autopercepción de incapacidad por parte del niño. En tal caso, se consigue mucho más si se invita al niño a contemplar sus propias acciones inadecuadas a través de grabaciones en el móvil.

1f. Interactuar con grupos grandes. Tampoco se trata de encerrar al niño en una torre de marfil, siempre interaccionando en un aula con dos o tres compañeros que presenten su misma circunstancia. Pero los grupos grandes son una fuente de desorientación y de excesivo estrés. Por lo tanto, hasta que un niño con daño frontal pueda zambullirse en unidades grandes, es preciso trabajar el trato individualizado en un contexto pequeño, manejable y relajado.

1g. Complicar demasiado pronto las tareas planteadas. Por supuesto, hay que motivar al niño y no aburrirle a la primera de cambio pero merece más la pena crear, de inicio, actividades divertidas y dinámicas, más que partir de tareas estándar a las que se van añadiendo elementos, como si se tratara del más difícil todavía de un espectáculo circense. Naturalmente, las tareas han de estar muy bien pensadas y han de cubrir los aspectos cognitivos, emocionales y de conducta requeridos. Consiste, en definitiva, en algo parecido a la diferencia existente entre regalar a un niño un simple juego de "disparos" frente a regalarle un juego serio con un entramado cognitivo que vaya más allá de la pura acción y del desarrollo de actos perceptivos y reflejos.

 

2. Si el niño está en pleno proceso del desarrollo prefrontal, esto es, no mucho antes de la pubertad, Ylvizaker (1998) busca la potenciación de los siguientes procesos:

2a. El niño ha de ir aprendiendo a solicitar ayuda cuando, de verdad, la necesita. ¿Qué es fácil o qué es difícil realizar? Una circunstancia típica es que los niños "consumen" muchos recursos para lograr sus objetivos. Es preciso relajar el uso de tantos recursos sin caer tampoco en una excesiva laxitud. Es la diferencia entre construir un ángulo usando un geoplano o necesitar construirlo mediante un geoplano, un círculo de ángulos y un transportador.

2b. Hay que irle ayudando para superar la tendencia al concretismo excesivo, permitiendo que vaya encontrando acomodo el razonamiento abstracto.

2c. Aprender a resolver problemas siguiendo estrategias definidas paso a paso, sin ahogar su creatividad y no sofocando de inmediato cualquier salto que pueda realizar. Las metas deben ser alcanzables pero suponer un cierto desafío.

2d. Lo más difícil de todo: aprender a evaluar, realistamente, su propio rendimiento en cualquier tarea.

 

Referencias

Deaton, A.V. (1987). Behavioral change studies for children and adolescents with traumatic brain injury. En E.D. Bigler (Ed.). Traumatic brain injury (pp. 231-249). Texas: Proed.

Flores, J.C. (2012). Desarrollo neuropsicológico de lóbulos frontales y funciones ejecutivas. México: El Manual Moderno.

Tirapu-Ustárroz, J., Cordero-Andrés, P. y Bausela-Herreras, E. (2018). Funciones ejecutivas en población infantil. Propuesta de una clarificación conceptual e integradora basada en resultado de análisis factoriales. Cuadernos de Neuropsicología12 (3), (pp.1-31).

Ylvisaker, M. (1998). Traumatic brain injury rehabilitation: children and adolescents. Boston: Butterworth-Heinemann.

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Carlos Pelta
Carlos Pelta

Doctor en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, actualmente es investigador asociado al Departamento de Psicología Experimental, Procesos Cognitivos y Logopedia de dicha Universidad. Interesado en las aplicaciones de la Inteligencia Artificial a los campos de la Psicología y de la Neurociencia y en el desarrollo de algoritmos computacionales para el estudio de los sistemas complejos. Esta es su página en Researchgate.

Sobre este blog

Este blog pretende dar a conocer aquellas investigaciones que se están realizando en torno a la interacción entre los procesos cognitivos del cerebro humano y la ciencia computacional.

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