Lorca escribió un poema precioso donde un caracol se atreve a salir de su entorno conocido y en el camino se va encontrando con otros animales. Dos de ellos son "dos ranas viejas", que con sus comentarios intentan desanimar la valentía que ha tenido el protagonista:

¿Por qué quise ver la senda?
Gime el caracol. (...)
Y el caracol, asustado,
Se va perdiendo en la selva.

En el mundo académico hay muchas ranas viejas. Su función es desanimar, generalmente a través de insertar la duda en quien las escucha. Y todos sabemos que no hay mejor motor para el miedo que la duda. Grandes pensadores que nos precedieron también se encontraron, como el caracol, con sus respectivas ranas viejas. Es decir, ellos también dudaron y sintieron miedo. Charles Darwin, por ejemplo, guardó durante años su manuscrito sobre la evolución de las especies en un cajón, porque lo que él decía allí iba en contra de la moral religiosa imperante en su época, y por tanto temía estar equivocado. ¡Imaginaos si hubiese hecho caso a sus ranas!

A mí personalmente las que peor me caen son aquellas que aparecen cuando hay investigadores que son transdisciplinares, es decir, que integran la metodología de dos campos diferentes para crear uno nuevo, en vez de ser especialistas.

La multidisciplinariedad supone una adición de disciplinas; la interdisciplinariedad, una cooperación; y la transdisciplinariedad, una integración de paradigmas 
(p. 16, ¿El mito de la ciencia interdisciplinar? Francisco Javier Gómez González)

Las ranas tildan a estos investigadores de dispersos, les llaman "aprendiz de todo, maestro de nada" y no les toman muy en serio porque no han dedicado todos los años de su vida a una sola cosa. Esto que parece una tontería no lo es cuando el académico interdisciplinar intenta encontrar trabajo, porque los centros no están acostumbrados a valorar de forma positiva un currículum repleto de temas diferentes perteneciente a un candidato que para colmo no sabe (¡no quiere!) definirse con una sola palabra.

Yo soy ese tipo de científica. Y me enfrento a varias dificultades. La primera es que no sé definirme cuando me presentan a alguien (leed el recuadro del margen, ¡me costó horrores definirme como investigadora!) o cuando me piden antes de una charla que me defina en dos o tres líneas. Esto siempre me abruma: yo estudié psicología y criminología, pero no me siento cómoda diciendo que soy psicóloga y criminóloga. Si digo esta frase, me siento incompleta. Es como mencionar que tengo brazos y piernas, pero no añadir que también tengo ojos y cuello. Es como renegar de parte de quién más soy.

Ilustración creada por @carmura_lenteja

Esto me ha hecho pensar que definirse es una obligación cotidiana, que sirve para clasificar a las personas. Es útil, es un heurístico, es decir, una regla fácil para con poca información poder inferir mucha (por ejemplo, si oímos que esta persona es biólogo podemos inferir que le gustan los animales o las plantas; que ha estudiado mucho; que tal vez le guste salir al campo o ir a museos de ciencia). Parece lógico pensar que al decir dónde trabajamos o qué hemos estudiado da una idea de a qué nos dedicamos y qué temas nos parecen interesantes. ¿Pero es así realmente?

Emilie Wapnick, una divulgadora que conviene leer (How to be everything, 2017, editorial Harper One), llama a este tipo de personas ansiosas y capaces de abordar diferentes temas con igual pasión y eficacia, "multipotenciales". Además, defiende que esa obligación perpetua a definirse donde algunos son dispersos de manera controlada no es sinónimo de pobreza intelectual, sino un síntoma de un mundo preparado para recibir especialistas. Es decir, un mundo muy diferente a aquel que vivió Leonardo da Vinci (un mundo sin ANECA ni códigos UNESCO). Pero estas ideas ya se habían sugerido hace tiempo.

Por ejemplo, Clifford Geertz, un apuesto antropólogo de abundante melena y perilla, comparó los grandes campos del saber con las grandes naciones. Para él, cada nación tiene su territorio, su idioma, su bandera y sus líderes (pensemos en Estados Unidos de América: su extensión, se habla inglés, la bandera es de rayas y estrellas y como líder actual tiene a Donald Trump), como cada gran campo del saber tiene su campo acotado (y quien se inmiscuya comete "intrusismo profesional"), su argot (esas palabras técnicas propias de cada disciplina), su simbología (una suerte de símbolos que les identifican, pensemos en los farmacéuticos) y unos popes (los científicos expertos más prestigiosos y reconocidos). En un mundo así dividido, donde desafortunadamente también hay política, es decir ideología subjetiva, en el campo más objetivo que debería ser la ciencia, poca cancha tendrán los multipotenciales y los transdisciplinares. Serán acusados de traición a los reinos y vivirán en un continuo exilio. ¡Ahora imagino un mundo apocalíptico donde una suerte de forajidos vaga pidiendo libros y microscopios!

Y todavía un poco antes, Santiago Ramón y Cajal (nóbel de medicina nacido en un minúsculo pueblo exclave de Navarra que hoy apenas tiene censados a 31 habitantes, Petilla de Aragón), ya pensó sobre esos forajidos, es decir, sobre el científico transdisciplinar. Resulta bonito ver cómo fue cambiando su pensamiento sobre ellos según avanzaba en edad. Hacerse mayor le hizo admirarlos e incluso animar a otros a serlo. Comparemos por un momento un fragmento de su precioso (aunque poco feminista) libro Los tónicos de la voluntad (1899, Santiago tenía 47 años) con otro fragmento de su tierno El mundo visto a los ochenta años (1934, terminado apenas cinco meses antes de morir, a los 82 años):

El entendimiento ... es como un arma de combate. Si en ella se labra un solo filo, tendremos una espada tajante. Si dos, el arma podrá cortar todavía, aunque menos eficientemente, pero si le sacamos tres o cuatro, la acuidad de los filos irá disminuyendo hasta convertirse en un inofensivo cuadradillo. (...) Labremos el filo sólo por un lado, o por dos a lo más, si queremos conservar su eficacia analítica.
(p. 76, editorial Gadir)

Discrepo de quienes sostienen que un buen especialista puede ignorar cuanto rebase el círculo de su atención habitual. No; el sabio, además de la disciplina especialmente cultivada, queda obligado, si no quiere adocenarse, a saber algo de todo.
(p.8 editorial Maxtor)

En resumen, es difícil ser multipotencial, o transdisciplinar, o poliamoroso científico, o como quiera que se llame a amar y entrecruzar el saber de cualquier disciplina de manera respetuosa. Lo es porque un mundo dividido por zonas acotadas es más controlable (y ojo, que no reniego de los especialistas, a los que acudiría sin duda si tuviese un tumor muy concreto en el ojo, tan solo hablo de la convivencia armónica de ambos). Pues bien, hoy estreno blog con afán de luchar contra esos anfibios anti-transdisciplinares, de ahí el nombre de "Dos ranas viejas". Así que no prometo centrarme en ningún tema concreto, sino al contrario, abordar todos aquellos que sean de interés. Por ejemplo, quisiera hablaros desde por qué un día los cráneos humanos tuvieron crestas óseas hasta cómo leer un cómic de Batman me ayudó a estructurar mi tesis sobre la venganza en los chimpancés; desde cómo es posible que haya personas que se comuniquen tan solo chascando la lengua o silbando hasta qué aprendí en mis expediciones por Tanzania.

Pero ya hablaremos de todo eso. Ahora, de momento, una canción.
Saludos mil, Nereida.

Nereida Bueno Guerra
Nereida Bueno Guerra

Me cuesta definirme, profesionalmente hablando, porque no me siento representada por una sola materia. De formación soy psicóloga y criminóloga, pero vivo la ciencia de manera interdisciplinar. Eso me ha llevado a trabajar en cárceles y en las sabanas de Tanzania, en aulas y hospitales. Actualmente me adscribo al departamento de Psicología de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, donde soy la coordinadora académica del área de Criminología.

Sobre este blog

Siempre me han caído mal dos ranas viejas que intentan desanimar e imponer una creencia al protagonista del poema «Los encuentros de un caracol aventurero», de Lorca. Os invito a luchar contra esas dos ranas en cada entrada, para que a través del beso divulgativo de la ciencia las transformemos en seres críticos, científicos y curiosos. Para ello hablaremos de todo, pero con especial atención a la psicología, criminología, la evolución y el lenguaje.

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