Imagina por un momento que se hubiese conseguido desarrollar una ecuación que permitiese emparejarte con el amor de tu vida. ¿Pagarías por descubrirlo? Y si estuvieras actualmente en pareja, ¿también lo harías, aunque el resultado de esa ecuación no generase como resultado la persona con la que estás? ¿Qué dilemas éticos surgirían? Y sobre todo, ¿qué hay de cierto en todo esto: es posible encontrar científicamente el amor?

En los últimos tiempos han aparecido varias producciones audiovisuales sobre este tema. Ahora se me ocurren tres, pero estoy segura de que hay muchas más (¡encantada de recibir títulos en los comentarios!): o bien existe una sociedad distópica en la que quien no esté emparejado con su alma gemela está condenado a morir o a convertirse en un animal de su elección ("Langosta", largometraje de 2015 del griego Yorgos Lanthimos); o bien se ha generado un método por el que a través de algún gen o combinación de caracteres se puede identificar en el mundo a la única persona compatible con nosotros ("Soulmates", serie de 2020 con creación y dirección de Goldstein, Bridges y Savage o "The One", serie de 2021 basada en el libro "Eres tú" de John Marrs). En todas estas historias, de una u otra manera se nos propone que es posible encontrar a la pareja perfecta. En el mundo de las aplicaciones móviles y programas de televisión para encontrar pareja en el que vivimos, no parecería extraño que fuera posible construir el método científico del amor. Veamos qué hay de cierto en todo esto.

La serie "The One", en la plataforma Netflix, narra la historia de una sociedad en la que se ha generado un método para encontrar a la media naranja a partir de un sencillo método. La sociedad rápidamente se divide entre aquellos que emplean el método para encontrar pareja y los que continúan con la pareja que tenían antes de que el método existiera.

El amor y la selección sexual

El amor, no tanto como mito romántico, sino como emoción física y proceso neurológico y hormonal, es un interesante campo de estudio porque, a nivel evolutivo, nos puede informar sobre qué rasgos se consideran atractivos en las parejas. Y esto es importante porque si nos interesan unas personas y no otras, los tipos de sociedades que se creen o los hijos que surjan de esas relaciones según esos emparejamientos, pueden hacer que la vida y la especie humana sean muy diferentes dependiendo de cada elección. A la fuerza que tiene el amor para producir cambios evolutivos se la denomina "selección sexual", y consiste en que los sujetos de una especie seleccionan a sus parejas sexuales en función de unos determinados rasgos. Esta selección sexual fue una de las herramientas naturales de las que habló Darwin en su teoría de la evolución para explicar por qué las especies son como son. Por ejemplo, si a un determinado miembro de una especie le parecen muy atractivas las patas azules de su compañero sexual, o lo fuerte que es, o los regalos que le hace, escogerá sujetos con patas azules, con mucha corpulencia o capaces de encontrar objetos diferentes, por lo que quienes no cumplan esos requisitos, se quedarán sin pareja. A nivel de genética de poblaciones, esto implicará que en la especie empezarán a proliferar los sujetos con esos rasgos. ¡Qué importancia tiene entonces en el reino animal el resultado de una "cita"!

¿Qué nos parece atractivo a los humanos?

En nuestro caso particular, se han llevado a cabo un montón de estudios tratando de identificar qué rasgos encontramos atractivos. Uno de los más analizados son los rasgos faciales, como el nivel de simetría o el nivel de infantilismo/madurez. Otros tienen que ver con la figura corporal (como el ancho de las caderas y otros con aspectos sensoriales, como el olor, algo que interesa mucho a los creadores de desodorantes y colonias (en este estudio, los sujetos vistieron la misma camiseta durante tres noches para ver si después sus potenciales parejas les consideraban atractivos). Sin embargo, reducir el amor a algo físico parece muy alejado de los poemas que escribían Cernuda, Benedetti o Gabriela Mistral,  por nombrar a algunos escritores en lengua hispana, ¿no?

El olor que desprendemos puede ser percibido como más o menos atractivo por potenciales parejas sexuales. Por eso los productores de desodorantes, colonias y cremas están tan interesados en conocer qué despierta nuestros instintos y lo emplean en sus anuncios.

¿Se puede medir el amor?

Actualmente, si bien la intensidad del sonido se mide en decibelios o la longitud en centímetros, el amor no tiene unidad de medida. Esto nos avisa de que no hemos sabido encontrar qué es aquello que debemos medir para estimar la cantidad de amor. No parece que haya algo objetivo, común e igual a todos. Y cuando no podemos medir algo, se hace difícil hacer ecuaciones. Ahora bien, que no se diga que no lo hemos intentado: una manera de intentar medir el amor ha sido a partir de sus efectos indirectos. Por ejemplo, sabemos que estar enamorado produce alteraciones fisiológicas concretas: se activan una serie de hormonas y se producen una serie de cambios en el cerebro y sus neurotransmisores. Pero esto nos habla de lo que pasa después de decidir que alguien nos gusta. Lo crucial está en ese proceso de decisión: ¿qué es lo que tomamos en cuenta? ¿Por qué nos gustan ciertos aspectos de la persona y no otros?

¿Se puede generar una ecuación para encontrar la pareja ideal?

Sabemos, por estadística de rupturas o de parejas longevas, que ciertos caracteres parecen más compatibles juntos. Sabemos también emplear las matemáticas para estimar el número de personas, dentro de la Vía Láctea, que pueden ser compatibles con nosotros (Peter Backus dio una divertida charla titulada "Why I don't have a girlfriend" donde estimaba que solo 26 mujeres eran compatibles con él reinterpretando un método matemático antiguo). Incluso sabemos predecir con un 90% de fiabilidad si la pareja que tenemos enfrente acabará o no en divorcio (en los años 90, Gottmann y colaboradores desarrollaron las que denominaron "Matemáticas del divorcio" a partir de grabar y observar a 620 parejas: aquí el libro y aquí una entrevista al autor). Pero las variables que tenemos en cuenta y el proceso completo que empleamos para tomar la decisión sobre qué pareja escoger, actualmente, es desconocido. Existen cientos de condicionantes simultáneos que pueden interferir, lo que hace imposible determinar reglas fijas sobre quién funciona con quién: la religión, la cultura, la situación laboral, la distancia, los valores morales, los aprendizajes previos con otras parejas, el estado hormonal en el momento de conocer a esa persona... Dado que no existe un listado cerrado de variables que sepamos que interfieran en el amor, y dado que no conocemos el peso que tendría cada una para provocar enamoramiento, pensar en ecuaciones es actualmente atractivo para un guion de peli, pero irreal para el día a día. No podemos hacer ecuaciones de compatibilidad inequívocas, y debemos conformarnos solo con algunas matemáticas del amor

La idea de que existe una "media naranja", una única persona predestinada para nosotros, es uno de los muchos mitos que hemos aprendido sobre el amor romántico. Si quieres ver un listado de mitos sobre el amor, te propongo <a href="https://fundacionlacaixa.org/documents/10280/184275/VT0FP002_material.pdf/f50fa04a-aaa5-40ce-88e9-cdc7aead7d47" target="_blank">leer estas diapositivas</a>.

¿Existe la pareja ideal?

Para complicar las cosas, hay que añadir otro factor, que es la idea del "alma gemela", "media naranja" o "pareja ideal". Precisamente los guiones atractivos de las películas han diseminado una idea platónica del amor donde el amor es a primera vista; no existen discusiones; hay pasión constante; detalles románticos diarios y la pareja dura en ese estado toda la vida. La realidad que se encuentran las parejas, en cambio, también incluye el estreñimiento, los impuestos, que se estropeen los electrodomésticos o se pongan enfermos los seres queridos, entre otros muchos baches. Y la realidad también implica que cada miembro de la relación tiene características buenas y menos buenas. Para funcionar bien juntos hace falta una capacidad de compenetración. Es decir, no solo hay que tener en cuenta las características del otro, sino cómo esas características encajan con las nuestras.

Lo que parece más ajustado a la realidad es que no se trata de que exista una única persona en el mundo con la que se pueda estar bien; sino que existen un montón de factores que hacen que estemos bien con una determinada pareja en un determinado momento, pero estos factores no son siempre los mismos y pueden cambiar, al igual que las personas cambian según las experiencias que tienen. Por tanto, el concepto de pareja perfecta, idealizada y platónica, que parece inalterable a todo lo que pase alrededor, no es lo más ajustado a la realidad. Y esto para nuestra ecuación tiene malas noticias: dado que hay tantos factores involucrados y no conocemos todos ni su peso; dado que no sabemos cómo medir el amor y dado que no existe una única pareja perfecta sino personas compatibles en determinados momentos, es imposible determinar nuestra pareja matemáticamente sin error alguno. O dicho de otro modo: encontrar el amor no puede reducirse a una ecuación, sino que es un proceso subjetivo, indeterminado, mutable, incontrolable y que implica esfuerzo y tiempo. Por eso la propuesta de las series y películas sobre métodos de encontrar es solo ciencia ficción y los métodos actuales de encontrar pareja tienen un elevado nivel de error.

¿Pero... y si las ecuaciones y las parejas ideales existieran?

Ahora bien, una vez aclarado que estos métodos no existen ni pueden existir en el futuro más reciente, y que la idea de "amor perfecto" es irreal, juguemos a imaginar un mundo de ficción en el que sí fuese posible. Juguemos a pensar que en ese mundo, esos métodos existen. Estas situaciones hipotéticas me encantan, porque dan pie a charlas sesudas muy interesantes. Vamos allá con algunas preguntas que se me ocurren, aunque me encantaría escuchar también las vuestras. Recordad: el escenario es una sociedad donde existen las parejas ideales y alguien ha inventado una ecuación para encontrarlas, de modo que tras "hacerse la prueba", uno es informado de quién es esa persona.

Juguemos a imaginar un mundo donde existen las medias naranjas y se ha diseñado una ecuación para encontrarlas. ¿Cómo sería esa sociedad?

¿Cómo afectaría la existencia de un método así a las parejas formadas previamente?

Una de las constantes en las dos series que mencionaba más arriba es que las parejas formadas sin el método, aunque sean felices, se cuestionan si el método les daría aún más felicidad. Esto provoca engaños y secretos en muchas ocasiones: hacerse "la prueba" a escondidas para saber si la esa persona con la que están es efectivamente la media naranja o no. Si el método existiera, ¿se consideraría traición solicitar la prueba o se consideraría normal ya que la persona resultante de la ecuación nos haría felices? ¿Deberían todas las parejas tener una conversación y pactar si hacerse ambos la prueba?

¿A partir de qué edad podría hacerse la prueba?

Si se hiciera desde muy jóvenes, quizá se limitaría el número de parejas que tendría cada individuo hasta dar con la pareja ideal. ¿Qué consecuencias tendría reducir el número de parejas románticas y sexuales? ¿Nos convertiríamos en una sociedad monógama de parejas duraderas y permanentes? ¿Cambiarían las decisiones vitales dependiendo del momento en que se hiciese la prueba (cambios de residencia, de trabajo).

¿Por qué queremos que algo externo elija por nosotros la pareja en vez de hacerlo nosotros mismos por nuestros propios medios?

Actualmente existen aplicaciones que muestran a personas dispuestas a mantener algún tipo de relación y es el usuario quien selecciona la que desea que sea su pareja. Sin embargo, en esta sociedad hipotética que estamos imaginando, sería una máquina, o más bien un algoritmo, el que escogería por nosotros. ¿Por qué esta idea es seductora?

Ahora mismo el amor es de esas poquitas cosas que se resisten a ser analizadas y plenamente entendidas por los humanos, y eso es lo que le confiere misterio y belleza. ¡Parece lo más subjetivo del mundo! ¿Por qué los humanos huimos de lo subjetivo buscando calcular todo aquello que podemos? Deberíamos tener alguna intención detrás. ¿Con qué intención se elaboraría ese método? ¿Para ahorrarnos esfuerzos y tiempo? ¿Porque nos aportaría seguridad? ¿Porque nos daría satisfacción pensar que algo tan incontrolable como el amor resulta que puede controlarse?

¿Debería protegerse legalmente ese método para evitar que se manipulase de alguna forma interesada o engañosa?

Todo invento puede conllevar su mal uso y producir daño a otros. Tratándose de una ecuación, esta podría manipularse con distintos fines (ej., excluir ciertos colectivos) mientras que las parejas resultantes de ese método engañoso podrían acabar creyendo que son compatibles por profecía autocumplida. ¿Debería existir una regulación que protegiese esa ecuación para evitar su modificación? ¿Cómo se custodiaría un método así en la práctica, en qué tipo de aparatos electrónicos de alta seguridad que impidiera su hackeo? ¿Habría personal de seguridad contratado exclusivamente para protegerlo?

¿Debería ese método tener acceso universal?

Siendo la elección de pareja un tema de interés para todos los individuos y para la especie, ¿debería incluirse el método como un derecho humano? ¿Y se debería entonces intentar garantizar que su acceso fuese universal a través de organismos públicos, o se dejaría en manos de organismos privados? ¿Qué desigualdades y problemas de acceso podría generar este método?

En caso de que en una sociedad hipotética existiera un método que indefectiblemente seleccionase la mejor pareja romántica y sexual, sería muy relevante para los individuos y para la especie. Entonces, ¿debería considerarse un derecho humano, y debería garantizarse su acceso universal?

¿Qué responsabilidades habría alrededor del método?

Imagina por un momento que eres el descubridor de algo que puede revolucionar el mundo, tanto para bien como para mal. ¿Qué responsabilidad tendrías sobre la decisión de darlo a conocer? En este caso, podrías pensar que tu invento alteraría la selección sexual, la reproducción de nuestra especie y la configuración de las sociedades. Quizás, si lo das a conocer, el mundo cambiase para bien: la gente sería feliz con sus respectivas parejas. Pero quizás a alguien se le ocurriese cómo usarlo para hacer el mal. Por ejemplo, podría emplearse para discriminar ciertos colectivos y evitar ciertas combinaciones de parejas o favorecer otras. ¿Qué debería pesar en su balanza todo inventor antes de dar a conocer su producto? ¿Debería tener alguna repercursión si los usuarios empleasen el método para hacer el mal? Se me ocurre que un dilema parecido debieron tener creadores o descubridores de elementos tan revolucionarios como la bomba atómica o el método de edición genómica CRISPR/Cas9. Como inventos son neutros, y son sus usos los que pueden calificarse como buenos o malos. ¡Pero menudas respercursiones tienen! ¿Se dormiría tranquilo sabiendo que se ha dado luz a algo que puede cambiar el mundo conocido para siempre?

¿Quién asumiría la responsabilidad de algún error del método y qué tipo de castigo debería recibir?

Ante cada nuevo invento, y especialmente ante aquellos que pueden tener un impacto elevado sobre nuestra especie, las cuestiones se multiplican: es necesario pensar en nuevas leyes y protecciones; en evitar desigualdades; en prevenir y castigar. Así, surgen dilemas y nuevas situaciones. Por ejemplo, si el método fallase, ¿iría su creador a la cárcel, porque podría haber afectado a la vida, trabajo y salud de una persona? ¿Cuál sería el bien jurídico protegido y qué ayudaría a evitar el castigo que se impusiera?

Y hay muchas, muchas más preguntas que podrían plantearse en una sociedad hipotética de este estilo. Quizás la sociedad se dividiría en castas, a lo Huxley. Quizás los poemas de amor cambiasen. Quizás se generasen robots con capacidad de amar, como en Her.

Pero eso es otra historia. Ahora, de momento, una canción

 

Nereida Bueno Guerra
Nereida Bueno Guerra

Me cuesta definirme, profesionalmente hablando, porque no me siento representada por una sola materia. De formación soy psicóloga y criminóloga, pero vivo la ciencia de manera interdisciplinar. Eso me ha llevado a trabajar en cárceles y en las sabanas de Tanzania, en aulas y hospitales. Actualmente me adscribo al departamento de Psicología de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, donde soy la coordinadora académica del área de Criminología. Mi mail: [email protected]

Sobre este blog

Siempre me han caído mal dos ranas viejas que intentan desanimar e imponer una creencia al protagonista del poema «Los encuentros de un caracol aventurero», de Lorca. Os invito a luchar contra esas dos ranas en cada entrada, para que a través del beso divulgativo de la ciencia las transformemos en seres críticos, científicos y curiosos. Para ello hablaremos de todo, pero con especial atención a la psicología, criminología, la evolución y el lenguaje.

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