A veces oímos en los medios que ha habido grandes descubrimientos y que estos aparecen publicados en revistas. Obviamente un gran descubrimiento no es equivalente a descubrirle un amante a cierto personaje famoso, por lo que está claro que el tipo de revista donde se publiquen ambas noticias no debe ser el mismo. ¿Qué quiere decir el término "revistas" en el mundo científico? ¿En qué consisten?

Una revista científica es una publicación periódica (con cualquier tipo de periodicidad: anual, mensual, semanal...) destinada a la divulgación de conocimiento científico. Se publican tanto en formato papel como en formato digital, aunque la reducción de costes unida al (necesario) fervor ecológico las está circunscribiendo al mundo digital, y se identifican por un número denominado ISSN. Estas revistas existen para que los investigadores podamos difundir el conocimiento que hemos encontrado en nuestros estudios tanto para que lo conozcan otros investigadores como, y esto es bien importante, la sociedad en general. Si no existieran, sería muy difícil que la ciencia progresase, porque varios investigadores de una misma área podrían estar concibiendo la misma idea e invirtiendo los mismos recursos en repetir los mismos estudios. Con las publicaciones se evita este tipo de retrasos, y así todo el mundo puede conocer todo lo que se ha avanzado en cualquier materia hasta la actualidad (lo que nos permite acumular cultura progresivamente, el llamado "efecto trinquete cultural" al que dedicaré otra entrada pero sobre el que dejo como adelanto un maravilloso vídeo de Redes que lo explica a partir del minuto 8:47). 

La cultura acumulativa queda muy bien reflejada en esta foto que hice en la librería Acqua Alta, de Venecia, en marzo de 2018 (CC-BY).

Generalmente las revistas científicas están divididas por áreas de conocimiento (por ejemplo, Psicología, Derecho, Medicina...) y dentro de estas áreas, se encuentran especializadas en subáreas (por ejemplo, Revista de Estudios sobre Felicidad, Psiquiatría Infantil y Desarrollo Humano... y las hay de todo tipo, por ejemplo, Revista de Aromaterapia). Para saber a qué subárea se dedica una revista no hay más que buscar su título y leer su scope, que es algo similar a la sinopsis de las películas, es decir, un pequeño resumen sobre el tipo de estudios en que se centra. No obstante, hay revistas llamadas "generalistas" que abarcan una multitud de temáticas, y no por ello son menos útiles a los expertos de campos específicos (como PlosOne o Frontiers).

Las revistas científicas se caracterizan por tener un editor y un panel de expertos. El editor es el que recibe las propuestas de artículos que envían los científicos, decide si son adecuados para el scope de la revista y, si lo son, lo envía a varios revisores. Los revisores son expertos en el tema del que trata el artículo recibido, y su función es leer el texto y encontrar todos los fallos, virtudes y formas de mejora para transmitir el mensaje que se desea transmitir (por eso en inglés al proceso de revisión se le denomina peer-review, o revisión por pares, ya que son otros colegas del área, otros pares homólogos, quienes revisan el trabajo). Estos revisores también valoran si los resultados son suficientemente relevantes o no como para ser publicados. Por tanto, será la opinión de estos revisores junto con la del editor las que decidirán si finalmente el artículo se acepta, se rechaza o se le piden modificaciones (que en nuestro argot pueden ser minor o major, pocas o sustanciales, respectivamente). La elección de los revisores se produce a medias entre la revista y los investigadores que envían el estudio, ya que podría pasar que el único colega con conocimiento suficiente para revisarlo no fuese especialmente afín al grupo que envía el trabajo, y decidiese, por competencia o revanchismo, desaconsejar su publicación. Aunque no es ideal que esto pase, ya que la ciencia debería estar tan ciega como la diosa justicia, es cierto que la ciencia es construida por humanos con emociones, y para evitar este tipo de situaciones cada vez que se envía un artículo a una revista se pregunta a los investigadores si hay algunos nombres en particular que sugerirían recomendar y vetar para hacer la revisión. Esto no significa que la revista vaya a respetar estas sugerencias, ya que por otra parte el investigador remitente también es un humano con emociones y podría pasar que no quisiera que alguien bien competente detectara fallos en su artículo y por eso vetase su opinión. Así pues, la elección de estos revisores, que como se ve tiene un peso importante en que los resultados de una investigación vean o no la luz, queda a juicio del editor, que actúa como un juez imparcial.

[Ilustración por Science and Ink/Nick d Kim ]

Un tema importante del proceso de publicación son los tiempos. El tiempo de revisión total de los artículos, incluyendo una o dos modificaciones del texto, varía de revista a revista, situándose entre el mes... ¡y los dos años! hasta que el texto es finalmente publicado. Este tiempo a veces es crucial para los investigadores y puede condicionar que escojan enviar su trabajo a una u otra revista en función del mismo, dado que si consideran que sus resultados son innovadores, no pueden permitirse un alto tiempo de espera pues su trabajo podría quedar desactualizado.

De hecho, es interesante hablar de cómo escogen los investigadores en qué revista publicar. Un aspecto a valorar es el tiempo de revisión, pero otro clave es el "factor de impacto" que tenga la revista. El factor de impacto es un número que define lo potente que es esa revista en esa área, y hay distintas escalas para medirlos. Por ejemplo, unas escalas toman en cuenta el número de citas que recibe la revista a lo largo de cierto tiempo (considerando que la revista es tanto mejor y produce más impacto en el área cuanto más referente sea, o sea cuando más se cite a sus artículos), otras el número de autocitas (lo que significa el número de veces que se cita dentro de un artículo a artículos publicados anteriormente en la misma revista, lo que podría hacerse para inflar de manera subrepticia el impacto de la revista). No existe un número que indique qué revista es la mejor porque no hay una escala similar al "del 1 al 10". Por ejemplo, un buen factor de impacto para revistas de Primatología puede ser un 2,30, mientras que un buen factor de impacto para Medicina puede ser un 44. La calibración de estos números se sabe consultando bases de datos de revistas que las sitúan en rankings (el más usado en España se denomina JCR, Journal Citation Report, y desafortunadamente solo se puede acceder al mismo si se pertenece a una institución académica haciendo click aquí. Para libros en Ciencias Humanas y Sociales se emplea el SPI, Scholarly Publishers Indicators). Estos rankings se elaboran cada año y generalmente se dividen por cuartiles, situando por tanto a las revistas desde el Q1 (cuartil uno, donde se encuentra el 25 % de las revistas con mayor factor de impacto dentro de un área) hasta el Q4 (cuartil cuatro, donde se encuentra el 25 % de las revistas con menor factor de impacto dentro de un área). Por tanto, recopilando, lo lógico es que los investigadores quieran publicar en revistas de Q1, con factor de impacto elevado y con tiempo de revisión escaso. Y por tanto, las revistas compiten entre sí para intentar situarse en el Q1 y superar en factor de impacto a otras revistas rivales de la misma área.

Uno podría preguntarse qué saca cada parte de todo esto, dónde está el negocio. Y aquí es donde vienen mis ceños fruncidos. Para empezar, ni los investigadores ni los revisores reciben dinero por publicar en revistas científicas. Solo excepcionalmente las revistas muy prestigiosas pueden pagar a quien publica si han solicitado su opinión experta sobre un tema, pero el importe suele ser bajo (por ejemplo, The Lancet paga por una opinión de dos páginas alrededor de 179 €). El negocio se encuentra en si los investigadores deciden que su estudio, de ser publicado, lo sea en Open Access o no. Open Access significa que si nos metemos en internet y buscamos el artículo, está disponible a texto completo. No todas las revistas tienen esta disponibilidad, pero si la tienen, cuentan con una carta de precios (por ejemplo, aquí está la de Frontiers). Los precios por artículo varían, situándose generalmente en una media de 1.500 a 2.900 euros por artículo. Dados estos precios, muchos investigadores no cuentan con fondos y deciden no publicar en Open Access. Si la publicación no está en Open Access significa que como navegantes de internet solo podremos leer el resumen del artículo y tendremos que pagar si nos interesa tener el texto completo. Solo quienes pertenezcan a universidades muy potentes, que pagan anualmente suscripciones a revistas, podrán consultar el texto (por tanto no nos enfademos con los autores cuando vemos que el artículo que buscamos no está accesible y compadezcamos su pobreza). El resto de los mortales tendrá que ingeniárselas: contactar con un amigo que trabaje en una de esas universidades, escribir un mail a los autores pidiéndoles por favor que compartan su artículo o usar alguna herramienta online considerada ilegal que defiende la difusión gratuita y libre del conocimiento y que, como los portales online que permiten ver películas, son páginas webs que permiten ver artículos a texto completo. Aquí entra mi primer ceño, porque considero que el trabajo del científico, sea del país que sea, ya tenga más o menos recursos, es un trabajo que contribuye a la sociedad en general, y como tal debería ser siempre de acceso público y gratuito. No podría dolerme más que un pastor buscara información sobre la enfermedad que tienen sus cabras y no pudiese encontrar el remedio porque el texto del estudio no está bajo el marco Open Access. El dinero no debería limitar el acceso al conocimiento universal jamás. Así pues, si nos damos cuenta, quienes obtienen dinero de todo esto acaban siendo las revistas, es decir, los medios de difusión, y no quienes verdaderamente han invertido su tiempo y esfuerzo en diseñar los estudios, hacerlos, escribirlos o revisarlos.

Lo que obtienen los investigadores a cambio de publicar es prestigio. Si me limito al caso de España, los investigadores son considerados tanto mejores cuanto más artículos con alto factor de impacto hayan publicado. Hasta el punto de que existe una agencia (ANECA) que acredita a los investigadores en distintos niveles de excelencia para que puedan ser contratados por universidades públicas y/o privadas en función, principalmente, de sus investigaciones publicadas (también valoran otros aspectos, como la docencia impartida, pero el mayor porcentaje de valoración se lo llevan las publicaciones). Como se podrá imaginar, todos los investigadores desean ser acreditados y por tanto asumen el mandato de la publicación, lo que en ocasiones puede generar que se publique por publicar o que se intente como sea aparecer en una publicación con tal de sumar al expediente una publicación más que ayude en conseguir esa acreditación o ese prestigio. Esto lleva a las agencias de acreditación a considerar no solo que se tenga una publicación, sino a examinar, en ciertas áreas, el orden en el que aparecen los autores que firman el estudio. Quizá esto pase desapercibido para el público general, pero no suele puntuar igual para el autor (salvo en algunas disciplinas que tradicionalmente firman por orden alfabético) aparecer en primer lugar que en tercer lugar si hay cuatro autores firmantes. La tónica general suele considerar al primer firmante como el autor principal del estudio, al último firmante como el supervisor de todo el trabajo, y al resto, a contar desde el segundo autor, como colaboradores del mismo. Esto da lugar, en ciertas ocasiones, a una lucha encarnizada por negociar el puesto donde uno va a aparecer una vez que el artículo se publique (y a que la intrahistoria anónima de Unamuno, por tanto, no se aplique en ciencia, salvo raras excepciones). Recopilando de nuevo, el investigador no solo querrá publicar en Q1, con alto factor de impacto y tiempos de revisión cortos, sino que también querrá firmar en primer o último lugar y publicar cuanto más, mejor. Esta obligatoriedad del cuanto más mejor genera mi segundo ceño, ya que el "tener que" nunca ha sido amigo de la buena ciencia y hace correr el riesgo de reducir la calidad de los contenidos, al igual que la proliferación de canales de televisión conlleva una bajada de la calidad de los programas.

Conscientes de esta necesidad que tienen los investigadores por la publicación, últimamente han surgido las que se denominan "revistas predatorias", que son portales de internet con apariencia de revista científica de calidad que estipulan precios asequibles para la publicación de artículos, prometiendo además una revisión rápida y laxa. Estas revistas no tienen factores de impacto o ni siquiera aparecen en las bases de datos mencionadas anteriormente. Ahora bien, sus títulos sugerentes podrían provocar una buena apariencia en cualquier currículum que no fuera examinado a conciencia, de manera que ciertos investigadores desesperados o no bien informados caen en sus redes y envian sus trabajos para conseguir más publicaciones. Muchos autores han intentado poner en evidencia estas revistas publicando artículos sin sentido bajo nombres hilarantes, como hizo Smolyanitsky al enviar un trabajo usando nombres de personajes de Los Simpson o un divulgador al introducir conceptos de Star Wars en un texto sobre mitocondrias, ninguna de las cuales fue rechazada. Una discusión interesante sobre este tema se encuentra aquí.

En defensa de los resultados negativos en ciencia

Por no hacer más extensa esta entrada, terminaré comentando que otro de mis ceños tiene que ver con la publicación de los resultados negativos. Dentro de este intrincado mundo de las revistas científicas, suele resultar muy difícil convencer a los editores de que los resultados negativos son interesantes y convenientes para ser publicados, ya que generalmente el titular que se espera es en afirmativo (por ejemplo, "Los chimpancés entienden la justicia" es más atractivo que "Los chimpancés no entienden la justicia"). No obstante, resulta una pena comprobar cómo decenas de autores a lo largo de las épocas vuelven a repetir investigaciones gastando recursos en ellas porque en sus búsquedas bibliográficas no encuentran a nadie que intentara previamente lo mismo que ellos van a intentar, simplemente porque ninguna revista quiso publicar resultados negativos. Como dice una de mis sudaderas favoritas "Getting no answer is also an answer". Esto ha llevado a crear dos figuras. Por una parte, la figura del "pre-registro", entendiendo como tal que los autores no envíen a las revistas sus estudios completos para evitar que sean valorados en función de sus resultados, sino que tan solo envíen la introducción y las hipótesis que tienen, para que así el proceso de revisión valore exclusivamente el interés del tema. Por otra parte, algunos autores han decidido abogar por el protagonismo de los resultados negativos y han creado revistas específicas (como esta o esta). Desde aquí yo abogo por ambas figuras, y especialmente por la publicación de los resultados negativos, que resultan igualmente interesantes que los afirmativos, si se encuentran bien hechos, porque describen igualmente la realidad.

Ahora bien, para nuestro goce, y para recalcar que no todo son noticias negativas en las publicaciones, terminaré diciendo que la descripción de la realidad en ciertas ocasiones toca aspectos que ya sean negativos o afirmativos lo que destaca en ellos es su cariz absurdo. Para concederles protagonismo, existe un premio anual a las investigaciones más originales e improbables, los premios Ignobel que el año pasado galardonaron a científicos que investigaron el poder limpiador de la saliva humana, las ventajas de la autocolonoscopia o cómo insultar ayuda a la conducción. En cualquier caso, sea el que sea el tema de investigación, lo esencial es que los investigadores nos pudiéramos sentir libres, sin limitaciones monetarias ni presiones acreditativas. Y que la ciencia, al igual que la educación, fuese libre y para todos.

Pero ya hablaremos de todo eso. Ahora, de momento, una canción.
Saludos mil, Nereida. 

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Nereida Bueno Guerra
Nereida Bueno Guerra

Me cuesta definirme, profesionalmente hablando, porque no me siento representada por una sola materia. De formación soy psicóloga y criminóloga, pero vivo la ciencia de manera interdisciplinar. Eso me ha llevado a trabajar en cárceles y en las sabanas de Tanzania, en aulas y hospitales. Actualmente me adscribo al departamento de Psicología de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, donde soy la coordinadora académica del área de Criminología.

Sobre este blog

Siempre me han caído mal dos ranas viejas que intentan desanimar e imponer una creencia al protagonista del poema «Los encuentros de un caracol aventurero», de Lorca. Os invito a luchar contra esas dos ranas en cada entrada, para que a través del beso divulgativo de la ciencia las transformemos en seres críticos, científicos y curiosos. Para ello hablaremos de todo, pero con especial atención a la psicología, criminología, la evolución y el lenguaje.

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