¿Qué pueden tener en común los guanches de las Islas Canarias con los inuit de Groenlandia, los mazateco de México y los hmong del sureste asiático? La respuesta es curiosa: los silbidos.

(Y he aquí algunos ejemplos: los mexicanos, donde se llama "chiflar" o los hmong, que se ayudan con una especie de arpa/armónica).

Vamos a imaginar una situación.

Vivimos en el campo en el mundo de hace 200 años. Por tanto, no tenemos móviles, ni internet. Ambos somos pastores y pastoreamos a unos cuantos kilómetros de distancia el uno del otro. A lo lejos, veo un incendio. Se trata de un incendio que puede afectarnos a ambos y sé que desde tu posición no puedes verlo. Si voy corriendo a decírtelo, pierdo el tiempo de salvar a mi ganado y mi casa. Si no te lo digo, me duele porque somos buenos compañeros. ¿Qué hago? Podría gritar. Quizás el eco de las montañas ayude. Pero lo he hecho otras veces y no ha funcionado: mi grito alcanza poca distancia y no es muy inteligible. Una solución puede ser silbar.

 Los terrenos escarpados que provocan separaciones físicas entre distintas agrupaciones humanas han sido los lugares donde se han encontrado lenguas que usan los silbidos como forma de comunicación. La imagen está obtenida de Pixabay y tiene libre distribución.

 

Silbar se ha empleado en varias zonas del mundo para transmitir mensajes (a las mencionadas al inicio se pueden añadir hasta un total de 70, incluyendo el Valle del Kusköy en Turquía, donde se llama "la lengua de los pájaros"; las zonas escarpadas del valle del Atlas donde habitan bereberes o la vasta Siberia donde la caza de ballenas abastece a los yupik). Todas esas zonas tienen la característica común de que distintas poblaciones humanas distantes entre sí necesitaban comunicarse. ¿Y qué se dicen? La comunicación puede servir para buscar pareja en un medio rural donde la densidad de población es muy baja y por tanto encontrarla es difícil (no es tan raro, los grillos y los pájaros lo hacen); también puede ser útil para comunicarse mensajes estratégicos en plena guerra sin que el enemigo los entienda o puede emplearse para planificar la caza de un animal enorme y escurridizo en mitad del mar. Si te asolan dudas de cuán específica puede ser la comunicación entre emisor y receptor, aquí tienes un ejemplo donde se esconde un objeto y solo a través de silbidos el emisor logra comunicar al receptor dónde encontrarlo. Los silbos (esa es la palabra correcta) pueden llegar a escucharse entre 2km y 8km de distancia. ¡Y esos son muchos kilómetros!

Es cierto que los silbos dependen de las condiciones atmosféricas y de la capacidad de eco y resonancia que tenga el entorno, pero desde luego parecería una forma básica de comunicación que podría haber sido empleada desde la antigüedad para salvar esas barreras espaciales. Una característica interesante que tiene el silbo es que pone en marcha ambos hemisferios del cerebro: al tener tono, es decir, al parecerse a la música, activa el hemisferio derecho, y al transmitir mensajes con significados concretos, pone en marcha el hemisferio izquierdo.

¿Pero esto implica que cada silbido equivale a una palabra concreta? Para responder esta pregunta es necesario entender un término lingüístico: la arbitrariedad. Las lenguas del mundo (el castellano, el inglés, el árabe...) son arbitrarias. Arbitrariedad, en este contexto, significa que una sucesión de letras (o sonidos) define un concepto concreto y todos los hablantes de esa lengua estamos de acuerdo en ello. Es decir, todos los castellanoparlantes estamos de acuerdo en que "m-e-s-a" define un mueble de la casa, pero los angloparlantes se han puesto de acuerdo en que ese mismo objeto sea "t-a-b-l-e". La arbitrariedad radica en que esa sucesión de letras es arbitraria, podría ser cualquier otra. Lo importante es que sea cual sea la sucesión, todos los hablantes de ese idioma concreto estén de acuerdo en el significado, ya que de lo contrario sería un caos.

Los silbos como tal no funcionan como los idiomas. Vamos a centrarnos en un silbo cercano, como el silbo gomero, para entenderlo mejor. Para empezar, el silbo gomero se empleó en la isla de La Gomera, principalmente hablado entre pastores, y actualmente se imparte en la enseñanza obligatoria para evitar su pérdida. De hecho, en 2009 fue proclamado por la UNESCO patrimonio inmaterial de la humanidad, al mismo tiempo que lo hacía el tango. En el silbo gomero, la producción de un sonido concreto (usemos una onomatopeya para el silbo para entendernos, por ejemplo "fiiiiu") no va aparejada con un objeto concreto. Esto significa que "fiú" no significa para todos los hablantes "mesa" y "fíiu", por ejemplo, "tomate". El silbo lo que hace es adaptar la lengua castellana al silbido: sería como cuando intentamos que alguien adivine una palabra sin pronunciarla, y para ello cerramos la boca y tarareamos cómo se pronunciaría. A esta forma de comunicación se la denomina "mecanismo fónico articulado", porque no inventa un código arbitrario nuevo, sino que usa uno que ya existe (en este caso el castellano) y lo articula de forma diferente. Por tanto, para que emisor y receptor se entiendan usando silbos, ambos necesitan hablar la misma lengua que están convirtiendo en silbidos (y por tanto compartir las mismas arbitrariedades).

Para hacer esto, vocales y consonantes tienen duraciones y tonalidades (agudo/grave) diferentes. Y en general, los científicos están de acuerdo en que la forma de procesar el silbo cuando se oye es reconstruir la palabra en castellano a partir de algunas de las letras entendidas y situándolas en su contexto. Sería como cuando leemos una frase a la que le faltan algunas letras pero aún así somos capaces de entender el mensaje (por ejemplo: "En sta frse fltn algnas letrs pro la ntiends").

A los silbos se podrían unir otras formas de comunicación tan curiosas (y efectivas) para hablar a distancia como la lengua de los tambores (he aquí un ejemplo de una frase), y otras formas de producción de sonidos de la boca tan antiguas como los chasquidos o con la garganta (como el canto difónico).

Pero ya hablaremos de todo eso. Ahora, de momento, una canción.

Saludos mil, Nereida.

 

Nereida Bueno Guerra
Nereida Bueno Guerra

Me cuesta definirme, profesionalmente hablando, porque no me siento representada por una sola materia. De formación soy psicóloga y criminóloga, pero vivo la ciencia de manera interdisciplinar. Eso me ha llevado a trabajar en cárceles y en las sabanas de Tanzania, en aulas y hospitales. Actualmente me adscribo al departamento de Psicología de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, donde soy la coordinadora académica del área de Criminología.

Sobre este blog

Siempre me han caído mal dos ranas viejas que intentan desanimar e imponer una creencia al protagonista del poema «Los encuentros de un caracol aventurero», de Lorca. Os invito a luchar contra esas dos ranas en cada entrada, para que a través del beso divulgativo de la ciencia las transformemos en seres críticos, científicos y curiosos. Para ello hablaremos de todo, pero con especial atención a la psicología, criminología, la evolución y el lenguaje.

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