Conviene que el científico se entrene en el método seguro que permite avanzar en el conocimiento. Ese método se apoya en leyes contrastadas, observación tenaz, experimentación cuidadosa y aparato matemático. Exige la convención que sus resultados aparezcan en revistas solventes donde otros expertos puedan juzgar con criterio lo descrito y su verosimilitud. A veces hay alguien que va por libre. Prefiere escribir libros generales que artículos para especialistas. Rehuye dirigir un equipo nutrido de investigadores. Tampoco solicita subvenciones cuantiosas. Y, para romper todos los clichés, no adorna el texto con matemáticas inaccesibles. Pero sus escritos, incisivos, revolucionan la ciencia. Así ocurrió con George C. Williams, fallecido ahora hace un año y la biología evolutiva. Supo ver los puntos obscuros de tesis que parecían cristalinas.
 

Doctorado en 1955 por la Universidad de California en Los Ángeles, su primer trabajo de resonancia, aparecido dos años más tarde, versó sobre la teoría evolutiva de la senescencia. De acuerdo con la misma, los genes letales que aparecen avanzada la edad dejan inermes a los que se expresaron en fase temprana. Las mutaciones que produjeron efectos beneficiosos pueden acarrear otros menos favorables. La selección natural modificará los efectos ejercidos por las mutaciones de suerte que los dañinos se pospongan y los beneficiosos se aceleren. Es la senescencia. Desarrolló su carrera académica en la Universidad de Nueva York en Stony Brook. Williams publicó luego, en 1966, una de sus obras capitales, Adaptation and Natural Selection, que removió los cimientos de la biología evolutiva. Socavó la idea dominante de “selección de grupo”. Y propuso que la selección natural operaba de forma más directa, en el gen o en el individuo. Abominó del panadaptacionismo, acríticamente sostenido incluso hoy, y que defiende que todos los rasgos son adaptativos. De esa fuente bebió la sociobiología de William E. O. Wilson.


Se replanteó, en Sex and Evolution (1975), el papel desempeñado por la reproducción sexual en la historia de la vida. Los genes de los progenitores pugnaban, no cooperaban, por hacerse con el genoma, alumbrando así lo que resultaría el campo de la impronta genética y la epigenética. Como arrojaría también luz en la disciplina naciente de la medicina evolutiva con Why We Get Silck: The New Science of Darwinian Medicine (1994); en su opinión, los síntomas de la patología deben entenderse en el marco del curso seguido por la evolución en sus respuestas inmunitarias. Había comenzado en 1978 a anotar anualmente cuánto tardaba en correr los 1700 metros de la pista de su universidad, que era lo mismo que detallar su camino hacia la decrepitud. Llegó un momento en que no pudo guardar memoria. Murió de alzhéimer.

José María Valderas
José María Valderas

Biólogo por la Universidad de Barcelona, donde se doctoró en filosofí­a, fundó la revista Mente y cerebro durante su etapa de director general de Prensa Cientí­fica, S.A. Ha recibido el premio "European Science Writers Award".

Sobre este blog

Cuando el filósofo aborda la naturaleza humana evoca las preguntas de Kant: ¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer? ¿qué me cabe esperar? ¿qué es el hombre? Kant reduce las tres primeras cuestiones a la última. Aquí prestaremos particular atención a la identidad de la que tratan los neurocientíficos, basada en las sinapsis.

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