Asistimos a la devaluación de la política, consecuencia fundamental de la corrupción insoportable en ciertas esferas –aparentemente sin que podamos hacer nada por evitarlo, al menos no de manera inmediata-, y que a veces causa ira, a veces hartazgo. Ante esta situación desesperante, no falta quien bien se radicalice, bien se declare apolítico, ni quien proponga que la tradicional dicotomía izquierda-derecha1 ya no resulta válida.

El diccionario de la RAE proporciona varias definiciones de la palabra política: arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados, aunque también actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo, y más aún, orientaciones o directrices que rigen la actuación de una persona o entidad en un asunto o campo determinado. Ateniéndonos a esta última definición, y un poco en la línea de Aristóteles –quizá el filósofo de cabecera del pensamiento europeo, de cuya influencia en otros asuntos como la igualdad de género ya hablaremos otro día- que definió al ser humano como animal político, parece imposible que una persona sea apolítica, ya que esto supondría, básicamente, carecer de patrones de comportamiento mediante los cuales resolver los asuntos que nos atañen en la vida.

A quienes dicen que el debate entre la izquierda y la derecha está obsoleto, se les puede replicar que las ideologías, cito, son los constructos mentales que los individuos poseen y que proporcionan una interpretación de nuestro medio y una prescripción sobre como el medio debería estructurarse [fin de la cita]2. Si abandonamos una visión puramente partidista de la ideología, y nos fijamos en nuevas corrientes en sociología y psicología que aspiran a contextualizarla como cualquier sistema de creencias, influenciado por la biología3, parece que la dicotomía izquierda-derecha sigue siendo útil para categorizar a las personas según su manera de interpretar y desear el mundo. En este contexto, la ideología se encuentra estrechamente correlacionada con la personalidad de los individuos, y constituye un reflejo de las diferentes necesidades sociales, cognitivas y motivacionales de los mismos. Y en concreto, la ideología se encuentra íntimamente ligada a como los individuos son capaces de manejar la incertidumbre y el miedo.

La ideología correlaciona con la expresión de emociones básicas

En efecto, en estudios utilizando cuestionarios se muestra que los conservadores necesitan y valoran más la certidumbre y claridad, y tienden a ser más maniqueos en sus juicios de valor (es decir, no dudan en calificar las cosas como buenas o malas, sin matices), mientras que a los progresistas no les molestan tanto la incertidumbre ni el hecho de que existan múltiples opciones para un problema dado. Estas diferencias psicológicas se llegan a ver incluso en la estructura cerebral: un estudio con adultos jóvenes constató que los individuos de izquierdas presentaban un mayor volumen de materia gris en la corteza cingulada anterior, que entre otras cosas está implicada en la resolución de conflictos. 

Figura 1. El volumen de la corteza cingulada anterior (A) correlaciona positivamente con la tendencia izquierdista, el de la amígdala derecha (B) con la derechista. Fuente de la imagen: Kanai et al, Current Biology, 2011

Por otro lado, los conservadores presentan una amígdala derecha mayor, y sabemos que la amígdala es un centro del miedo, lo que se puede traducir como una mayor sensibilidad a las amenazas y los estímulos negativos. En otro estudio, se mostró a personas conservadoras y progresistas una serie de imágenes placenteras (niños sonrientes, conejitos) o aversivas (arañas, una turba atacando a un hombre), y se midió su reacción autonómica (el cambio en la conductancia de la piel consecuencia de la leve sudoración que producen los estados emocionales, sean buenos o malos) y el tiempo que tardaban en fijar la vista en imagen. Los resultados arrojaron que las personas conservadoras mostraban una mayor reacción autonómica y una mayor atención por las imágenes negativas, mientras en que los progresistas se observó el patrón opuesto. Aún más, en otro estudio, los conservadores mostraron respuestas de asco más exageradas que los progresistas frente a imágenes como la que se muestra en la figura adjunta.

Figura 2. Una de las imágenes que se les enseñaba a los participantes del estudio...Mmmmm, rico! Fuente: Smith et al., 2011, PloS One.

Ambas respuestas, el miedo y el asco, son emociones básicas y necesarias para la supervivencia, que nos hacen alejarnos de los peligros y de potenciales patógenos. Podemos interpretar de estos resultados que los conservadores perciben el mundo como un lugar más peligroso de como lo perciben los progresistas, y es por ello que los primeros abogan por mantener el orden establecido, mientras que los segundos no ven los inconvenientes para la seguridad de que el orden establecido se tambalee. 

¿Existen influencias genéticas en la ideología?

Psicólogos sociales aceptan que la ideología de un determinado individuo surge de la combinación del proceso de socialización y de la predisposición psicológica, que podemos decir sin temor a equivocarnos que posee una base biológica, o sea, genética. De la misma manera que nuestros genes influyen en nuestra personalidad, varios estudios muestran que la ideología podría tener una componente genética importante. En concreto, alrededor de un 50% de la variabilidad ideológica interindividual puede atribuirse a la herencia –y, lo que es importante, este porcentaje de contribución genética parece estable en diversas culturas.

Genéticamente, distintos polimorfismos (variantes alélicas, vamos, formas en las que se presenta un gen y que tienen como consecuencia que su función se vea ligeramente modificada) en los receptores de neurotransmisores como la serotonina o la dopamina, que regulan comportamientos como la agresión o la ansiedad, se presentan en distintos individuos, asociados en mayor o menor medida a tendencias conservadoras o progresistas. Por ejemplo, el receptor D4 de la dopamina, del que, quizá recuerden, ya hemos hablado aquí, en su variante aventurera podría estar también relacionado con la tendencia izquierdista. Y es que entre las personas progresistas existe una mayor apetencia por buscar la novedad (y al mismo tiempo la exposición a otras realidades amplia horizontes y aumenta la tolerancia, reforzando las ideas progresistas de igualdad). ¿Podría ser una ventaja evolutiva de la personalidad progresista la mayor probabilidad de encontrar nuevas oportunidades?

¿Es más fácil, psicológicamente, ser conservador?

Hemos visto que en personas de izquierdas la corteza cingulada anterior parece estar más desarrollada (y otros estudios muestran también una mayor actividad funcional en esta área). Resulta que esta zona del cerebro se ocupa de modular respuestas más automáticas, como las que surgen de la amígdala. Una interpretación interesante es que la actitud progresista es más costosa psicológicamente, ya que necesita que se lleve a cabo una corrección activa de nuestra actitud por defecto, que sería la conservadora. Si lo pensamos, la actitud progresista necesita un mayor esfuerzo cognitivo, puesto que no (debería ir) va asociada al dogma ni (en teoría) al maniqueismo. En un estudio interesante, se vio que personas progresistas, que tienden mayoritariamente a culpar al sistema de las desgracias humanas, giraban a la derecha cuando se les pedía que a la vez que efectuaban estos juicios realizasen otra tarea distractora, adoptando entonces respuestas típicas de los conservadores, léase: la culpa de estar en paro es del parado, que no hace lo que debe (y no del sistema, que no le proporciona las oportunidades necesarias). El conservadurismo tiene una ventaja psicológica más: permite al individuo justificar el sistema, y este truco suele hacerle un poco más feliz.

Para finalizar, y para que no se me tache a mí de maniquea, mi intención con esta pequeña nota no es presentar una ideología o la otra como mejor desde ningún punto de vista. Por el contrario, creo que entender que tras una determinada ideología subyace una determinada percepción y comprensión del mundo, y unas determinadas necesidades individuales, e incluso unas ventajas evolutivas específicas (i.e. promoción de la seguridad, el orden y las reglas concretas por parte de los conservadores, búsqueda de nuevas oportunidades y diferentes maneras de atacar un problema por parte de los progresistas), nos puede ayudar a entender las razones de los otros para proponer ciertas soluciones frente a otras, aunque no estemos políticamente de acuerdo con ellos.

Dicho esto, hay una ideología que ni comparto ni voy a justificar, como es la extrema derecha4. Ante el auge en ciertos países europeos de movimientos de este signo, pienso que si estas actitudes están, como el conservadurismo moderado, moduladas por el miedo y la ansiedad, no es de extrañar que afloren en individuos o comunidades que se enfrentan a situaciones de incertidumbre como la actual crisis económica. No por ello son justificables. Se me ocurren un par soluciones (consciente de que no son la panacea): una es apostar por y mejorar la educación, que cura muchas cosas. Otra quizá sería adoptar medidas para que la riqueza no fuese a parar a los bolsillos de unos pocos dejando al resto con la opción de morirse de asco, quemar contenedores (y pasar por allí y perder un ojo), o ser abducidos por uno de esos movimientos. Ni la una ni la otra parece que se estén promocionando a día de hoy.

Referencias

Dodd MD, et al. The political left rolls with the good and the political right confronts the bad: connecting physiology and cognition to preferences. Philos Trans R Soc Lond B Biol Sci. 2012 Mar 5;367(1589):640-9.
Hatemi PK, McDermott R., 2012 The genetics of politics: discovery, challenges, and progress. Trends Genet. 28(10):525-33.
Kanai R, et al, 2011. Political orientations are correlated with brain structure in young adults. Curr Biol. 2011 Apr 26;21(8):677-80.
Jost JT, et al. 2009. Political ideology: its structure, functions, and elective affinities. Annu Rev Psychol. 2009;60:307-37.
Skitka LJ, et al. 2002. Dispositions, scripts, or motivated correction? Understanding ideological differences in explanations for social problems. J Pers Soc Psychol. 83(2):470-87.
Smith KB, et al., 2011. Disgust sensitivity and the neurophysiology of left-right political orientations. PLoS One. 2011;6(10):e25552.
 

Notas

1. Según la enciclopedia británica, los términos izquierda y derecha provienen de la revolución francesa, cuando quienes se sentaban a la izquierda en la asamblea eran los miembros socialistas, que abogaban por el bienestar social y los intereses de la clase trabajadora, mientras que a la derecha lo hacían los conservadores, que apoyaban la tradición y la autoridad establecida. Se podría discutir largamente acerca de las razones que pueden conducir a que haya quien niegue la utilidad de dichos conceptos. Personalmente, creo que el problema no se encuentra en las ideas, sino más bien en la perversión a las que las someten (algunos integrantes de) ciertos partidos políticos.

2. Citado en Jost et al, 2009, de Parsons T. 1951. The Social System.

3. Sí, biológicas. Pensemos por ejemplo en las distintas actitudes de conservadores y progresistas en cuestiones de emigración: ¿no nos recuerdan a la gestión de la territorialidad de algunas especies animales? La meritocracia basada en una igualdad de oportunidades frente al favorecimiento de ciertas clases sociales, ¿no es una cuestión de repartición de recursos necesarios para la supervivencia y jerarquías? Y la regulación de los matrimonios y los derechos reproductivos, ¿no es una cuestión de encontrar una pareja adecuada y reproducirse, como cualquier otro animal?

4. La derecha también se correlaciona con favoritismo por el propio grupo; la extrema derecha lo deriva en xenofobia. Pero de cómo nuestro cerebro establece las categorías de nosotros y los otros hablaremos otro día.

Carmen Agustín Pavón
Carmen Agustín Pavón

Profesora ayudante doctora de la Universitat de València. Me doctoré en Neurociencias por la misma universidad, con una estancia breve en la Università di Roma La Sapienza. Trabajé como investigadora en la University of Cambridge, Centre de Regulació Genòmica de Barcelona e Imperial College London, y como profesora en la Universitat Jaume I de Castelló. Además, soy zurda, aprendiz de todo y maestra de nada.

Sobre este blog

"Que la actividad desarrollada de manera tan imperfecta haya sido y sea todavía para mí fuente inagotable de alegría, me hace percatarme de que la imperfección al llevar a cabo la tarea que nos hemos fijado o que nos ha sido asignada, se ajusta más a la naturaleza humana tan imperfecta que no la perfección."

Rita Levi-Montalcini, Elogio de la imperfección

Ver todos los artículos (47)