Esta entrada participa en la I edición del Carnaval de Neurociencias

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He de confesar que tras alrededor de una década trabajando en Neurociencias, no me había molestado en conocer la definición precisa de mi campo de estudio hasta que, hace un par de años, me invitaron a impartir una charla introductoria acerca del mismo en un congreso de Educación. Es un poco como cuando uno vive en la ciudad en la que nació: raramente hace turismo. Con cierto sonrojo: es posible que yo conozca mejor las atracciones romanas o londinenses que las valencianas; de la misma manera, tal vez no fuese capaz de dirigir al lector a una definición de Neurociencia así, de sopetón.

El nacimiento de la Neurociencia moderna

Investiguemos, pues, qué dicen los que conocen mejor la historia de la Neurociencia. Tal vez sorprenda el descubrir que hay quien afirma que la Neurociencia es un campo muy joven1, aun cuando el interés sobre el sistema nervioso, el cerebro, el comportamiento, viene de muy antiguo. En su tratado “De la enfermedad sagrada”, Hipócrates (o quizá uno de sus discípulos), ya colocó la sede del pensamiento en el cerebro2,3. Aun no viajando tan atrás, algunas voces confirman que la neurociencia ya es madurita: en una breve historia de la Neurociencia que encontramos en la web de la Federación Europea, uno de los primeros hitos neurocientíficos que se listan son los experimentos de Galvani en el siglo XVIII.

Con todo, otros datan el nacimiento de la Neurociencia (llamémosla moderna), alrededor de la segunda mitad del siglo pasado. De hecho, no es hasta 1969 que se funda la Society for Neuroscience en EEUU, cuyos encuentros se celebran anualmente por estas fechas y a los que acuden decenas de miles de neurocientíficos de todo el mundo. Aún más tarde (cómo no), se planta la semilla de la Sociedad Española de Neurociencia: el primer “encuentro de neurobiólogos”, tuvo lugar a finales de junio de 1980 (o sea, la SENC es dos meses más joven que quien suscribe!).

Pero entonces, ¿está la Neurociencia en la cuarentena (la flor de la edad), o es una vetusta centenaria? Tal vez la distinción entre la joven disciplina y las viejas se da cuando mediado el siglo pasado cuando los investigadores en Neurociencia comienzan a intentar mirar más allá de la especialidad a la que se encuentran adscritos y a interesarse por una interacción más cercana con sus colegas. Mientras en el pasado los neurocientíficos asistían a reuniones de anatomistas, fisiólogos, etc., en los actuales congresos de Neurociencias podemos encontrar desde biólogos moleculares interesados en la función de un gen específico hasta psiquiatras. La Neurociencia moderna, por tanto, aspira a hacer converger el estudio del sistema nervioso a todos sus niveles, desde el molecular y celular, hasta el cognitivo.

De la neurona a la artista. Con esta diapositiva comencé mi primera clase como docente en la UJI. El autorretrato es de Artemisia Gentileschi, pintora barroca.

Esta aspiración de comprender el sistema nervioso de manera integral no deja de ser ambiciosa, y lo cierto es que la euforia por el conocimiento neurocientífico no ha hecho más que crecer en las últimas décadas. Si mediado el siglo pasado la física se llevaba gran parte de las inversiones, hoy se camina hacia un “siglo del cerebro”. No exentos de polémica, sobre todo en su rama europea, dos macroproyectos (el Human Brain Project en Europa y el BRAIN en EEUU) surgieron con el (quizá un tanto falto de realismo) objetivo de mapear en detalle la actividad cerebral humana. Precisamente, la polémica en el proyecto europeo gira en torno a la creciente falta de interdisciplinareidad: algunos neurocientíficos acusan a los coordinadores del proyecto de estrechez de miras, se quejan de haberse quedado fuera, no viendo nada claro por qué todos los esfuerzos se dirigen a establecer un modelo computacional del cerebro. Si no tiene una base en la experimentación, dicen, el proyecto deja de tener nada que ver con el entendimiento del cerebro humano y pasa a ser un proyecto en ciencias de la información.

NeuroMatrimonios (de conveniencia)

Si una multidisciplinareidad entre campos de estudio (biología molecular, celular, fisiología, anatomía, comportamiento) es lo que caracteriza el amplio campo de la Neurociencia, el intento de aplicar la Neurociencia a otras áreas de estudio no se queda atrás. Tan pronto como se (re)forma la disciplina, investigadores de diversos campos se interesan en ella. Por ejemplo, ya en los mismos años 60 del pasado siglo surge la idea de aprovechar los avances en Neurociencia para mejorar la Educación. Habiendo trabajado siempre en Neurociencia comportamental en animales, la verdad es que me sorprendió tanto la invitación a impartir una conferencia en un congreso de Educación, como la cantidad de trabajos científicos que encontré mientras la preparaba con el título de “Neuroeducación”. Acudí a mi cita con una pequeña charla en la que comentaba lo que a mí humilde entender pudiera ser relevante para los asistentes: lo que sabemos acerca de la plasticidad cerebral, los efectos sobre la misma del enriquecimiento ambiental, etc. Creo que la charla gustó, y sin embargo no me convencí de haber llegado a un entendimiento total: sospeché que los educadores y los científicos no hablamos el mismo idioma.

Las parejas de hecho entre la Neurociencia y otros campos no termina con la Neuroeducación: muy de moda también se encuentra la Neuroeconomía, que se define como un campo interdisciplinar que reúne la Neurociencia, la Psicología, las Ciencias de la Información y la Economía, con el objetivo de investigar cómo tomamos las decisiones (¿pero, acaso la Neurociencia cognitiva no estudia ya este sujeto?); o la Neuroética, dentro de la cual podríamos distinguir, por un lado, la Ética de la Neurociencia (por ejemplo, ¿es aceptable la neuromejora, la manipulación cerebral?4) y por otro lado, de mayor relevancia para algunos investigadores, la Neurociencia de la Ética (¿existen circuitos morales en el cerebro?); y qué no diremos del neuromarketing… En resumen, pareciera que muchos sujetos de estudio pudieran ser susceptibles de ser “transformados”  mediante la adición del prefijo “neuro-“.

Una de las limitaciones que encontramos al intentar aunar la Neurociencia con otros sujetos es que la relevancia de la primera tal vez no sea inmediata para todos: que la Neurociencia sea una disciplina tan amplia, con tan diversas escalas de análisis, y que posea metas específicas tal vez no compartidas con otras disciplinas, hace que sea complicado ver una aplicación directa de muchos de los descubrimientos a las mismas. Además, la falta de un lenguaje común con otros especialistas y una formación básica en Neurociencias puede contribuir al fomento de ciertos neuromitos. Por ejemplo, un estudio analizando los intereses y conocimientos de maestros británicos y holandeses arrojaba un dato preocupante: una proporción más que significativa de ellos expresaba creencias erróneas acerca de conceptos neurocientíficos, por ejemplo, sostenían ese tan manido neuromito de que sólo utilizamos el 10% de nuestro cerebro, o aquel otro que propone que algunas personas utilizan preferentemente el cerebro izquierdo y otras el cerebro derecho. Sorprendentemente, fueron los que se mostraron más interesados en las posibles aplicaciones de la neurociencia a la mejora de la educación los que se mostraron más propensos a presentar creencias erróneas e inexactas.

Así pues, para que los neuromatrimonios sean realmente fructíferos hay varias tareas por llevar a cabo. Por ejemplo, romper esa barrera que supone la ya comentada falta de un lenguaje común, o al menos inteligible para ambas partes, para poder llegar a un entendimiento real sin malentendidos. A esta tarea podría ayudar la creación de equipos interdisciplinares en los que todas las partes hagan un esfuerzo en adquirir formación real en ambos campos.

Aun así, surge una duda ¿se está incluyendo lo neuro- siempre con el fin legítimo de crear puentes entre disciplinas que las ayuden a mejorar? ¿No estaremos reinventando la rueda renombrando los campos de investigación? Por ejemplo, ¿es necesario separar la Bioética de la Neuroética? Es más, algunos estudios han constatado que la inclusión de imágenes y conceptos relacionados con la Neurociencia hacen que una audiencia sea más proclive a aceptar como veraces las explicaciones, incluso si la Neurociencia es irrelevante para lo que se quiere mostrar. ¿Está pues malversándose el prefijo neuro-, utilizándolo para dotar ciertos mensajes de esa aura de cientifismo y veracidad? Es preocupante que las pseudociencias no queden libres de esta estrategia: las neuro(pseudo)terapias y neuro(pseudo)herramientas proliferan allá donde miremos5.

(No) somos nuestras neuronas

De la misma manera que esta neurofilia llena muchos espacios, no faltan las voces neurofóbicas. Algunos filósofos y humanistas no dejarán de quejarse de la pretensión de ciertos neurocientíficos de buscar la base neural, por ejemplo, del ser y de la consciencia. Por experiencia propia como blogger: no me han faltado comentaristas que proponían como falsa la idea de que el pensamiento no es generado por la actividad neural, o que el ser era algo incorpóreo y totalmente ajeno al cerebro. Idea con la que me es difícil comulgar. 

Sin ser neurofóbico, en este mismo Neurocarnaval, se ha advertido sobre el peligro de convertir la neurociencia en una nueva religión

Para no caer en los extremos de neurofilia y neurofobia la clave será que investiguemos con rigor, dejemos de mezclar los niveles de análisis y no pretendamos aplicar conceptos neurocientíficos al estudio de otras cuestiones cuando los primeros no tengan la más mínima relevancia con lo que pretendemos estudiar. De cómo evitar este problema se habla de manera brillante en el libro de Bricmont y Sokal “Imposturas intelectuales”.

 Adaptación del diseño (de Kukuxumusu) para una camiseta basada en la figura de un popular divulgador televisivo (o sea, Punset). Es cierto, tus neuronas no saben quién eres ni les importa, pero eso no resta ni un ápice del interés que tiene investigarlas.

Como quiera que sea, lo mío nunca ha sido la epistemología, ni el proponer aseveraciones tajantes, mucho menos en estos temas, de manera que lo dejo aquí y paso la palabra a los lectores para que aporten sus ideas. Tal y como yo lo entiendo, la semilla de la neurociencia –europea- se plantó cuando Hipócrates (o quizá uno de sus discípulos) escribió: “Nuestros placeres, alegrías, risas, y bromas no tienen otra fuente que el cerebro; y lo mismo sucede con nuestro dolor, duelo, ansiedad, y lágrimas”. Más de dos milenios después, continuamos investigando qué hace posible lo que en esta sentencia se afirma.

Agradezco la ayuda inestimable del Profesor Fernando Martínez García, siempre dispuesto a compartir sus ideas en interesantes conversaciones.  

Referencias

Cortina A. Neuroética: ¿las bases cerebrales de una ética universal con relevancia política? Isegoría, No 42 (2010):129-148 doi:10.3989/isegoria.2010.i42.687

Dekker S, Lee NC, Howard-Jones P, Jolles J. Neuromyths in Education: Prevalence and Predictors of Misconceptions among Teachers. Front Psychol. 2012 Oct 18;3:429. doi: 10.3389/fpsyg.2012.00429.

Fisher CE, Chin L, Klitzman R. Defining neuromarketing: practices and professional challenges. Harv Rev Psychiatry. 2010 Jul-Aug;18(4):230-7.

Parens E, Johnston J. Does it make sense to speak of neuroethics? Three problems with keying ethics to hot new science and technology. EMBO Rep. 2007 Jul;8 Spec No:S61-4.

Páginas web

http://senc.es/es/antecedentes

http://www.fens.org/About-Neuroscience/History/

http://www.sfn.org/about/history-of-neuroscience

Notas

  1. El sistema nervioso fue el último adscrito a la teoría celular, algo de lo que ya hemos hablado aquí. La palabra neurona aparece en 1891, cuando la propone el austro-húngaro Wilhelm von Waldeyer-Hartz (que además de acuñar diversos neologismos, como neurona y cromosoma, se dedicó a intentar demostrar científicamente que las  personas no europeas poseían una inteligencia inferior midiendo su volumen cerebral, pero de los estudios craneométricos decimonónicos hablaremos otro día).
  2. No era una cuestión inmediata: Aristóteles pensaba que la sede del pensamiento era el hígado.
  3. Dejando de lado la perspectiva eurocentrista, el médico indio Atreya se adelantó un siglo a  la escuela hipocrática.
  4. El tema de las manipulaciones cerebrales me trae a la memoria el Nobel de Egas Moniz, pero de esto hablaremos otros día
  5. El interés por lo neuro- no queda fuera de las pseudociencias. Como anécdota, inmediatamente tras mi charla me abordó una de las asistentes. Me dijo que encantada de conocer por fin un científico “de verdad” porque tenía muchas preguntas acerca del “PNL”. Me quedé en blanco, nunca había oído hablar de la tal programación neurolingüística. Supongo que mi interlocutora se llevó un chasco cuando le dije que tal vez no fuese una disciplina que los neurocientíficos considerasen como científica. Igualmente, he escuchado hablar de una especie de terapia llamada algo así como “bioneuroemoción”, y últimamente de ese cerebro que tenemos en el corazón (sic) o de las neuronas (sic) de las plantas.

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Carmen Agustín Pavón
Carmen Agustín Pavón

Profesora ayudante doctora de la Universitat de València. Me doctoré en Neurociencias por la misma universidad, con una estancia breve en la Università di Roma La Sapienza. Trabajé como investigadora en la University of Cambridge, Centre de Regulació Genòmica de Barcelona e Imperial College London, y como profesora en la Universitat Jaume I de Castelló. Además, soy zurda, aprendiz de todo y maestra de nada.

Sobre este blog

"Que la actividad desarrollada de manera tan imperfecta haya sido y sea todavía para mí fuente inagotable de alegría, me hace percatarme de que la imperfección al llevar a cabo la tarea que nos hemos fijado o que nos ha sido asignada, se ajusta más a la naturaleza humana tan imperfecta que no la perfección."

Rita Levi-Montalcini, Elogio de la imperfección

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