La primera vez que leí un libro de Oliver Sacks tenía 21 años. Por aquel entonces era una estudiante de cuarto curso de Biología que no tenía muy claro qué posibilidades profesionales le esperaban cuando acabase al año siguiente. Había elegido sobre todo asignaturas de la rama de biología celular y genética, las áreas más de moda en aquel momento, y para las que parecía haber mejores perspectivas. Leer a Sacks y elaborar un pequeño ensayo sobre uno de sus libros era una tarea más de una pequeña asignatura optativa, Neurobiología, que me encontraba cursando.

Decidí leer Un antropólogo en Marte. Aquel libro me fascinó tanto que al poco adquirí El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. No olvidaré nunca el caso de Bhagawhandi, una niña india con un tumor cerebral, que aparece en este segundo libro. Una historia clínica terrible narrada con una compasión y fantasía inigualables: a medida que el tumor avanza, Bhagawhandi pasa menos tiempo despierta, pero no le importa: sueña con su pueblo, con su India natal. Es feliz porque en realidad su tumor no la está  matando: la está devolviendo a casa. Cuando leí aquel relato tuve claro a lo que quería dedicarme el resto de mi vida: necesitaba estudiar el cerebro, y deseaba aprender a contarlo, a relatarlo tan magistralmente como lo hacía aquel neurólogo. El resto ya lo saben, una combinación de casualidades, que ya hemos comentado aquí, propició mi aterrizaje en un laboratorio de Neurociencia.

Recorte 2002

La madrugada del 6 de abril de 2002 todavía no sabía a qué me iba a dedicar profesionalmente. Era sólo una estudiante de Biología que trabajaba los fines de semana y en vacaciones en turno de noche acarreando fardos de periódicos en una rotativa. Aquella noche guardé este recorte del periódico que nos dejaban llevar a casa cuando acababa nuestra jornada laboral a las 7 de la mañana, exhaustos y llenos de tinta y cortes en las manos. Trece años y ocho mudanzas después, el recorte sigue conmigo.

Poco puedo añadir yo que no se haya escrito ya sobre Oliver Sacks, el médico que no trataba enfermedades, sino personas. Sacks se convirtió en reiteradas ocasiones en su propio sujeto de estudio, como pueden leer en Con una sola pierna, Alucinaciones, y sus últimas reflexiones en las que relataba el cáncer que, como a Bhagawhandi, lo ha llevado por fin a su casa. Oliver Sacks se ha ido dejando en todos los que le admirábamos el profundo vacío de saber que no habrá nuevas historias que tomen vida a través de su pluma.

Sin conocernos, Oliver Sacks nos hizo a muchos neurocientíficos uno de los regalos más grandes que se pueden hacer: la posibilidad de descubrir una parte fundamental de quienes somos.

Para leer más: http://www.oliversacks.com

Vean también su último tweet, en el que comparte una de sus pasiones, la música: https://twitter.com/OliverSacks/status/635546050984574976

PS: Aún el Dr Sacks dejó otra pieza sobre sus reminiscencias infantiles, es decir, sobre su camino hacia su muerte, que ha sido publicada de forma póstuma una semana tras su muerte

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Carmen Agustín Pavón
Carmen Agustín Pavón

Profesora Contratada Doctora de la Universitat de València. Me doctoré en Neurociencias por la misma universidad, con una estancia breve en la Università di Roma La Sapienza. Trabajé como investigadora en la University of Cambridge, Centre de Regulació Genòmica de Barcelona e Imperial College London, y como profesora en la Universitat Jaume I de Castelló. Además, soy zurda, aprendiz de todo y maestra de nada.

Sobre este blog

"Que la actividad desarrollada de manera tan imperfecta haya sido y sea todavía para mí fuente inagotable de alegría, me hace percatarme de que la imperfección al llevar a cabo la tarea que nos hemos fijado o que nos ha sido asignada, se ajusta más a la naturaleza humana tan imperfecta que no la perfección."

Rita Levi-Montalcini, Elogio de la imperfección

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